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Amanecer
Amanecer

Sunrise (1927) * USA

Duración: 94 min.

Música: Hugo Riesenfeld

Fotografía: Charles Rosher, Karl Struss

Guion: Carl Mayer(Historia: Hermann Sudermann)

Dirección: Friedrich Wilhelm Murnau

Intérpretes: George O'Brien (El hombre), Janet Gaynor (La mujer), Margaret Livingston (La mujer de la ciudad), Bodil Rosing (La sirvienta).

Esta canción de un hombre y su esposa es para ningún lugar y para todo lugar.

Debes haberla escuchado en algún sitio alguna vez donde quiera que el sol amanezca y se ponga. Porque en la confusión de las ciudades o bajo el cielo abierto de las granjas, la vida es parecida, a veces amarga, a veces dulce

Verano... Vacaciones

Varios trenes salen de la estación de la ciudad, de donde parten también barcos, llevando a la gente al mar o a la montaña.

A uno de esos pueblos llega un ferry.

Entre los veraneantes había una mujer de la ciudad que llevaba allí ya varias semanas.

La mujer de pelo corto y a la moda, fuma en su habitación alquilada mientras baila y se viste con un vestido negro ceñido y se pone sus zapatos de tacón que hace que le lustre la dueña de la casa antes de salir.

Luego inicia un paseo por el pueblo hasta una de las granjas, donde un hombre está sentado en la mesa mientras su mujer le pone la cena.

La mujer de la ciudad le silba y él se muestra vacilante, aunque finalmente se pone la chaqueta y se marcha sin decirle nada a su esposa, que ve al salir de la cocina que ya no está, por lo que se sienta desconsolada.

Dos vecinas comentan que los miembros de la pareja solían ser como niños despreocupados, pues estaban siempre felices y riendo y ahora la pareja se está destruyendo por culpa de la mujer de la ciudad.

Antes, y mientras el hombre araba con sus bueyes ella le esperaba bajo un árbol con su hijo y él bromeaba y jugaba con el pequeño a cada vuelta.

Pero ahora todo va mal, incluso debe vender uno de sus bueyes para poder pagar sus deudas a los prestamistas y su mujer llora sola en casa.

Va hasta el dormitorio y llora junto a la cama de su hijo.

Entretanto, el hombre pasea entre la niebla hasta llegar cerca al pantano, donde le espera la mujer de la ciudad impaciente bajo la luz de la luna llena y cuando se encuentran se besan apasionadamente.

Siguen besándose tumbados en la hierba, preguntándole la mujer al hombre si es suyo totalmente, ante lo que él asiente, pidiéndole ella que entonces venda su granja y se vaya con ella a la ciudad.

Él le pregunta qué pasará con su esposa, preguntando ella si no podría ahogarse, pues volcando el bote, tras ahogarla, parecería un accidente.

Él rechaza la idea y se pone incluso violento, tratando de estrangularla a ella, pero ella consigue con sus besos engatusarle, cayendo de nuevo juntos sobre la hierba, mientras ella le repite que vaya a la ciudad con ella.

Le hace ver las maravillas de la ciudad, con sus luces de neón y los clubs donde podrán bailar y divertirse, bailando ella para él.

Le dice que una vez haya volcado el bote, él se salvará con los juncos que ella le ayuda a cortar de la orilla y que le mantendrán a flote, aunque debe esparcirlos antes de llegar a la orilla y luego les dirá a todos que ella se ahogó accidentalmente.

Regresa a su casa con un haz de juncos que lleva al establo, donde los esconde.

Entra luego en la casa, encontrando a su mujer ya acostada.

Pese a todo la mujer cuando se despierta por la mañana lo arropa amorosamente.

Él se despierta asustado pensando que pueden estar al descubierto los juncos, aunque se da cuenta de que es por sus obsesiones.

Desde la cama observa a su mujer afuera, dando de comer a las gallinas, pero su mente está ocupada por la mujer de la ciudad y sus besos.

Él se acerca a la mujer, que se muestra feliz al ver cómo le coge las manos y le dice que harán una excursión en el bote.

La mujer se pone muy contenta y se lo cuenta a su madre, que la anima.

Mientras se viste ella, las imágenes de lo que va a hacer vienen a su cabeza y se siente aterrado.

La mujer se despide del niño, al que deja con su madre.

Él se adelanta con el manojo de juncos, que esconde antes de que llegue ella.

Comienzan a navegar, pero el perro, que parecía presentir algo y no paraba de ladrar consigue soltarse de la cadena y nada hasta la barca, rescatándolo la mujer que lo sube a la barca.

El hombre da la vuelta y regresa al embarcadero. Saca al perro de la barca y vuelve a llevarlo a su caseta y a atarlo, tras lo que parten nuevamente en la barca, alejándose del pueblo.

Él rema deprisa y va tan concentrado en ello que ni la mira, pese a que ella trata de llamar su atención, e intenta hacerlo sonreír, empezando a inquietarse al ver que él no le hace caso alguno, ni a ella ni a las aves que forman un bello espectáculo en el agua.

Finalmente se para y se pone de pie frente a ella, a la que se acerca, asustándose ella al ver su actitud amenazante, por lo que se va echando hacia atrás mientras suplica.

La cordura vuelve a él, que recapacita y vuelve a sentarse y rema deprisa hacia la orilla mientras ella no deja de llorar.

Llegados a la orilla él trata de ayudarla a salir de la barca mientras le pide perdón, pero ella sale corriendo aterrada, seguida por él, que le pide que no le tema.

Angustiada llega a una parada de tranvía y sube al mismo, aunque su marido consigue llegar también, yendo juntos hasta la ciudad.

Viajan sin hablar, dejando atrás el lago, para adentrarse en los suburbios antes de entrar en la bulliciosa ciudad, donde centenares de personas se mueven de un lado al otro, hay montones de coches, autobuses y carruajes que circulan entre enormes edificios.

Cuando bajan, él insiste en que no debe temerle, pero ella sale corriendo, estando a punto de ser atropellada por un automóvil, salvándose gracias a él.

La protege entre sus brazos, y la lleva, todavía asustada y como un autómata, hasta una cafetería y hace que se siente y le lleva algo para comer.

Ella, aun atemorizada accede a comer, aunque acaba dejándolo, y rompe a llorar sobre la mesa.

Cuando se incorpora y sale a la calle, él la sigue, y le compra un ramo de flores a unos vendedores ambulantes para tratar de tranquilizarla, aunque no consigue ahogar su llanto, por lo que se ocultan en un portal lejos del bullicio callejero hasta que consigue con sus caricias consolarla y que deje de llorar.

Cuando salen ven que en una iglesia, al otro lado de la calle se celebra una boda, observando a la novia, que entra con un largo velo, entrando ellos también.

Escuchan cómo el sacerdote les dice a los novios que Dios les otorga su confianza, tras lo que le indica al hombre que su novia es joven e inexperta y que él debe guiarla y amarla, conservarla y protegerla de todo daño.

Al escucharlo, él comienza a llorar, y cuando el oficiante pregunta al novio si la amará, él asiente como si se lo estuviera preguntando a él, llorando ahora él desconsolado en el regazo de su mujer, que debe reconfortarlo a él ahora.

En la entrada del templo, él le pide que le perdone y la abraza, tras lo que se besan mientras suenan las campanas, tras lo que salen de la iglesia como si fueran ellos los novios que se han vuelto a declarar su amor, por la alfombra que adorna las escaleras, pasando entre las dos filas de invitados que flanquean las escaleras esperando a los recién casados.

Caminan luego absortos, sin ser conscientes del tráfico de la ciudad, viéndose de pronto paseando por el campo, y volviendo a besarse inconscientes de que no están en el campo, sino en medio de una concurridísima calle, tardando en escuchar los insistentes pitidos e increpaciones de los conductores debido al enorme atasco que se ha formado por su culpa, debiendo correr al darse cuenta de la realidad que les rodea a refugiarse en una acera, mientras ríen tras darse cuenta de su inconsciencia.

Mientras pasean, se detienen ante el escaparate de un estudio fotográfico, donde se muestran fotografías de parejas de recién casados y de niños.

Piensan en hacerse ellos una fotografía, aunque entonces reparan en que él no se ha afeitado, por lo que entran en una elegante peluquería, llevándose al hombre a la parte de estos y a la mujer a la suya, aunque ella no permite que le corten el pelo y prefiere quedarse esperando a su marido sin que a ella le hagan nada.

La mujer observa celosa a la bella empleada que tras fijarse en su marido le ofrece el servicio de manicura, preguntándole si le gustaría parecer ambicioso y con un alto refinamiento, lo que él niega rotundamente, despidiéndola.

Llega entonces otro cliente, que al ver a la mujer se sienta al lado y la observa, acercándose cada vez más mientras le sonríe, no pareciendo desanimarle las muestras de desagrado de ella, a la que se pega, arrancándole una de las flores de su ramo, que se coloca en el ojal.

El marido empieza a inquietarse al ver cómo el hombre se acerca a su esposa, por lo que se levanta y le amenaza con su navaja, haciendo que el hombre sude aterrorizado.

Ya arreglado él, la pareja sale y regresa al estudio, dispuestos a fotografiarse.

El fotógrafo lo felicita porque, dice, ella es la novia más dulce que ha visto ese año.

Él que trataba de posar demasiado serio cambia su actitud y la besa, siendo ese el momento elegido por el fotógrafo para disparar la cámara.

Tontean luego mientras esperan la foto, tirando él sin querer una pequeña estatua que tenía el fotógrafo, asustándose enormemente por el destrozo, por lo que tratan de encontrar, infructuosamente la cabeza de la escultura, sin saber que esta no tenía, colocándole una pequeña pelota para tratar de evitar que los descubra.

Cuando salen, ríen de nuevo al observar que el fotógrafo les sorprendió cuando se besaban.

Entretanto, la mujer de ciudad lee en el periódico un anuncio en que se ofrecen a pagar en efectivo sus casas a los granjeros que deseen venderlas.

Ajenos a sus maquinaciones, la pareja disfruta de su día en la ciudad acudiendo a un parque de atracciones, al que entran centenares de personas para ser recibidos por un payaso que les da la bienvenida, mientras un gigantesco elefante conducido por una persona camina alrededor, y varios aviones sujetos por cables giran sin parar, habiendo fuentes decorativas y una enorme y lujosa cafetería.

El marido se divierte participando en un juego que consiste en golpear un hoyo con una pelota para que un cerdito salte por un tobogán, aunque a ella lo que le atrae es el salón de baile, donde ve cómo las parejas bailan amorosamente.

Uno de los cerditos escapa, provocando una enorme conmoción, decidiendo el hombre ayudar a capturarlo.

Pasa por el salón de baile, para colarse luego en la cocina, donde asusta a un camarero que bebía los restos de vino de una botella, al aparecer cubierto con una sábana. El camarero deja caer la botella y corre asustado, aprovechando el lechón para tomarse el vino derramado, tras lo que comienza a caminar con dificultad por la borrachera, siendo atrapado por él, que es aplaudido por todos cuando regresa con el trofeo.

En honor a tal hazaña, el director de la orquesta hace que toquen Midsummer, una danza campesina, animándose de inmediato su mujer a bailarla, aunque él se siente receloso, aceptando finalmente entrar en el juego, bailando mientras todos los observan y les aplauden.

Acuden luego al restaurante para beber, pidiendo una botella de vino, aunque cuando les llevan la cuenta, él se da cuenta de que no tiene suficiente dinero para pagar, sacando ella su monedero que llevaba oculto, para hacerlo, viendo cuando tratan de marcharse que está borracha y le cuesta andar.

Observan entonces el estallido de los fuegos artificiales antes de abandonar el parque.

Llegan corriendo al tranvía cuando está a punto de partir, ya de noche.

Recogen su barca y navegan a la luz de la luna, saludando a un grupo de personas que bailan en la orilla alrededor de una fogata.

Son felices y se besan apasionadamente antes de que ella, agotada, y se duerma sobre el pecho de él.

Pero de pronto estalla una fuerte tormenta y en la ciudad todos corren a refugiarse, llegando poco después hasta ellos.

La mujer, dormida, no se da cuenta de los esfuerzos de él por sujetar la barca y evitar que vuelque. La cubre con su chaqueta mientras él trata de controlar el bote, arriando la vela.

El fuerte oleaje y el vendaval acaban por despertarla a ella, que se asusta al ver la situación, y más cuando se les rompe uno de los remos.

Él repara entonces en los juncos que llevaba escondidos y los ata al cuerpo de su esposa para tratar de salvarla si vuelcan.

Entretanto la madre de ella está también asustada con el niño viendo el furor con el que la tormenta azota los cristales.

La pareja abrazada espera confiando en llegar a la orilla, pero finalmente se rompe el mástil y la barca vuelca.

En las turbulentas aguas se ven separados, siendo él arrastrado hasta la orilla, desde donde trata de ver a su mujer, gritando su nombre de forma infructuosa pese a que la tormenta ya se calmó y la luna brilla de nuevo.

La veraneante se despierta al escuchar movimiento en la casa. Los dueños de esta, al igual que los demás vecinos se han movilizado para salir con sus barcas y tratar de encontrar a la mujer.

También ella se viste y sale para poder observarlo todo desde lo alto de un árbol, convencida de que él ha llevado a cabo su plan de asesinato.

El hombre ruega a sus convecinos que le ayuden a buscarla, observando ella el movimiento de todos cuando salen con sus botes y linternas.

En realidad su mujer está flotando inconsciente gracias a los juncos.

Él ve algunos juncos flotando en el agua junto con algo de ropa de ella, por lo que acaban dando por hecho que murió.

Todos se acercan a darle las condolencias y regresan a tierra, desde donde son observados por la mujer de la ciudad.

Ve cómo los demás vecinos lo llevan a su casa, llorando la madre de ella sobre su pecho al verlo, comprendiendo la tragedia.

La mujer de la ciudad se acerca hasta la casa, una vez se van todos los vecinos y le silba como en otras ocasiones.

Cuando él sale, ella se acerca dispuesta a abrazarlo, pero al ver su actitud echa a correr temerosa.

Entretanto, uno de los marineros, que siguió buscándola consiguió encontrarla con vida, por lo que la llevan hasta su casa.

Él, resentido por lo que estuvo a punto de hacer por culpa de la veraneante, y triste por la muerte de su esposa, vuelca su rabia sobre ella, tratando de estrangularla.

Pero escucha entonces cómo su madre grita llamándole, para decirle que la encontraron, por lo que abandona a la mujer y corre para ver a su mujer.

Esta abre sus ojos y sonríe feliz al verlo.

El hombre que la encontró les dice que no quería dar falsas esperanzas, pero que conoce las mareas y fue rodeando y logró verla y rescatarla, abrazándolo y besándolo agradecida y emocionada la madre de la muchacha.

Al día siguiente la veraneante parte de madrugada de regreso a la ciudad en un carruaje.

El sol comienza a salir y el hombre permanece al lado de su mujer, que está en la cama, cogiendo su mano.

Ella se despierta con el sol del amanecer y sonríe al verlo junto a ella y se besan nuevamente.

Calificación: 4
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