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Arde Mississippi
Arde Mississippi

Mississippi burning (1988) * USA

Duración: 125 Min.

Música: Trevor Jones

Fotografía: Peter Biziou

Guión: Chris Gerolmo

Dirección: Alan Parker

Intérpretes: Gene Hackman (Rupert Anderson), Willem Dafoe (Alan Ward), Frances McDormand (Sra. Pell), Brad Dourif (Clinton Pell), Gailard Sartain (Sheriff Ray Stuckey), Stephen Tobolowsky (Clayton Townley), R. Lee Ermey (Alcalde Tilman), Michael Rooker (Frank Bailey), Pruitt Taylor Vince (Lester Cowens), Badja Djola (Agente Monk), Kevin Dunn (Bird), Tobin Bell (Stokes).

Un templo arde en la noche.

Un coche con tres personas circula por la carretera cuando ve que es seguido por tres coches más que los embisten, por lo que deciden desviarse de la carretera para tratar de esquivarlos, sin lograrlo, deteniéndose finalmente cuando ven que uno de los coches es de la policía.

Uno de sus perseguidores llama al conductor cerdo judío lame negros, al ser uno de sus acompañantes de dicha raza, aunque él trata de demostrar seguridad y le dice que han cometido el error de dejar que les vean la cara y sabe que por eso no podrán hacerles nada, lo que al hombre que habla con ellos no parece importarle disparando contra él.

Estamos en el Condado de Jessup, en Mississippi en 1964.

Para investigar la desaparición de los tres jóvenes viajan hasta el lugar dos agentes del F.B.I. el veterano Rupert Anderson, que va estudiando la documentación en el coche, y Alan Ward, que no soporta las bromas de su compañero que insinúa constantemente que es un joven sin experiencia, recordándole que aunque lleva 3 años en la agencia, trabajó previamente en el departamento de justicia, por lo que le pide que deje de llamarle jefe en tono de broma, pues es el encargado de la investigación porque tiene experiencia en casos de derechos civiles, ya que trabajó en el caso del primer negro que fue a la universidad de Mississippi, pues recibió un balazo en el hombro, sobreviviendo el estudiante gracias a él.

Cuando llegan a la oficina del Sheriff del condado son recibidos por el alguacil Clinton Pell, que no parece impresionado por tener a los agentes del F.B.I. y apenas les hace caso haciéndoles esperar hasta que Anderson interviene y le dice que si no sale el Sheriff tirará abajo su puerta, saliendo este en ese momento.

Stuckey pregunta si han ido para ayudar a integrar a los "negritos", explicándole que han ido para investigar la desaparición de los tres activistas pro derechos civiles.

También el Sheriff trata despectivamente a Ward, hablándole como si fuera el aprendiz de Anderson, tras lo que les dice que el asunto es un montaje publicitario ideado por Martin Luther "Coño".

En su informe indican que Pell los detuvo por exceso de velocidad, pero que les soltaron a las 10 de la noche y que él mismo los acompañó hasta el límite del condado del que comprobó que salieron.

Pero Ward piensa que miente, pues los activistas son muy disciplinados y deben llamar cada hora para que comprueben que están bien y le extraña que no llamaran nada más salir de la cárcel.

El centro de derechos civiles del que dependían se interesó de inmediato tras perder el contacto y llamaron a la oficina del sheriff, donde les informaron de que no sabían dónde podían estar, inclinándose Anderson por creer al sheriff, pues él recuerda que fue sheriff de un pueblo como ese y en un pueblo tan pequeño no mienten porque todo el mundo está al tanto de todo.

Van tras ello a un concurrido restaurante popular para comer, donde están todas las mesas ocupadas, excepto en la zona reservada a los negros, decidiendo Ward ir hasta esta, sentándose junto a un joven al que trata de pedir información, decidiendo el muchacho irse a otra mesa mientras son observados por los comensales blancos con curiosidad hostil.

Acuden hasta la parroquia quemada aquella noche, preguntándose qué sería de aquellos activistas que llegaron hasta allí tratando de conseguir la apertura de un centro de inscripción de votantes, siendo quemada la iglesia, por lo que los muchachos regresaron para pedir disculpas a la congregación hablando antes con alguna gente de la zona a la que Ward se propone interrogar ante el escepticismo de Anderson, que duda que sirva para algo, pues piensa que esos hombres deben seguir viviendo allí y se negarán a hablar.

Pese a ello Ward acude a casa de una familia de color, recordando que el día que quemaron la iglesia y al volver a casa cuatro hombres blancos dieron una paliza a su marido, aunque no quisieron denunciarlo asegurando que no pudieron identificar a los agresores.

Esa noche varios hombres blancos van a una casa y preguntan por el muchacho con el que se sentó Ward, el cual trata de huir, siendo alcanzado por sus perseguidores que amenazan con matarlo si habla con el FBI.

En su motel y mientras repasan las pruebas Anderson expresa su opinión de que esos muchachos son utilizados, respondiendo Ward que son gente con ideales por los que pensaban que valía la pena correr el riesgo de morir.

Él afirma que los de por allí piensan que hay cosas por las que merece la pena matar.

Ward se pregunta de dónde sale todo ese odio, recordando Anderson que cuando él era niño hubo un negro que consiguió hacerse con una mula.

Un día la mula amaneció muerta, pues habían envenenado el agua, consiguiendo que el negro se fuera, dándose cuenta de que había sido su padre el autor de la muerte de la mula, diciéndole a su hijo que si no era mejor que un negro no era mejor que nadie.

Y de pronto y mientras están hablando alguien dispara contra ellos, que ven al salir cómo arde una cruz.

Ward decide llamar a Washington para pedir más agentes, pese a la advertencia de Anderson que cree que comete un error, pese a lo cual el pueblo se llena de agentes, debiendo alquilar un cine para poder instalarlos a todos.

Y mientras en los campos de algodón los negros siguen siendo castigados y encerrados en jaulas, a la población llegan varios coches ondeando la bandera confederada, asegurando Anderson que son los del Klan.

Mientras Ward trata de averiguar de quién se trata, Anderson se acerca a la barbería, donde están el sheriff y el alcalde Tilman, que le dice no les gusta que les digan los forasteros lo que deben hacer, pues hasta que no llegaron los agitadores nadie se quejaba, replicándole Anderson que nadie se atrevía.

Ward es informado de que el tipo del coche es Clayton Townley, el máximo dirigente de los caballeros blancos del Klu Klux Klan.

Al ver a la puerta de la peluquería de señoras a una mujer a la que vio días antes discutiendo con Pell, decide entrar y bromeando con lo que puede hacer con su aspecto, consigue que le informen de que el hombre que llegó es Townley y de que la mujer a la que vio hablando con Pell es su esposa.

Pero mientras hablan llega un coche que lanza a un muchacho negro en medio de la plaza, reconociendo Anderson al chico con el que Ward trató de hablar en el restaurante, el cual está gravemente herido.

Finalmente aparece el coche de los desaparecidos, siendo conducidos hasta el mismo por un nativo que vie de la pesca en un lago en el que está el coche, totalmente quemado y cubierto por el agua y el fango.

Los agentes recogen todo lo que encuentran en la ciénaga, aunque no aparece cadáver alguno, por lo que Ward pide que le envíen 100 hombres más para el registro.

Pocos días después la ciénaga es tomada por cientos de soldados de las fuerzas de la reserva de la marina que examinan cada palmo del lago sin éxito, provocando además, tal como Anderson había predicho una guerra en la que cada día arden nuevas casas de gente de color.

Ward ordena además que compren el motel cuando su dueño les pide que se vayan, mientras llega un gran número de periodistas para cubrir el evento.

Ward y Anderson se acercan a la antigua iglesia, en cuya explanada siguen reuniéndose los negros a falta de otro lugar para hacerlo, viendo cómo al llegar ellos la gente se dispersa, atreviéndose a hablarles solo un chico, Aaron, que dice que no quieren hablar con ellos porque tienen miedo de que se entere la justicia y diciéndoles que si quieren investigar deben empezar a hacerlo por la oficina del sheriff.

Y así lo hacen. Se personan en casa de los Pell, preguntándose el alguacil qué es tan importante para que le molesten en su casa, volviendo a ser preguntado por dónde se encontraba el 21 de junio.

Mientras Ward le interroga, Anderson va a la cocina y habla con su mujer que le cuenta que nació en esa casa y su padre perdió al póker, viviendo ahora de alquiler.

A la salida Ward concluye que hay 50 minutos de su coartada dependen de su mujer.

Y esa noche Anderson regresa a casa de los Pell cuando ve que se marcha Clinton a hacer su ronda, llevándole a su mujer unas flores silvestres de las que crecen en la región, las Trompetas sarracenas, que son insectívoras, excusándose él en que su jefe tiene curiosidad por un pequeño periodo de tiempo no justificado.

Hablan durante un rato, contándole ella que lleva 14 años casada, contándole él que su mujer le dejó cansada de sus viajes, antes de que ella confirme la coartada de su marido.

Reunidos para un acto religioso en otro local, los negros ven al salir que les espera fuera un grupo numeroso de encapuchados que golpean a todos, siendo Aaron el único que no huye, quedándose de rodillas rezando, diciéndole uno de los encapuchados que si vuelve a hablar con los federales acabarán con él.

Los hombres de la marina examinan palmo a palmo todo siendo objeto de la burla de la gente de la localidad por sus nulos resultados.

Clayton Crowley, portavoz de los caballeros blancos del KKK es entrevistado afirmando que solo es un hombre de negocios que defiende la democracia de los blancos americanos, rechazando a todas las demás razas, e incluso a los papistas.

Anderson acude a un club social en el que solo admiten a los socios, pese a lo cual consigue que le inviten a una cerveza, estando seguro de que allí venden licores pese a la ley seca, afirmando que cuando él era sheriff ganaba buena parte de su sueldo con los impuestos a las destilerías ilegales, previendo que su caso es igual.

El mayor matón del grupo, Frank Bailey le asegura que hará todo lo posible para evitar que los negros puedan inscribirse para votar, y cuando le pregunta si mataría por ello, Frank afirma que sin pensarlo y que ningún tribunal de Mississippi le condenaría.

Coge tras ello a Anderson por la solapa y tras llamarle maricón de mierda le pide que les diga a los jefes bujarrones negros del norte que nunca encontrarán a esos chicos.

Pero Anderson no se deja intimidar y coge a Frank de sus partes y le dice que se quedarán allí hasta que el asunto esté resuelto.

Hay en la población una manifestación de negros llegados desde otras partes exigiendo libertad, debiendo ser escoltados por la policía para evitar que los agredan.

Durante la manifestación Anderson vuelve a la peluquería para hablar con la señora Pell que le cuenta algo en secreto.

Gracias a esa información acude esa noche con Ward hasta la comisaría donde pueden ver cómo tras dejar en libertad a un negro, este es recogido por una camioneta a la que siguen tras cerciorarse de que sin el Sheriff ni Pell los ven.

Tras una tortuosa persecución pierden a la camioneta cuando se les interpone un tren, por lo que al tratar de seguirlos por el bosque deben guiarse por su instinto, consiguiendo llegar pese a todo hasta el lugar donde está la camioneta, donde encuentran al negro malherido al que tratan de persuadir para que interponga una denuncia, a lo que los padres del muchacho se niegan esperando así que se olviden de ellos y les dejen en paz.

Pero ese hecho les ayuda a hacerse una idea de cómo actuaron con los activistas, cuando tras detenerlos por exceso de velocidad los dejaron libres para que los persiguieran los del Klan, aunque Anderson asegura que el propio Pell participó.

Lo interrogan por tanto y le acusan de ser el "Gran Cíclope" de la Brigada Este de Mississippi de los caballeros blancos del Klu Klux Klan, aunque cuando se entera de que no es un interrogatorio oficial se marcha sin más.

El alcalde protesta ante Ward por las molestias y el acoso a la oficina del sheriff.

Pronto vuelve a arder otra casa, no estando dispuesto su dueño a denunciarlo, por lo que recurren a Aaron, que anima a su vecino a denunciar, haciendo que los acompañe, aunque con la cara tapada con una caja indicando quiénes fueron los autores del incendio, que gracias a su testimonio son detenidos y llevados a juicio.

Este se celebra en medio de una enorme expectación ante un viejo juez que asegura que los crímenes fueron provocados por influencias externas y debido a ello les impone una condena a 5 años de prisión, aunque les concede la libertad condicional.

La sentencia provoca un nuevo estallido de violencia y la quema de nuevas viviendas que en la oficina del sheriff dicen se trata de negros que se pelean entre ellos.

La siguiente vivienda en ser asaltada es la de los Williams, debiendo huir Aaron y su familia mientras el padre coge una escopeta dispuesto a enfrentarse a los asaltantes que fácilmente lo capturan y lo cuelgan de un árbol.

Aaron regresa y lo descuelga, aunque está ya muy enfermo, no pudiendo evitar que mueran quemados todos sus animales.

Anderson afirma que todo se precipitó cuando lo convirtieron en un espectáculo.

Hay una gran concentración de los segregacionistas donde habla Clayton Townley, que señala que los odian porque la política de segregación ha sido un éxito en su estado donde no pueden amotinarse los negros como hacen en otros lugares.

Los hombres del F.B.I. aprovechan para anotar las matrículas de los asistentes.

Convencido de que el único modo de seguir adelante es con la declaración de la señora Pell, Anderson acude a verla de nuevo a la peluquería, cuando está cerrando.

Ella se queja de que les han educado en la segregación, que dicen estaba en la Biblia, y acaban creyéndoselo porque así se lo enseñan cada día de su vida.

Le cuenta finalmente que en efecto su marido condujo uno de los coches aquella noche y que los cadáveres están enterrados en un terraplén en la granja de Robert.

Gracias a esa confesión envían una grúa hasta el lugar indicado donde acaban desenterrando los cadáveres de los activistas.

Los cadáveres son llevados para su examen por los forenses, advirtiendo allí el sheriff a Pell de que vaya a su casa, pues allí donde tiene al enemigo.

Pell va entonces a casa acompañado por Frank y varios compañeros más, golpeando a su mujer ante ellos de forma inmisericorde.

Poco después Ward recibe una llamada saliendo con cinco hombres hasta el hospital, pidiendo que avisen a Anderson.

Cuando este llega al hospital y ve a la mujer malherida sale airado, tratando Ward de detenerlo pidiendo que no lo estropee todo por su encoñamiento, procediendo Anderson al escucharlo a abofetearlo indignado, iniciándose una pelea entre ellos, llegando Ward a amenazar a su compañero con su arma, diciéndole que lo que deben hacer es pillarlos a todos, aceptando Anderson su decisión a cambio de que le permita actuar a su manera e incluso con su gente.

Durante el funeral hay una gran manifestación, clamando el pastor encargado del oficio contra la violencia que se ejerce contra los de su raza.

Llegan entonces los hombres de Anderson, dispuestos a cambiar el rumbo.

Muy pronto el alcalde Tilman recibe una visita de unos hombres encapuchados que lo atan y amordazan, llevándolo hasta un local donde observa que bajo la capucha hay un hombre negro que, tras contarle la historia de un chico al que secuestraron a pocos kilómetros de allí solo por ser negro y al que le cortaron el escroto con una cuchilla y la metieron en una taza de café, se dispone a bajarle los pantalones, aparentemente con la intención de hacerle lo mismo a él, mientras lo interroga sobre lo ocurrido con los activistas.

Gracias a su relato consiguen reconstruir los crímenes, en los que participaron 7 hombres con 3 coches, siendo Pell y Frank los autores de los asesinatos, asegurando que la idea fue de Townley aunque él no se manchara las manos.

Anderson está muy satisfecho con lo conseguido, pero Ward le hace ver que de nada sirven las declaraciones hechas bajo coacción, asegurando Anderson que aunque las consiguieran legalmente no los condenarían, debiendo conseguir que el caso sea visto por un tribunal federal por violación de los derechos civiles, aunque le recuerda que también él está violando los derechos civiles.

Townley llega a una reunión celebrada en la capilla, dándose cuenta cuando llegan allí de que están juntos todos los que participaron, directa o indirectamente en los asesinatos, dándose cuenta entonces de que les han tendido una trampa, no sabiendo quién convocó precisamente a ese grupo, que deciden disolverse, y aunque no dicen nada y deciden disolverse comprueban que en efecto todos ellos están implicados.

Deciden ir hasta el que les parece el eslabón más débil de la cadena, Lester, al que, meten en un coche y pasean por todo el pueblo y al que le dicen que sus compañeros cantaron ya, diciéndole que saben que él conducía el segundo vehículo, la camioneta verde y que arrastró al negro fuera del coche y tras darle dos patadas le disparó.

Lester se defiende diciendo que él no mato al negro. Los agentes le dicen que lo saben y que saben que él disparó al negro cuando ya estaba muerto, pero que el hombre que habló lo acusó a él, por lo que le piden que les haga una declaración oficial, dejándolo tras ello en el barrio negro mientras le dicen que lo piense bien.

Acuden luego a la barbería, donde Anderson sustituye al barbero mientras afeita a Pell, al que tras hacerle algún corte le dice que saben que él hizo un discurso mientras enterraban a los activistas diciendo que Mississippi estaba orgullosos de ellos que eran el azote de la causa del hombre blanco, diciendo que así se lo contó Lester, preguntándole tras ello si hizo también un discurso cuando le dio la paliza a su mujer, tras lo que le da una tremenda paliza, asegurando que le cortaría el cuello sin importarle lo que dijera el informe oficial, aunque en ese momento Pell, desmayado ya no le escucha.

Esa noche Lester sufre un ataque contra su casa, a la que disparan, viendo fuera una cruz ardiendo y a varios encapuchados, por lo que trata de huir en su furgoneta, que es perseguida por otra que lo alcanza, atrapándolo y atándole una cuerda al cuello mientras él grita que no dijo nada.

Llegan entonces dos coches policiales, huyendo los hombres que iban a ahorcarlo, y consiguiendo salvar así su vida, prometiéndole Ward que si hace una declaración oficial le darán protección, sin saber Lester que sus agresores son policías.

Con su declaración acuden a detener a Frank Bailey, que es condenado a 10 años de prisión, correspondiéndoles 3 a Lester Covens, 7 a Swilley, 10 a Pell, 7 a Cooke y 10 a Townley.

Los policías encontraron al alcalde ahorcado pese a que ni pertenecía al Klan ni participó en los asesinatos, siendo el sheriff absuelto.

Antes de marcharse Anderson visita la casa de los Pell, ahora destrozada y donde vuelve a ver a la señora Pell, recién salida del hospital, aun muy magullada.

Le pregunta qué va a hacer, diciéndole ella que se quedará allí, pues ese es su hogar, y si hubiera querido hacerlo lo habría hecho mucho antes, asegurándole que también allí hay buenas personas que saben que hizo lo correcto.

Los agentes se marchan mientras la comunidad negra se reúne a cantar de nuevo a sus muertos en la vieja capilla.

Calificación: 3