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1898. Los últimos de Filipinas
1898. Los últimos de Filipinas

España (2016) *

Duración: 129 min.

Música: Roque Baños

Fotografía: Álex Catalán

Guion: Alejandro Hernández

Dirección: Salvador Calvo

Intérpretes: Luis Tosar (Teniente Martín Cerezo), Javier Gutiérrez (Sargento Jimeno), Álvaro Cervantes (Carlos), Karra Elejalde (Fray Carmelo), Carlos Hipólito (Doctor Vigil), Ricardo Gómez (José), Patrick Criado (Juan), Eduard Fernández (Capitán Enrique de las Morenas), Miguel Herrán (Carvajal), Emilio Palacios (Moisés), Alexandra Masangkay (Teresa), Pedro Casablanc (Teniente Coronel Cristóbal Aguilar), Raymond Bagatsing (Comandante Luna).

Juan, un joven soldado recuerda que la primera vez que oyó hablar de Baler tenía 20 años. Era una aldea tagala al norte de Manila, un sitio maldito rodeado de mar y selva y habitado por rebeldes sanguinarios que odiaban a España.

Una noche, en octubre de 1897 el destacamento que defendía el pueblo fue masacrado.

Hubo miedo, desesperación y caos. De 50 soldados solo sobrevivieron 13.

Ellos luchaban por su libertad, los españoles por la supervivencia de un imperio

Tres meses después Juan fue enviado con el siguiente grupo para recuperar aquel pueblo maldito.

Subió al vapor que llevaba a los soldados recordando que nunca había estado en una guerra y que para sobrevivir solo necesitaba un poco de suerte y sentido común, mientras Carlos, uno de sus compañeros dibuja lo que ve en el horizonte.

Juan recuerda que era joven e ingenuo, mientras a la vista aparece un paisaje paradisiaco con árboles y cascadas y montañas. Desembarcando poco después tras observar el Teniente Martín Cerezo que no hay enemigos.

Mientras se acercan a la orilla en los botes ven cómo les saluda un fraile desde la lejanía.

Se trata de Fray Carmelo, al que se presenta el Teniente ya que el Capitán de Las Morenas va más atrás, señalando que llegan desde Manila para recuperar el pueblo.

El fraile les indica el mejor camino y les dice que los rebeldes se marcharon dos semanas antes y los nativos son muy pacíficos, debiendo avanzar por el río, que les cubre hasta la cintura sin ver qué en sus laterales otra cosa que una profunda selva.

Atraviesan una aldea indígena donde son observados con curiosidad y temor antes de llegar hasta el campamento donde son recibidos por el Sargento Jimeno Costa, superviviente del destacamento anterior, señalando que llevaba semanas esperándoles.

El Teniente le recuerda que según el reglamento debía haber acompañado a sus hombres a Manila.

La primera orden del Teniente es colocar la bandera española y quitar la de la población, saliendo una joven que le pregunta si se la va a quedar de recuerdo, previniéndole el Sargento contra las mujeres del pueblo, espías enemigas,

El Teniente le pregunta cómo se llama, respondiendo ella que Teresa, y añadiendo el Sargento que es puta, diciendo ella que lo que haga su hermano es cosa suya y que ella no tiene nada contra España, contándole que está bautizada y canta en el coro, pidiéndole el Teniente que les cante algo, aunque ella dice solo canta si le pagan, lanzando Jimeno una moneda que ella recoge del suelo tras lo que canta una pequeña estrofa, pues dice es lo que le han pagado, tras lo que les da la bienvenida a Baler.

El Capitán les explica que los rebeldes forman parte de una organización masónica llamada el Catipulán que quieren la independencia de Filipinas y tienen poderosos aliados, como el calor, la malaria, los tifones y las bestias y les dice a sus soldados que son muy jóvenes y tendrán que adaptarse para sobrevivir.

Uno de los soldados más jóvenes, José, señala que sobrevivirán, mostrándoles una medalla de la Virgen, que dice, les protegerá.

Uno de sus compañeros le dice que los que murieron allí también llevaban crucifijo, respondiendo José que al menos murieron por España, preguntándole Juan qué ha hecho España por él.

El Capitán se queda desagradablemente sorprendido cuando acude a las clases de tiro y ve la impericia de sus soldados, pues nunca habían practicado.

El Capitán le dice al Teniente que espera no morir allí, contándole Martín Cerezo que murieron su mujer y su hija de 3 días por tuberculosis, y por eso en España era donde menos le apetecía quedarse, diciéndole el Capitán que espera que no quiere inmolarse, señalando que existen dos tipos de militares, los que quieren medallas y los que quieren volver, señalando el Teniente que prefiere a los primeros, a lo que el Capitán le responde que esos son los más peligrosos.

El Teniente observa a Carlos y se da cuenta de que ni siquiera le dieron su número de calzado, pero él señala que se tendrá que adaptar pues espera obtener una carta por buen comportamiento, lo que le permitirá ingresar en la Real Academia de San Fernando para ser pintor, y el alcalde de su pueblo hará una colecta para pagarle los estudios si llega con esa carta, aunque el Teniente le dice que si quería ayudarle mejor le hubiera pagado las 2000 pesetas que le habrían librado de ir a la guerra, señalando el muchacho que el alcalde es un patriota, a lo que le replica el Teniente que España está llena de patriotas que mandan a otros a la guerra mientras ellos se hinchan a jamón.

Fray Carmelo aprovecha su presencia para que le ayude a realzar las pinturas de la iglesia, ya ajadas, y recuperar sus contornos originales, aunque Carlos reconoce no tener mucha práctica con los pinceles.

El fraile le dice que a los nativos les encanta que les cuenten historias y él quiere que le ayude a hacerlas más atractivas, liberándole a cambio de las guardias.

Un día, mientras está en el bosque oye el aullido de un perro, y luego algo que se hunde en el agua, apareciendo en Sargento que le dice que se trata de cocodrilos que a veces salen a buscar animales o lo que puedan, asegurando que le gustaría que se comieran al perro del Capitán, no entendiendo que haya ido a la guerra con un perro.

Escuchan entonces un disparo y los gritos de una muchacha, Teresa a la que retienen dos soldados porque dicen que la pillaron huyendo al monte con comida, dándole el Sargento una patada, pues asegura no va solo a por comida, sino que sabe qué hace cada uno de ellos, por lo que se dispone a acabar con ella, librándose gracias a la llegada del Teniente que pide que le diga a su hermano que si vuelven a Baler les estarán esperando y que nadie se rendirá.

El Sargento le dice que dejarla ir es una señal de debilidad, replicándole el Teniente que lo que es una señal de debilidad es matar mujeres.

Un día aparece a caballo un correo con varias flechas clavadas, y que les lleva noticias de que Estados Unidos declaró la guerra a España, estando Manila sitiado.

El Capitán trata de interrogarlo, pero está muy malherido.

El Capitán informa a las tropas de que la Comandancia de Manila no podrá enviarles más suministros estando aislados del resto del país, y para evitar sorpresas decide convertir la iglesia en una fortaleza, confiscando animales para tener comida, utilizando el patio de la iglesia como huerto, donde hacen un pozo para disponer de agua fresca.

La sacristía será su enfermería y el sótano su almacén, colocando la bandera en el campanario.

Los soldados recorren la población viendo que los nativos la abandonaron.

30/06/1898

El aullido de un perro alerta a Carlos, ese día de guardia en el campanario y que estaba dibujando la aldea de que alguien se acerca, y cuando da el alto le responde una ráfaga de disparos, tras lo cual la iglesia es rodeada por soldados tagalos armados, habiendo otra fila de soldados que lanzan flechas incendiarias contra la iglesia.

Enseguida se dan cuenta de que son fuerzas muy superiores y deben tratar de evitar que les invadan, llegando al cuerpo a cuerpo con las bayonetas mientras los tagalos les atacan con sus machetes, ordenando el Capitán retirar la trinchera, contra la opinión del Teniente que había organizado el ataque y del Sargento, escondiéndose en la iglesia que cierran a cal y canto.

Cuando amanece hay decenas de muertos diseminados fuera de la iglesia.

Los soldados hablan entre sí, mientras Juan afirma que había miles, José dice que no es cierto, aunque lo peor es que nadie va a acudir de Manila a ayudarles.

Los tagalos envían un emisario: Calixto Villacorta, representante del Comandante Luna y que les dice que este no quiere más sangre, informándoles que los españoles han sido derrotados en todas partes, aunque el Teniente les pide que entreguen las armas y acepten la jurisdicción española, diciéndole Villacorta que los españoles están perdiendo la guerra, recordándole el Teniente que ellos tienen más muertos.

Villacorta le dice que harán tregua hasta el día siguiente para enterrar a sus muertos.

Los jóvenes deben enfrentarse al duro reto de enterrar a sus compañeros, y mientras lo hacen, Juan decide desertar y unirse al enemigo.

Fray Carmelo le muestra a Carlos algo que les ayudará a soportar el hambre y la desesperación, una pipa con la que fumarán opio, lo que les ayudará a aguantar el hambre y la desesperación, pues lo conoció cuando fue evangelizador en el sur de China y dice que necesita estar fuerte para seguir trabajando para Dios.

Le explica a Carlos que aunque la mayor parte de los españoles son analfabetos saben que Hernán Cortés conquistó México y lo saben por las láminas y dibujos. Ahora cree que el imperio que estaba naciendo está desapareciendo y le dice que si eso ocurre alguien tendrá que pintarlo.

En la aldea, Teresa canta una canción embelesando a los soldados, que se colocan sobre los muros para verla y escucharla hasta que el Teniente les dice que entren, pues es una treta de sus enemigos para distraerles, observando él a la muchacha envuelta en la bandera de su país y sin más ropa, llamando así la atención de todos, disparando Jimeno, de guardia desde el campanario mientras lanza gritos de Viva España, viendo desde arriba cómo es ahora el propio Teniente quien se ha quedado mirándola.

10/10/1998. Tres meses de asedio

La falta de comida y las enfermedades hacen que haya pocos soldados operativos, sugiriéndole Jimeno al Teniente sacrificar al perro del Capitán, que el Teniente no cree les aporte tampoco muchas proteínas.

El Teniente médico le explica a Carlos que tanta enfermedad fue debido a que los sacos de comida que llegaron de Manila estaban contaminados y le dice que irán a peor, por el beriberi, pues los cuerpos desnutridos y sin minerales se van paralizando poco a poco y eso se cura con fruta, carne y vísceras, lo que no tienen.

Desde una casa cercana Juan les grita que les han engañado, pues España perdió la soberanía filipina 3 meses antes, pues vendieron las colonias a Estados Unidos.

El Capitán, que también lo ha escuchado, le dice a Carlos que tiene una misión de la que puede salir con medallas, consistente en llegar a Manila para saber qué pasa, algo que Carlos no ve claro, tal como le cuenta a Fray Carmelo, pues son 200 kilómetros, debiendo atravesar la selva.

Finalmente se pone en marcha, pero es atacado por un tagalo con su machete…, aunque entonces descubre que se trataba solo de una pesadilla.

También el Capitán enferma y empieza a ser víctima del beriberi y escupe sangre, muriendo de inmediato.

Carlos comunica al Teniente la orden que le dio el Capitán antes de morir, aunque este le señala que no lo harán pues sería un suicidio.

Jimeno acaba con el perro que empezaba a escarbar en la tumba de su amo, pasando a la cocina, donde el doctor, el Teniente Vigil ordena que den el corazón y las vísceras a los enfermos, haciendo un caldo para el resto con lo que quede.

El Teniente encarga a Carlos otra misión más sencilla, salir a robar cualquier cosa fresca que pueda servir para cortar el beriberi.

Aprovechando una noche lluviosa salen él y Jose y se acercan al pueblo, aunque un perro arruina lamisión al lanzarse tras ellos y morder a Carlos, debiendo Jose acabar con él y luego huir perseguidos por los nativos, poniéndose Jose muy nervioso al llegar y ver que perdió su medalla de la Virgen, debiendo ser retenido por varios soldados para que no salga para tratar de recuperarla.

Van aumentando las muertes debido a la enfermedad.

Carlos le pregunta durante una de sus sesiones de opio al fraile si estuvo con alguna mujer, pues él no ha estado siquiera con una de mala vida pese a que su abuelo materno, que era muy mujeriego murió de sífilis.

El religioso le dice que el cielo católico es aburrido y no hay vírgenes ni orgías como en el de los musulmanes, aunque podría ser peor, pues otros creen en la reencarnación y pueden vivir como cucarachas, algo que no les gusta a ninguno de los dos.

Unos días después aparecen varias mujeres cargadas con cestas de naranjas como regalo del Comandante Luna que les dice que si lo desean pueden sembrar al lado de la iglesia, pues lo considerarán territorio amigo.

El Teniente le asegura que no se rendirán por un huerto y unas naranjas, diciéndole Teresa que el Comandante les envía algo que desea que lean, un periódico con noticias de Manila, tras lo que le dice que haga por sus soldados lo mismo que hizo por ella, salvarles la vida, pues los filipinos no son rencorosos, y en vez de estar encerrados podrían estar fuera disfrutando con ellas.

Comen las naranjas con fruición y les hacen zumos a los enfermos.

Pese a todo Jimeno critica que acepten los regalos, diciéndole el Teniente que necesita hombres fuertes para defender su posición, aunque pide que rompan los pasquines.

31/12/1898

Los filipinos celebran el Fin de Año y animan a los soldados a salir para celebrarlo, mostrándole a las mujeres desnudas, haciendo uno de ellos el amor delante de ellos.

El Teniente le pide a Fray Carmelo que saque esa noche el vino que quede para celebrar el nuevo año.

Pero el fraile se queja porque ya les queda poco opio que les ha ayudado a aguantar, diciéndole a Carlos que cuando eso pase deben ser muy fuertes, pues pasarán unos días muy malos, aunque le asegura que luego pasará.

Esa noche brindan por salir vivos de esa iglesia.

Pero cuando el Teniente pide que busquen al padre Carmelo para que bendiga el nuevo año, Carlos lo encuentra muerto, escondiendo el poco opio que les queda.

Carlos guarda su secreto y fuma ahora solo, el poco opio que les queda, tratando de encontrar más, aunque sin éxito, por lo que empieza a desesperarse.

Fuera escuchan cantando a Teresa nuevamente y el Teniente coge su fusil y releva a los guardias tras lo que apunta a la muchacha, que al ver que la encañonan se queda parada orgullosa sin moverse y sonriendo incluso hasta recibir el disparo.

De pronto una bomba impacta contra la iglesia, en la que deben refugiarse, recibiendo sus disparos ya sin tregua.

Carlos no es muy consciente de lo que pasa y vomita.

Piensan que deben intentar deshacerse del cañón en un único ataque, para lo que saldrán todos los hombres con capacidad para luchar divididos en dos grupos para parecer más

Jimeno observa que Carlos está muy raro, pensando que quizá quiere desertar.

La aparición de un niño hace que se precipiten las acciones, llegando hasta el pueblo y acabando con todos los que aparecen a su paso y a los que sorprenden, llegando Carlos incluso a acabar con alguno con su cuchillo, consiguiendo entretanto el Teniente volar el cañón.

Y cuando deben retirarse, pues los tagalos comienzan a reagruparse, Carlos vuelve a una de las casas, estando a punto de dispararle Jimeno, lo que evita un compañero, viendo que lo que ha hecho es regresar a por comida que tenían colgada.

Comienzan a coger toda la comida que pueden y Carlos de pronto coge una lámpara y la lanza sugiriendo quemar la población y que el fuego les cubra.

Lo hacen y el Teniente ve preocupado que mientras huyen Carlos se vuelve gritando que pueden ganar la guerra mientras se acercan los filipinos, muy superiores en número, debiendo el Teniente cargar con él en brazos al ver que está muy mal.

Cuando despierta al día siguiente se sorprende al verse rodeado de gente, no estando solo el médico, sino también el Teniente, el Sargento y varios soldados más, habiendo descubierto Jimeno la pipa, preguntándole el doctor cuánto tiempo estuvo fumando, asegurando él no saber de qué le hablan.

El Teniente ordena que le lleven al sótano donde queda encerrado, recomendándole Vigil que tenga ocupada la cabeza para evitar la ansiedad.

Mientras sus compañeros celebran que tienen comida fresca él se desespera en la celda

18/05/1899. Diez meses de asedio

Por fin permiten a Carlos salir y hacer vida normal con sus compañeros.

El vigía avisa entonces de la llegada de un barco a la bahía, que el Teniente observa no es de una patrullera española.

Aparece poco después un hombre con traje de Teniente Coronel, aunque Martín Cerezo asegura que es antiguo y ya no se usa, por lo que piensa que se trata de teatro.

El militar se presenta como Cristóbal Aguilar y asegura que es un enviado del General Ríos, preguntando por el Capitán Las Morenas, que le deben decir está indispuesto, no permitiendo que entre a la iglesia para hablar, pese a que le recuerda al Teniente que es su superior.

Debe acatar la voluntad de Martín Cerezo al que le transmite la orden para que entregue la plaza con la firma del General Ríos, aunque el Teniente le dice que una firma la puede falsificar cualquiera.

Ante su tozudez, Aguilar le entrega un ejemplar del Imparcial donde informan de la pérdida de las colonias, aunque tampoco quiere verlo, pues, dice, ya les llevaron otros.

El Teniente Coronel pide que llamen al Capitán, que asegura lo conoce y le insiste en que lea el documento donde se dice que España cedió el 10 de diciembre sus territorios de ultramar, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y le pide que cuando se convenza ice la bandera blanca para acabar con esa locura.

Dentro, el Teniente asegura que no va a picar como un idiota, mientras Vigil hace notar que el tono utilizado es el oficial y además insistió en que conocía al capitán.

Pero el Teniente piensa que si fuera algo oficial habría ido con una patrullera del Ejército y no solo, no queriendo escuchar a Vigil cuando señala que si es cierto llevan casi un año luchando por gusto.

El barco se aleja sin ellos y Juan les recuerda con un megáfono que han perdido la última oportunidad que tenían de salir vivos de allí y no van a morir por España, sino por imbéciles y que la historia les recordará como los tontos de Baler, comentando dentro sus compañeros que no entienden por qué no regresa a España, señalando José que si lo hiciera lo fusilarían.

Continúan las escaramuzas sin que cambien apenas las cosas.

Carlos se ofrece entonces para cumplir el papel que dice el reglamento militar de que antes de cumplir una orden de rendición deben enviar a una persona de confianza para verificar si es cierto lo que en ella se indica.

Y aunque el Teniente piensa que es un suicidio decide permitirle intentarlo, asegurándoles a sus amigos que regresará.

Se interna en un bosque lleno de peligros desconocidos

Cuando, agotado, se queda dormido en un árbol se ve sorprendido por dos soldados tagalos que lo llevan detenido hasta una de sus aldeas, observando por el camino cómo han masacrado a otro grupo de soldados, que le aclaran son, americanos.

En la aldea se reencuentra con Juan.

Es interrogado por el líder de la región el Comandante Luna, que le pregunta a dónde intentaba ir, diciéndole él que a Manila, asegurándole Luna ue no hay españoles en Manila, pues su ejército vendió Filipinas a los americanos contra los que ahora pelean, pues no son ya aliados, dado que no quieren ayudar, sino quedarse allí.

Le aclara tras ello que su guerra no es con ellos, pues viven aislados, tras lo que le dice que no es su rehén y que si insiste en ir a Manila le dejarán un caballo, aunque le insiste en que allí no hay nada.

Juan le dice que si regresa a la iglesia es tonto. Él le dice que no lo es, y tampoco un traidor, respondiéndole Juan que traidor a quién, pues España los vendió por 20 millones de dólares, millones que no son para quienes lucharon.

Le dejan en efecto un caballo con el que regresa a la iglesia, llevando además con él varios periódicos, aunque el Teniente insiste son mentira, pese a que Carlos piensa que nadie se tomaría el trabajo de falsificar tantos periódicos por ellos.

Pero el Teniente piensa que 20 millones son muy poco dinero y que la batalla de Cuba que cuentan no se planteó con sentido común, preguntando Carlos si cree que los gobernantes que los enviaron a luchar sin saber ni disparar tienen sentido común.

Los más jóvenes empiezan a pensar en desertar, aunque Carvajal tiene miedo de que los filipinos les obliguen a luchar contra los americanos.

Pese a todo Carlos, José y Carvajal salen por la noche, viendo al hacerlo a Vigil que lee y que cierra la puerta para hacerles ver que no va a hacer nada, aunque cuando salen están esperándolos fuera Jimeno y otros dos soldados que los sorprenden.

Carlos se enfrenta al Sargento y lo inmoviliza, tratando los otros dos de aprovechar el momento para huir, aunque los disparos de sus compañeros los disuaden.

Cuando Jimeno logra liberarse de él decide darle una lección cortándole el brazo, derecho, viendo cómo su pesadilla se convierte en realidad.

Cuando recupera el sentido, el Teniente le dice que no fusila heridos, pero que si acabará con José y Carvajal pese a que Carlos le dice que fue él quien los convenció, diciéndole el Teniente que le salvó la vida dos veces y se pregunta en cuál de ellas se equivocó.

Vigil trata de convencerle de que no lo haga si no quiere provocar un motín.

Para evitarlo el Teniente y Jimeno llaman a Moisés otro soldado en medio de la noche y lo llevan hasta el calabozo para acabar con los desertores. Cuando se lo dicen, Moisés muestra sus dudas, pues piensa que es ilegal, aunque el Teniente le dice que lo hacen así para que no sufran, disparando Jimeno y él cada uno a uno de los soldados.

Hay nuevas escaramuzas de los tagalos tras hacerse con otro cañón, lanzándose con todas sus fuerzas en medio de la lluvia de nuevo contra los sitiados, siendo heridos varios soldados, entre ellos Jimeno.

Mientras descansan y Vigil atiende a los heridos el Teniente vuelve a echar un vistazo a los periódicos que le llevó Carlos, diciéndole a este que ha firmado el Acta de Capitulación, no porque les hayan derrotado, pues tienen munición aún para dos meses y el muro que derribó el cañón puede repararse.

Le dice que ha leído una noticia en la página 3 de uno de los periódicos donde figuran movimientos de personal militar y donde nombran oficiales de infantería, uno de los cuales es Francisco Díaz al que destinan a Málaga.

Él conoce a Francisco Díaz y sabía que siempre quiso ser destinado a Málaga, noticia que no puede ser falsa pues los filipinos no podían saber lo que ponía ahí, una noticia absurda que prueba que lo que dicen los periódicos es cierto.

Carlos le pregunta cómo se siente, a lo que Martín Cerezo le responde que ha cumplido fielmente con el reglamento, insistiendo Carlos en preguntarle cómo se siente, señalando que aunque haya cometido errores su conciencia está en paz.

02/06/1899. Once meses de asedio

Las tropas se pertrechan y se preparan para salir con una bandera beige, pues no tienen nada blanco, ordenando el Teniente que toquen llamada y rendición, pidiéndole a Carlos que sea él quien hice la bandera.

Los soldados tagalos forman frente a la iglesia tras ver ondear la bandera.

El Teniente entrega al Comandante enemigo el acta de capitulación, poniendo solo una condición: no quiere que les haga prisioneros ni entregar las armas, diciéndole el Comandante que no desean vengarse, pues no son forajidos ni asesinos, dejándoles llevar las armas hasta el límite de su jurisdicción y a partir de allí tendrán que negociar con los americanos.

Entregada el acta, el Comandante Luna pide a sus hombres que los despidan con una guardia de honor por los cuatro siglos de convivencia, tras lo que estrecha su mano.

Antes de salir, el Teniente le pide a Vigil que en los certificados de defunción no consten como tales los soldados fusilados, pensando en sus familias.

Vigil se pregunta si sus familias o sus superiores, señalando que pondrá la causa real de la muerte como es su obligación.

Jimeno les pide que se arreglen bien y salgan mirando al cielo, preguntando Moisés si para preguntar a Dios dónde estuvo todo ese tiempo.

El Teniente se acerca a Carlos para entregarle un certificado de comportamiento ejemplar, preguntando él si es una broma. Le dice que hizo uno para cada hombre.

Carlos le asegura que cuando regresen a España contará todo lo ocurrido confiando en que lo echen del ejército, asegurando el Teniente que si eso ocurre le hará un favor.

Ni siquiera guarda el cuaderno con sus dibujos, que tira a la basura.

Cuando se abren las puertas, las fuerzas tagalas han formado un pasillo de honor, observando Juan, entre los soldados, a sus compañeros.

Una vez que se alejan los nativos corren a tomar posesión de las instalaciones felices de la liberación.

El sitio de Baler terminó el 2 de junio de 1899 tras 337 días de asedio en el que murieron 17 soldados españoles y casi 700 filipinos.

De los supervivientes solo Martín Cerezo recibió la Laureada.

A pesar de la retirada quedaron en Filipinas alrededor de 9.000 españoles entre soldados, religiosos, funcionarios y desertores.

Calificación: 2