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Diecisiete

España (2019) *

Duración: 100 min.

Música: Julio de la Rosa

Fotografía: Sergi Vilanova

Guion y Dirección: Daniel Sánchez Arévalo

Intérpretes: Biel Montoro (Héctor), Nacho Sánchez (Ismael), Lola Cordón (Cuca), Itsaso Arana (Esther), Chani Martín (Ignacio), Íñigo Aranburu (Román), Kandido Uranga (Cura), Javier Cifrián (Dueño desgüace).

Un muchacho camina de noche por las calles. Se fija en una moto, y tras quitarle la cadena le hace el puente y huye con ella, yendo hasta un centro comercial al que llega poco antes de que cierren. Una vez dentro va a la sección de deportes y se cuela en una de las tiendas de campaña expuestas.

Encerrado en ella, y, tras cenar, duerme allí, logrando despistar al guarda jurado.

Por la mañana se coloca un despertador y antes de que abran sale. Roba un purificador de aire de 600 Euros y cuando se dirige a la salida ve la sección de máquinas de afeitar, y, tras pasarse una por la cara, la arranca, lo que hace que salte la alarma, por lo que debe salir corriendo hacia la moto perseguido por el guarda jurado, que cae siguiéndolo.

Acude a la residencia de su abuela y coloca el purificador junto al radiador roto, estando la abuela contenta al ver a su nieto, aunque solo sabe decir "tarapara".

Poco tiempo después Héctor comparece ante una juez, que le recuerda que es la séptima vez que está ante ella y que las dos anteriores veces que estuvo allí ya le dijo que no le pasaría ni una más.

Héctor se defiende diciendo que robó porque su abuela tenía la calefacción rota en la residencia y necesitaba el aparato.

Pero como hirió al guarda jurado, robó la moto y la máquina y llevaba una navaja le condenan a un centro de menores, regalándole la juez un ejemplar del Código Penal, que le pide que estudie mientras está en el centro, para que sepa lo que está mal, teniendo dos años para hacerlo, indicándole que para entonces ya será mayor de edad.

Él pregunta antes de retirarse si fue su hermano quien le denunció.

Héctor obedece a la juez y empieza a estudiar el Código Penal durante su internamiento, burlándose sus compañeros de él llamándolo abogado.

Un día, mientras está en clase ve cómo empiezan a caer las hojas de un libro por la ventana, comprendiendo que alguien le robó el Código Penal y lo rompió.

Pero, pese a tratarse de cientos de hojas las recoge una por una.

Luego, en el patio y mientras los demás juegan al fútbol, él se pone cinta americana para sujetarse las zapatillas de playa que lleva y se coloca dentro del calcetín un trozo de madera en el que pintó el número 20.

Y durante un momento de distracción, salta la alambrada del centro mientras todos le jalean y sale corriendo, perseguido por dos guardas que acaban alcanzándolo, clavando él la estaca entonces junto a otra con el número 19.

Castigado con una semana de aislamiento, dedica su tiempo a recomponer el Código.

Un día ve desde su habitación cómo llegaron al centro miembros de una protectora que llevan perros para que los adiestren, yendo en principio todos los discapacitados.

Él baja y los mira, y la orientadora, Esther, le anima a que adiestre a uno, pues es para las personas a las que les cuesta integrarse, no solo para los discapacitados, aceptando él hacerse cargo de uno, que le llevarán una vez por semana, diciéndole que aprender a cuidar un perro, aprenderá a cuidarse a sí mismo.

Él ve al perro que queda y dice que parece una oveja, decidiendo ponerle ese nombre.

El adiestrador le va dando las primeras nociones, viendo que no se le da muy bien, hasta que le van enseñando cómo hacerlo y cómo semana a semana va ganándose su confianza, empezando a ver videos de adiestramiento y a leer libros sobre el tema.

Así se gana la confianza del animal, que hace todo lo que le pide y que solo quiere estar con él, no gustándole socializar con otros perros, corriendo el animal cada vez que llega aún sin verlo, al escuchar su silbido, llevando en su cuello una placa que él le hace con su nombre, estudiando también las enfermedades de los perros.

Pero un día, cuando llegan los de la protectora ve que no está Oveja y el encargado de la protectora le dice que debe estar contento, pues gracias a él Oveja fue adoptado, pues consiguió que fuera un perro atractivo para adoptar.

Pero él se niega a creerlo. Oveja es su perro y no acepta adiestrar a otro.

Rabioso, rompe todos sus libros sobre perros y con una tabla del somier se hace una nueva estaca, se ata el Código Penal con cinta americana y vuelve a fugarse.

Los vigilantes le esperan donde siempre, pero esta vez no se deja coger y huye.

Su hermano Ismael sale de trabajar por la noche y va a dormir a su caravana, recibiendo a la mañana siguiente una llamada del centro de internamiento.

Una vez en este, Esther le explica que Héctor escapó y que no le avisaron hasta la mañana porque esperaban que fuera solo una rabieta, enterándose en ese momento de que previamente lo había intentado 21 veces, pero siempre regresaba o se dejaba coger, porque prefería estar en aislamiento que convivir con los demás.

Y aunque le quedan menos de dos meses para salir, avisaron al Juzgado de Menores y temen que cometa algún delito estando fuera, pues le quedan solo dos días para su cumpleaños y con 18 años será juzgado como un adulto, o, incluso si comete algún delito, aunque le falten dos días iría a una penitenciaría, por lo que debe tratar de convencerlo para que regrese voluntariamente, contándole que piensan que se enfadó por un perro.

A la salida va a la residencia de la abuela pensando que pudo ir allí y la busca en el servicio, viendo de pronto sus pies bajo la cama, por lo que le hace salir y le pide que le acompañe al centro de vuelta, pues, pronto irá a buscarlo allí la guardia civil.

Pero Héctor le asegura que no va a volver, no pudiendo creerse su hermano que se haya escapado por un perro, que él insiste es suyo y va a recuperarlo, habiendo pensado en ir a la protectora para ver quién lo adoptó.

Su hermano le pide que regrese al centro y que lo haga cuando salgo en mes y medio, diciendo él que no va a esperar, explicándole su hermano lo que le dijeron en el centro que le ocurriría si no volvía y le cogían, asegurando él que no le cogerán a no ser que vuelva a denunciarlo como la última vez.

Al ver su determinación, Ismael le dice que en ese caso él le acompañará a la protectora para acabar cuanto antes, aunque él le dice que no es tan sencillo, que deben llevarse también a la abuela, pues se está muriendo, a lo que Ismael le responde que la abuela lleva muriéndose 5 años desde que le dio el derrame, respondiéndole Héctor que ahora es inminente, pues escuchó a los médicos decir que cuando la saturación del oxígeno bajara del 70% moriría y está en el 78%.

Le recuerda que su abuela es quien los cuidó y solo les pidió que la enterraran con el abuelo Chiri y él no quiere que muera sola.

Pedirán el alta voluntaria, una silla de ruedas y los aparatos del oxígeno, habiendo robado él ya, sedantes.

Ismael acepta sus condiciones, pero le da solo dos días y le pide que no cometa ningún delito, por lo que si los descubren deberá decir que fue él quien robó los sedantes.

Se la llevan en la autocaravana de Ismael, que le pide que le lleve por carreteras secundarias para evitar a la guardia civil.

Le pregunta por qué va con la autocaravana, donde hay un cartel de venta, indicando Ismael que para pasearla para que la vean y se la compren, recordando Héctor que le había prometido que se la regalaría a él cuando cumpliera los 18, diciéndole que se la ofreció si no se volvía a meter en líos y él no cumplió su parte.

Héctor le pregunta si le ha dejado Marta, pues ha visto que está viviendo en la caravana, por los cacharros, negándolo su hermano.

Llegan a la protectora, e Ismael le dice que irá él, para evitar que avisen a la guardia civil, pidiéndole Héctor que deje el motor en marcha por si hay que salir corriendo, aunque él le asegura que no habrá que hacerlo. Que él conseguirá lo que pretenden preguntando, aunque Héctor le asegura que no funcionará.

Ismael pregunta al encargado por Oveja, diciendo que su novia se enamoró de ese perro, y como le dicen que fue adoptado pregunta si podría ponerse en contacto con quienes lo adoptaron porque su novia se encaprichó con él, pero le dicen que no pueden.

Héctor no obedece a su hermano y baja de la caravana y recorre la protectora viendo perros hasta fijarse en uno al que le falta una pata.

Entretanto, Ismael aprovecha que el encargado está hablando con alguien para robar el cuaderno donde se anotan las adopciones y sale corriendo, aunque ve al llegar a la autocaravana que no está su hermano, que aparece al momento con el perro al que le falta una pata, debiendo salir a toda velocidad cuando les persiguen.

Le explica a su hermano que con ese perro podrán negociar y hacer un intercambio con los que adoptaron a Oveja, no creyendo su hermano que el que le falte una pata ayude, aunque Héctor le dice que eso fue lo que le ayudó a él a elegirlo.

Le explica de nuevo que debe decir que fue él quien robó el perro.

Paran en una gasolinera y estudian las adopciones, viendo que desde la última vez que él vio al perro se adoptaron 5, ninguno de los cuales es el suyo, indicando Héctor que al adoptarlos les cambian el nombre, y como dos son hembras, solo tienen que mirar 3.

Tras repostar, se percata de que no tiene la cartera que piensa debió caérsele en la protectora, por lo que decide que deben volver y devolver el cuaderno y el perro, advirtiéndole su hermano que en la gasolinera no hay cámaras de seguridad, por lo que pueden marcharse sin problemas, a lo que su hermano se niega.

Le explica la situación al gasolinero, al que le propone dejarle al perro en depósito, pidiendo el gasolinero que deje también al chico y a la abuela.

Entretanto, Héctor se fija en una familia que baja de su coche.

Cuando Ismael regresa a la autocaravana para decirles que deben quedarse, ve que el motor está arrancado y su hermano le dice que deben irse antes de que la familia del coche se dé cuenta de que les ha robado unas bolsas nevera con comida, debiendo huir, en efecto, perseguido por el gasolinero, que ve cómo se van sin pagar.

Le pregunta tras ello qué pasará si el que adoptó a Oveja se aviene a devolvérselo, pues deberá regresar al centro y él no se lo piensa quedar, diciendo que ya lo verá.

Cuando llegan al primer destino, Héctor decide mirar por encima de la valla del patio del que lo adoptó para ver si está el perro, sin llamar la atención.

Silba para llamarlo y ve a varios perros, diciéndole a su hermano que no es su perro, por lo que deciden seguir hasta el siguiente destino.

Por la noche paran para descansar y se sientan fuera de la caravana, preguntándole Ismael qué pena le caería hasta ese momento con todo lo que han hecho, incluyendo un robo de motocicleta que él ignoraba y que Héctor hizo para ir hasta la residencia de la abuela, calculando Héctor que podría caerle una pena de 12 a 18 meses por delito continuado y multa de 1 a 3 meses por delito leve de estafa, por lo que no iría a la cárcel al carecer de antecedentes.

Le dice luego que sabe por qué tiene esa obsesión por el perro, y le recuerda que cuando era pequeño y se ponía muy enfadado y sus padres no sabían qué hacer, solo le calmaba que él se pusiera a imitar a un perrito, Aboria, que le ladraba, le gruñía, le chupaba y le daba la patita y aullaba, gemía, se subía a la cama con él hasta que se le pasaba la rabia, el susto o lo que le hubiera hecho estar mal.

Isma recuerda con cariño aquellos tiempos en que fueron hermanos.

Comienzan tras ello un concurso de eructos, haciendo que Héctor ría por vez primera desde que están juntos.

Cuando van a dormir el perrito insiste en subirse a la cama y no calla, pidiéndole Isma que lo deje, diciendo Héctor que los perros duermen en el suelo, y que ya se acostumbrará, diciéndole Isma que él lleva así 17 años y no se ha acostumbrado.

Al final deja al perro en la cama y él se sube al techo de la caravana.

Por la mañana Héctor cambia el pañal a la abuela y la arregla, poniéndole incluso los pendientes, y le da el desayuno y luego la comida al perro.

Cuando reinician el viaje, Héctor vuelve a preguntarle por Marta, pues, le dice, no la ha llamado ni le ha enviado ningún mensaje y aunque Isma no reconoce la ruptura, le pregunta por qué han roto y qué le ha hecho a Marta y le pide que la llame, a lo que se Isma se niega.

Su siguiente destino es un desguace, y cuando llegan le preguntan al dueño si adoptó un perro, contándole esta vez la verdad.

El hombre les dice que encontró el perro en un coche que le llevaron tras ser declarado siniestro total. Estaba desnutrido y asustado.

Su amo, el dueño del coche, había muerto en un accidente y cuando comenzó a desguazar el coche se acordó de él y llamó a la protectora y se lo dieron, pero el perro sigue allí, en el coche, negándose a salir, comprobando que no se trata de Oveja.

Héctor lo examina y dice que tiene leishmaniosis y debe llevarlo al veterinario y ponerle un tratamiento de por vida, diciendo el hombre que carece de dinero para ello, ante lo que Héctor saca una cartera y varios billetes y se los entrega, dándose cuenta entonces Isma de que es su cartera, no entendiendo cómo se la pudo quitar y callar, diciendo Héctor que la guardó para imprevistos.

Están a punto de partir hacia el tercer pueblo cuando observan que la saturación de oxígeno de la abuela bajó mucho, por lo que deciden llevarla al pueblo.

Una vez allí van a ver al sacerdote, que le da la extremaunción, preguntándoles este dónde la enterrarán, a lo que le responden que en la tumba del abuelo Chiri, diciéndoles el sacerdote que su abuelo no está ya en su tumba, pues caducó el contrato de arrendamiento y como no lo renovaron salió a subasta, por 5.581 Euros.

Héctor le echa la culpa de no haber recibido las notificaciones al haber metido a la abuela en la residencia, diciendo Isma, que aunque se lo hubieran notificado no hubieran tenido dinero, proponiendo Héctor vender la caravana, diciéndole Isma que ya la tiene a la venta, y no es tan fácil, asegurando Héctor que seguro que tuvo ofertas pero que no la puede vender porque está viviendo en ella.

El sacerdote les dice que, además, aunque quisieran no podrían contratarla al haber sido ya arrendada por su primo Ignacio.

Isma decide entonces ir a ver a Ignacio, que está cuidando sus vacas y le echa en cara que no le avisara, diciendo que si no la hubiera arrendado él lo hubiera sido otro, pues queda muy poco espacio, y además se la regaló a su suegro, con un cáncer terminal.

Le cuenta también que esas tierras son muy ácidas y cuando desenterraron al abuelo no quedaba nada de él más que su reloj, que lleva él puesto.

Le echa en cara que ni siquiera quiera ver a la abuela, diciendo que él es el único de la familia que se quedó en el pueblo y que el cementerio es para los que viven allí.

Isma miente a la abuela y le dice que todo está solucionado, aunque Héctor le cuenta la verdad, ante lo que Isma le relata lo de la acidez de la tierra y le indica que hay que saber perder con orgullo y aceptando la derrota.

Héctor lleva a la abuela a pasear por el pueblo y le muestra su casa casi derruida.

Recuerdan una historia sobre una vaca de su abuelo. Estas pastaban en terrenos comunales cuando les tocaban y si se colaba una cuando no le tocaba, el que tenía la concesión podía pedir un rescate a cambio, prendarla, lo llamaban.

Al abuelo se le escapó su mejor vaca y su padre, como castigo lo tuvo en la cuadra durante días durmiendo con las vacas, por lo que apestaba y cuando terminó el castigo el abuelo decidió seguir durmiendo con las vacas y no lo entendían, pero lo hacía porque cuando empezó a oler tan mal los otros niños no se le acercaban y no le pegaban.

Cuando Héctor regresa a la caravana, Isma va al bar del suegro de su primo, Kalín,

Allí escucha que a su primo hubo un holandés que le ofreció por Facebook comprarle la vaca con la que va a ir pronto a un concurso en Lausana.

Él le pidió 60.000 Euros sabiendo que no se la iba a vender y pensando que no aceptaría ese precio, pero el hombre le dijo que de acuerdo. Pero él no quiere venderla, pues vendiendo sus embriones sacará ese dinero.

Mientras tanto, Héctor coge un puñado de tierra y le echa bicarbonato.

De vuelta a la caravana, le recuerda que la abuela les contaba también que a veces los mozos prendaban a las vacas aunque no se hubieran colado en sus pastos para conseguir dinero para las fiestas y le cuenta lo singular que es la vaca de su primo, y borracho como va, tras haberse bebido la botella de vino a que aquel le invitó, propone prendarle la vaca.

Pero Héctor no está de acuerdo y le dice que deben aprender a perder como le dijo él.

Le dice que el robo de cosas de valor puede suponerles una pena de 2 a 5 años, y le recuerda que está borracho, diciendo Isma que eso le envalentona, a lo que Héctor le replica que le vuelve idiota, y que no desea tocar el 337 del Código Penal, el del maltrato animal.

Su hermano le da la enhorabuena por haber aprendido a perder, pero pese a todo sale a buscar la vaca, aunque entre tantas es incapaz de distinguirla, dándose cuenta en ese momento de que no lleva encima el móvil.

Lo tiene Héctor, que ve que Marta le ha enviado a Isma un mensaje pidiéndole que deje de enviarle audios, pues no quiere saber nada de él, comprobando que, en efecto le envió un montón.

Aparece tras ello Héctor en el establo para decirle que la tierra no es ácida, pues comprobó que no reaccionaba con el bicarbonato y por ello debía quedar algo más del abuelo que el reloj y los dientes, y su primo les engañó y por eso le va ayudar.

Héctor cree que la vaca estará aislada, viendo, en efecto que la tiene sola con música clásica, pidiéndole Isma a su hermano que abra el candado, aunque Héctor le dice que lo hará si le cuenta por qué le ha dejado Marta.

Isma le cuente que está embarazada y quiere tener al niño, aunque él dice que no puede y no quiere.

Héctor abre el candado y le dice a su hermano que no quiere que sea como su padre.

Se llevan la vaca hasta la caravana, viendo, cuando van a llegar, que está en ella su primo, por lo que se asustan pensando que pudo enterarse de lo de la vaca, diciéndole Héctor que, de hecho, seguramente llevará un chip.

Pero no es así. Su primo les dice que ha ido a despedirse de su abuela y a pedirle perdón por lo seco que estuvo por la mañana, aprovechando ellos para reclamarle la tumba del abuelo, insistiendo Ignacio en que no puede ser, pues se la regaló a su suegro y les reconoce que las tierras no son tan ácidas y que había restos del abuelo, pero que en ese momento estaba muy mal con Rosa porque le decía que no se ocupaba de ella ni de la familia y que le dedicaba más tiempo a Vicenta, que hasta le ponía música, que de ella, pues nunca la lleva a bailar, y para contentarla le regaló la tumba a su padre.

Les dice también que no puede comprarles otra tumba porque no queda terreno, pero que le ha comprado un nicho en segunda fila, la más cara, por 3.000 Euros. Sabe que no es lo mismo, y entiende que no le vuelvan a hablar, aunque ellos le dicen que no es para tanto y que a veces se hacen las cosas por impulso y sin pensar, y tratan por todos los medios de evitar que Ignacio gire la cabeza, ya que tras la ventana está Vicenta.

Aprovechando la buena predisposición de su primo, tras aceptar el nicho, le piden el reloj del abuelo.

Pero se escucha entonces un mugido e Ignacio se gira y ve a su vaca. Isma trata entonces de contarle la historia de cuando al abuelo le prendaron la vaca.

Al día siguiente llevan a la abuela al cementerio y tratan de convencerla de que la sexta fila, no está tan mal, pues tiene más privacidad.

Pero para que pueda morirse tranquila Héctor coge unas pocas cenizas del cinerario común, donde reposan los restos de su abuelo y las coloca en el nicho junto a su reloj.

Isma observa que su abuela ha mejorado y su saturación ha subido al 81%, por lo que se pregunta si se han conjurado para fastidiarle y decide seguir su ruta sin hacer caso a Héctor cuando le dice que el de su abuela es el típico caso de mejora antes de morir.

Durante el viaje, Isma trata de explicarle a su hermano lo que es una ironía, lo que para Héctor no es más que decir tonterías, aunque es incapaz de entenderlo.

Cuando están a punto de llegar al siguiente pueblo donde van a buscar a Oveja, Héctor le pide que pare, pues asegura que el perro no estará allí, confesando que estaba en el primer hogar que visitaron, lo que hace que Isma se enfade sin entender por qué lo hizo.

Héctor se baja de la caravana y se sienta frente a un acantilado, siguiéndole Isma, que tras darle las gracias, pues irá a la cárcel por habérselo ocultado, le pregunta, ya calmado por qué no dijo nada, respondiendo él que porque lo vio jugando con otros perros y antes Oveja tenía miedo a los perros y no se acercaba a ellos ni jugaba, pues prefería estar solo. Pero no dijo nada porque no quería que el viaje terminara.

Por la noche, Isma toca la guitarra, cuando de pronto ve que ha recibido un mensaje, viendo con asombro que es de Marta, que le dice que cuando vuelva hablarán.

Mira el historial de conversaciones, observando que hay numerosos mensajes que no envió él y que comprende debió escribir Héctor.

En ellos, aquel se hizo pasar por él para decirle a Marta que se asustó mucho de lo del embarazo, pero no porque no quisiera tener un hijo, sino por Héctor, pues lleva 17 años haciendo de padre de este y lo hizo fatal, pues ya ha visto dónde está pese a que lo intentó, aunque ahora cree que lo está haciendo bien y está aprendiendo, pues lleva unos días haciendo cosas que nunca antes había hecho, y además Héctor va a hacer 18 años y ya se podrá valer por sí mismo y podrá estar más tranquilo y que no será como su padre, pues ha puesto en venta la autocaravana para tener dinero y que no les falte de nada y le está componiendo una canción. Que sí puede y quiere.

Sube al techo de la autocaravana, donde está Héctor y le pregunta cómo adivinó su contraseña, diciéndole su hermano que poner el año de nacimiento no es muy inteligente.

Le pregunta luego desde cuándo es abogado matrimonial y que parece haber decidido ya por él, diciéndole Héctor que se preocupa por él.

Ismael le entrega entonces como regalo a Héctor, unas zapatillas viejas suyas, para que pueda dejar por fin sus chanclas.

Héctor le dice que pensó que le regalaría la autocaravana, pues 31-oct.-2019 10:07 PMlas zapatillas le quedan grandes y además una de ellas tiene un agujero.

Ismael se despierta a la mañana siguiente en el techo de la autocaravana y se asusta al ver que no está Héctor por ninguna parte, hasta que mira al fondo del acantilado y ve que ha ido a darse un baño.

Baja él también a bañarse y juegan juntos en la playa y se divierten.

Comienzan tras ello el camino inverso al que realizaron, dejando a la puerta de la protectora el libro de adopciones y al perro de tres patas, aunque cuando regresa, ve que le ha vuelto a bajar la saturación a la abuela y tres minutos antes estaba bien, concluyendo que el perro de tres patas es quien la cura, por lo que se lo llevan de nuevo.

Vuelven tras ello al centro de menores, con las zapatillas de su hermano, y rompiendo él esta vez su Código Penal para utilizar sus páginas para que le ajusten las zapatillas.

Se despide tras ello de su abuela a la que le pide que no se muera hasta que él salga, pidiéndole al perro, al que decide llamar Taraparo, que la cuide.

Su hermano le dice que solo le queda mes y medio sin intentos de fuga y sin meterse en líos, y que para que no acabe lo que han vivido, debe evitar cometer delitos con 18 años y será la única forma de poder seguir siendo hermanos.

Héctor le dice que el problema no es el mes y medio, que el problema es después, cuando salga, porque sabe que él no estará.

Ismael le dice que tiene razón, que él no estará, pero que estará su perro, diciendo Héctor que Taraparo no es su perro.

Él le dice que no es Taraparo ni Oveja, y comienza a imitar a Aboria, su perrito, como cuando era pequeño, haciéndolo reír, tras lo que se despiden.

Cuando se cierra la verja, Isma aúlla y Héctor le silba como si fuera su perro.

Calificación: 3