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Dos mujeres

La Ciociara (1960) Italia / Francia

Duración: 100 min.

Música: Armando Trovaiolii

Fotografía: Gábor Pogány

Guion: Cesare Zavattini, Vittorio De Sica (Novela: Alberto Moravia)

Dirección: Vittorio De Sica

Intérpretes: Sophia Loren (Cesira), Jean-Paul Belmondo (Michele Di Libero), Eleonora Brown (Rosetta), Carlo Ninchi (Filippo), Raf Vallone (Giovanni), Renato Salvatori (Florindo), Luciano Pigozzi (Scimmione).

1943. En las calles de Roma comienzan a sonar las alarmas, seguidas de un bombardeo aéreo, por lo que la gente corre por las calles para refugiarse.

Una mujer, Cesira, echa el cierre a su tienda de alimentación, viendo cómo a consecuencia de los impactos caen las estanterías, asustándose tanto su hija Rosa, que pierde el conocimiento, por lo que Cesira asegura que cerrará la tienda y se irá de Roma, pues no soporta esa situación y no quiere ver a su hija tan asustada.

Terminado el bombardeo, y al salir, observan en la lejanía un intenso humo, habiéndose caído al parecer varias cornisas.

Al día siguiente Il Messaggero, muestra al Papa en la Basílica de San Lorenzo, devastada por el bombardeo.

Cesira decide poner en marcha su plan y marcharse de Roma, para lo que va a ver a Giovanni, un amigo que tiene una carbonería, y que, al contrario que Cesira, no simpatiza con Mussolini, del que, asegura, engaña a las mujeres con su verborrea.

Cesira quiere pedirle que durante su ausencia les cuide él la casa y la tienda, pensando que la situación no puede durar más de un mes.

Le dice que recurre a él porque fue un buen amigo de su marido, pero él le dice que si fuese por esa carroña no movería un dedo, y cuando ella se muestra ofendida, diciéndole que es tan falso como los demás, él le dice que sabe que no lo quería.

Ella le dice que se casó con Roma, no con su marido, un hombre con dinero que la llevó a Roma y la sacó de su mísera vida, ya que ella vivía durmiendo con el burro y las gallinas y comiendo una sola vez al día, preguntándole él cómo podía acostarse con un viejo, que le dice que además hablaba mucho de ella y le contaba todo presumiendo.

Ella dice que hace más de dos años que no ha estado con él ni con ningún otro, porque cuando se tiene una hija no se puede pensar en otra cosa.

Mientras hablan, Giovanni cierra todas las ventanas y puertas y le dice que está seguro de que lo necesita, respondiendo ella que no es así.

Él le dice que tienen una hora en que no va a ir nadie, diciéndole Cesira que está muy claro que no la conoce, diciéndole él que no puede decir que no le apetece.

Ella le dice que piense en su mujer, asegurando él que si la mata una bomba, se casará con ella, tras lo que empieza a besarla, y aunque ella simula rechazarlo deja que siga adelante, respondiendo finalmente a sus muestras de cariño.

Tras acostarse con él, Cesira sale de la carbonería y le dice a Giovanni que no quiere que su hija se entere, pues solo ha sido una locura, diciéndole él que la espera al día siguiente, protestando ella asegurándole que no es su dueño.

Unos días más tarde Giovanni acompaña a Cesira y a Rosa a la estación y las despide, pidiéndole Cesira que la vaya a ver algún domingo, algo que él dice, ya ha pensado.

Pero el tren, en el que viajan algunos soldados alemanes que van cantando, se para antes de llegar a su destino debido a que una bomba destrozó las vías, por lo que necesitarán al menos 5 horas para repararlas.

Cesira ve desde el tren el Monte Forcella, donde está Santa Eufemia, en la región de la Ciociara, por lo que deciden bajar e ir andando, asegurando que llegarán antes, preguntándoles a unos soldados alemanes para cuándo piensan que acabará la guerra, diciéndole estos, que piensan que para la Navidad, pareciéndole a ella demasiado, pues quedan aún 6 meses.

Cuando las ven con las maletas sobre sus cabezas, les aplauden todos desde el tren, incluidos los alemanes.

Deben parar a medio camino para alquilar una mula que las lleve hasta el pueblo, siendo recibidas por una mujer que les alquila una habitación y encarga a sus hijos que las lleven a la mañana siguiente a cambio de un dinero.

Mientras hablan llegan dos fascistas y los hijos de su casera salen corriendo, preguntando los dos fascistas por ellos y respondiéndole la mujer que están ya en Albania luchando, diciéndole los fascistas que sus hijos son unos desertores y si los detienen los fusilarán.

Cuando ven a Rosetta, uno de los fascistas se queda prendado de la muchacha y le propone a Cesira que les eche una mano en la cocina de la comandancia, pero ella, al ver que lo que quieren es a su hija coge una piedra y los amenaza, y aunque estos le aseguran que podrían detenerla finalmente desisten de hacerlo al ver que ella accede a tirar la piedra y no seguir.

Duermen allí, pero no pudiendo contar ya con los hijos de la mujer para poder trasladarse hasta su pueblo, por lo que se marchan de madrugada esperando poder encontrar a alguien que les pueda acercar.

Le preguntan a un hombre que va en bicicleta, pero este les dice que no puede ayudarles. Viendo mientras siguen caminando cómo unos minutos después un avión que van hacia Roma realiza un tiroteo que acaba con el hombre que iba en la bicicleta.

Acaban llegando a Santa Eufemia, viendo al llegar a un grupo de gente reunidos comiendo, reconociendo a varios antiguos paisanos como Paride y su mujer Luisa, diciéndole uno de los reunidos que están celebrando el aniversario de su matrimonio.

No quedan casas libres en el pueblo, pues hay muchos refugiados que huyen de la guerra, no quedándole ya familiares directos, pues su tía se fue a Nápoles con su hija, habiendo muerto ya Armando, por lo que le sugieren a Paride que la deje ir a su telar, pues no piensa ir a Roma ni a otro sitio, pues allí están a salvo de cualquier problema, que a ellos les de igual, pues, afirman, son iguales ingleses o alemanes, habiendo solo uno de los reunidos, Michele, que asegura que si ganan los alemanes se mata, preguntándole ella qué le hicieron los alemanes, y pidiéndole su padre que no hable de política, contándole este, Filippo, que él también es dueño de una tienda de comida en Fondi y le piden al músico que siga tocando para evitar escuchar a Michele, que insiste en sus teorías pese a todo y que se lamenta de estar allí refocilándose en el lodo mientras los demás mueren, asegurando que ellos son unos puercos, pero que al menos él lo reconoce.

El padre pide que le excusen, pues es un idealista, y cuando se marcha los demás siguen comiendo y cantando.

Por la noche cenan con Paride y su familia y escuchan aviones, saliendo todos a la calle para ver las bengalas que lanzan para poder ver los movimientos de tropas y que, pese a su fin, les parecen muy bonitas.

Mientras lo hacen, Michele se disculpa con ella por el discurso del mediodía.

Al día siguiente va a invitarla a dar un paseo por el monte, aunque al hacerlo ve desde la ventana cómo ayudaba a Rora a lavarse, sintiéndose la pequeña muy avergonzada, riéndose su madre de su vergüenza, diciéndole que deben tenerlo contento porque su padre tiene de todo para comer.

Pasean en efecto, diciéndole Michele que no debería ir a una escuela de monjas como hace, y se queja de que en Roma haya que tener dinero para tener facilidades.

Él le cuenta que quiso ser sacerdote, pero se dio cuenta de que no tenía vocación.

Le dice que los campesinos tienen la ventaja de que cuando la guerra acabe podrán comenzar todo de nuevo, pues son los que saben hacerlo, y en la ciudad tendrán que aprender a buscarse la vida.

Durante el paseo Cesira encuentra un trébol de cuatro hojas y se lo regala a Michele, y luego, tumbada sobre la hierba le dice que le gustaría estar en Roma, preguntándole a Michele si tiene novia, confesándole que nunca la ha tenido, asegurando ella no saber cómo puede vivir así, pues los demás hombres no pueden estar sin una, diciendo él que el hombre debe saber sacrificarse.

Ven que se acercan entonces dos hombres, los fascistas que vieron el día anterior, que le dicen a Michele que debe estar contento con lo que ha pasado, pues han detenido al Duce, sonriendo en efecto Michele al escucharlos, asegurando que entonces puede morir contento, mientras uno de los fascistas le apunta con un arma y le asegura que los alemanes lo arreglarán.

Michele se muestra muy contento al ver que huyen y que los italianos son libres de él.

Por la noche en casa todos hablan del suceso, juegan a las cartas y ríen, hasta que aparece Michele con dos hombres, que dice son ingleses que bajaron de un submarino y le pidieron ayuda para una misión, necesitando que los escondan durante unos días, aunque los demás, por miedo a que se enteren los alemanes se niegan.

Rosetta dice que les pueden dar un poco de pan, aceptando su madre llevarlos a su casa, donde les dan de cenar, contándoles los ingleses que cambiarán las cosas, pero que antes deben derrotar a los alemanes.

Ella saca el vino que le regaló Giovanni y brinda por él, aunque al escucharla Michele le pregunta quién es, pareciendo celoso.

Los soldados deciden salir a dormir al monte para evitar ser un peligro para ellos, dándoles las gracias por su ayuda.

Cuando se van los ingleses, Michele vuelve a preguntarle por Giovanni y si está enamorada de él, contándole ella que tiene mujer e hijos, aunque también que no es justo tener que aguantar hasta la muerte con alguien a quien no quieres y tener que acostarse con él cada noche.

Se va tras ello jugando con su hija, a la que carga sobre su espalda, a dormir.

Por la noche todos los habitantes del pueblo, que cada vez son más, por la llegada de nuevos refugiados, se reúnen alrededor de la hoguera y Michele les lee pasajes bíblicos.

Les interrumpe la llegada de Achille, que es quien les lleva las provisiones y el correo y que les cuenta que el desembarco fracasó por culpa de una mujer, pero que va en serio.

Una de las cartas es para Cesira, que lee en parte en voz alta interrumpiendo la lectura de Michele, contando que intentaron robar en su casa, pero que Giovanni se lo impidió.

Michele se enfada, pues nadie lo escuchaba y se marcha, saliendo Cesira, que se siente un poco culpable, tras él, que bajo la lluvia le confiesa que la quiere.

Ella dice que no piensa en eso, pues con su hija le basta.

Luego, ya en la cama, y mientras escucha unos aviones, le dice a Rosetta que deben volver a casa, pues allí ya no bombardean, mientras que ahora se acercan allí.

Rosetta le pregunta por qué no va ya Michele a su casa, pues cree que le gusta, diciéndole su madre que no puede salir con alguien más joven, pues siempre traen desgracias, y Michele tiene solo 25 años y además es un subversivo, que tiene buen corazón, pero no le gusta trabajar, aunque tampoco tiene vicios y por eso sería buen marido, pero para ella si tuviera algunos años más.

Al día siguiente, Michele le regala a Rosetta un pan, aunque evitando que les vea su padre, mientras todos los demás buscan en el campo algo para comer, quejándose porque los campesinos no les venden nada.

Cesira por su parte se dirige a un pastor para comprarle un queso.

Harta de pasar hambre, decide bajar a Fondi, decidiendo Michele acompañarla pese a las objeciones de ella, que le dice que corre un gran riesgo si lo ven los alemanes.

Por el camino se topan con un ruso desertor, que les dice que ese camino es seguro, pues ya no están los alemanes.

Una vez en Fondi le preguntan a una mujer dónde pueden comprar algo, y esta, que parece loca les cuenta que por no confesar dónde tenía las provisiones a los alemanes, estos mataron a su hijo, tras lo que saca su pecho y les ofrece la leche que ahora le sobra y que no tiene a quién dar.

Poco después ven a soldados alemanes, por lo que se refugian en casa de unos amigos de la familia de Michele, aunque este les advierte que hay en su casa un oficial alemán.

Les invita a comer, preguntándole el alemán a Michele qué hace, contándole que es licenciado en Filosofía, diciéndole el militar que no entiende a los italianos y las diferencias de clase, pues allí, ellos lo tienen todo y los campesinos nada.

Le dice luego a su anfitrión que no debe creerse que puede comprarlo con un banquete, pues él siempre dice la verdad.

Entretanto, la madre del abogado le cuenta a Cesira en la cocina que ese hombre va cada sábado. Cesira le pide permiso para llevarse la comida que les sobró para su hija, pidiéndole además azúcar y harina.

La mujer le pregunta si está con Michele, lo que ella niega.

Michele le dice al alemán que ellos llevan la guerra en la sangre, diciendo que los hombres la llevan, diciendo Michele que entonces prefiere castrarse y le recuerda además que han empezado a retirarse, diciéndole el alemán, ya borracho, que son aliados y que deberán pagar, incluso con la sangre de sus hijos, preguntando Cesira indignada qué tienen que ver los hijos.

Suena entonces la alarma antiaérea y bajan al refugio, aunque Cesira se retrasa por recoger toda la comida que había guardado y no llegan, debiendo tirarse al suelo mientras las bombas caen cerca.

Teniéndola a su lado Michele no puede evitar besarla, no rechazándole ella esta vez, mientras suena la alarma de fin del bombardeo de nuevo.

Unos días más tarde Michele se pasa para despedirse, pues dice, se va a las montañas y le promete mandarle un libro.

Pero entonces avisan que hay un grupo de soldados alemanes en la era, que han recalado allí huyendo de las fuerzas aliadas.

Toda la gente sale a las eras y observan a los alemanes, uno de los cuales les pide, amenazándolos con una pistola, que les den algo de comer y que alguien los acompañe para indicarles el camino más corto.

Les dan un pan y agua y le piden a Michele que los acompañe tras la negativa de otras personas. Se ofrece su padre a ir él, pero lo rechazan por viejo, diciendo él que no se preocupen, pues antes de anochecer estará de vuelta.

Al día siguiente, todos los refugiados se preparan para regresar a sus localidades al saber que llegaron los americanos, aunque los padres de Michele están preocupados ya que este no regresó, aunque todos le dicen que debe estar esperándoles abajo.

Mientras inician la marcha se topan con los americanos y sus tanques avanzando y lanzándoles caramelos, aunque la aparición de un avión alemán les obliga a tirarse al suelo hasta que lo derriban los americanos.

Viendo que todavía queda alguna resistencia de los alemanes, algunos prefieren esperar a que los americanos liberen las localidades, por lo que regresan a Santa Eufemia, pero otros prefieren seguir.

Cesira y Rosetta se quedan solas en su camino hacia Roma, llegando hasta un pueblo arrasado en cuya iglesia, prácticamente destrozada, entran para dormir un rato, si bien al poco de hacerlo son sorprendidas por un grupo de goumiers marroquíes.

Tratan de huir, pero son numerosos, y tras alcanzarlas, las violan sin piedad, y aunque Cesira muerde a uno, este golpea repetidamente su cabeza contra el suelo.

Cuando despierta, muy dolorida y atontada, va a ver a su hija, que está con los ojos abiertos y mira fijamente, pero como alocada.

Le pregunta si puede andar, haciéndolo la muchacha, aunque a duras penas, y una vez fuera Cesira para a un convoy americano a los que se queja de lo que sus aliados africanos le hicieron a su hija en una iglesia, asegurando que han destrozado para siempre a su hija, aunque ellos, sin hacer caso alguno continúan su marcha mientras ella llora en medio de la carretera desconsolada.

Rosetta baja hasta el río cercana, donde se lava, viendo desesperada Cesira cómo su hija parece un autómata y apenas habla pese a que ella trata de animarla y consolarla diciéndole que al día siguiente estarán en casa y que olvidará lo ocurrido.

Más tarde les recoge Florindo, un camionero, que, ajeno a su drama, no para de cantar, y que les cuenta que esa mañana los moros asolaron Valle Corsa.

Les propone pasar esa noche con su madre en su casa, y que no sigan hasta que pasen los americanos.

Les cuenta que además hay una fiesta para celebrar la victoria y podrán bailar, aunque Cesira pregunta quién piensa en bailar.

Florindo le pide a Rosetta que cante, consiguiéndolo, tras insistir que lo haga mientras su madre llora.

Por la noche Cesira se despierta viendo que Rosetta no está en la cama, por lo que sale afuera asustada gritando y temiendo que se marchara a Fondi para buscar a Michele.

Un hombre se ofrece a acompañarla a Fondi, aunque cuando cuenta que van a casa de Filippo, otro hombre les dice que mataron al hijo de este en Forcella, según contó alguien del pueblo que fue testigo de su asesinato a mano de los alemanes.

Otra mujer, la madre de Florindo le cuenta además que su hija no se ha ido a Fondi, sino al baile, con su hijo, quejándose ella de que la dejara ir sin decirle nada viendo que no es más que una niña, diciéndole la mujer que la chica fue porque quiso.

Cesira llora angustiada, diciendo que se ha echado a perder y se pregunta qué ha hecho mal, mientras la espera fuera durante un rato, aunque finalmente vuelve a entrar, llegando a adormilarse hasta que la despierta el ruido del camión de Florindo.

Le pregunta a su hija por qué no se lo dijo, diciendo ella que porque estaba dormida, no queriendo darle explicaciones de adónde se fue, mostrándole unas medias de nylon que le regaló Florindo, enfadándose su madre, que la abofetea y la azota, mientras le asegura que no se las pondrá, no pareciendo pese a la paliza que su hija reaccione.

Solo cuando su madre le cuenta la noticia del asesinato de Michele, Rosetta reacciona y rompe a llorar, recuperando finalmente sus sentimientos mientras abraza a su madre, que llora con ella.

Calificación: 3