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El bosque del lobo

España (1969) *

Duración: 87 Min.

Música: Antonio Pérez Olea

Fotografía: Aurelio G. Larraya

Guion: Pedro Olea, Juan Antonio Porto (Novela: Carlos Martínez-Barbeito)

Dirección: Pedro Olea

Intérpretes: José Luis López Vázquez (Benito Freire), Amparo Soler Leal (Pacucha), Antonio Casas (Don Gabriel), Nuria Torray (Avelina), John Steiner (Robert), Alfredo Mayo (Don Nicolás de Valcárcel), María Fernanda Ladrón de Guevara (Gabriela), Víctor Israel (Lameiro), María Sánchez Aroca (Riquitina).

Un cantor relata el caso de un buhonero de Galicia, Benito Freire, que vendía sus productos en las ferias y guiaba a la gente de un pueblo a otro.

Cuando era niño, fue con otros dos niños para ver, escondidos, el apareamiento de un caballo y una yegua, algo que a él no le hace gracia, de hecho se asusta, lo que hace que sus dos amigos, al verlo así, lo empujen, haciéndolo caer y descubriéndolo, lo que hace que lo abofetee uno de los dueños de los caballos, ya que en su caída provocó un pequeño incendio.

Sale luego corriendo y se lame su propia sangre.

Eso le marcará para siempre.

Ya de mayor, llega a un pueblo donde falleció un chico de 14 años el hijo de Vilario y Vigaira.

Los hombres del pueblo hacen una especie de corro en torno al féretro para ahuyentar los malos espíritus mientras la madre, la Vigaira se queja de que tuvo cuatro hijos y los cuatro se le murieron.

Durante el entierro, Benito se acerca a una joven, Avelina, para decirle que le lleva una carta de su tía, que vive en una casa de la montaña.

Les habla luego, durante la comida, de lo bien que se vive allí, y entrega la carta, que lee el cura, y en la que su tía la anima a ir con ella, pues trabaja en casa de un indiano que regresó rico de Cuba, aunque ella se lo piensa, pues es madre soltera y teme dejar sola a su hija, animándola el cura a irse dejando un tiempo a Teresa con la Vigaira.

Benito la acompañará y la guiará por el bosque, aunque una vez en lo más profundo del mismo parece sufrir un ataque y Avelina se asusta, pues parece que le falta el aire, abalanzándose sobre ella y estrangulándola, para luego morder su cuello.

Continua al día siguiente su camino hasta el siguiente pueblo, Vilouzas, donde trata de vender su mercancía aprovechando la fiesta.

Hace también trabajos como alcahuete, entregándole una carta a Doña Pacucha, diciéndole ella que por la noche tendrá la respuesta.

Se aloja en una posada llena de gente de todo pelaje. Prostitutas, un enano o un hombre sin piernas que bailan y se divierten.

Los deja para ir hasta la casa de Doña Pacucha, tal como quedaron, entregándole ella otra carta, y le pide a Benito que le diga a su pretendiente, Don Nicolás, cuando vaya a Astorga, que no le basta ya con sus cartas.

La sorprende su tío, el abad, que le dice que ese noviazgo no le conviene. Que cuando Nicolás estuvo allí se ganó fama de calavera y solo envía cartas y a escondidas.

Ella lo defiende, diciéndole que su padre estaba muy enfermo y tenía que cuidar de sus 11 hermanos, aunque su tío cree que no es normal que se esconda tras tantos años, no habiendo encontrado en tantos años ninguna oportunidad para ir a verla.

Cuando Benito regresa a la fonda ve a una de las prostitutas con el chal de Avelina y se enfada con ella, que le dice que no es para tanto, y que pensaba comprárselo, diciendo él que no estaba en venta, pensando ella que es de algún lío de los de él, que, para evitar más preguntas, acaba regalándoselo.

Por la noche, en el hostal, un grupo de hombres cuenta historias sobre hombres lobos, contando uno de ellos la de un hombre que por la noche cometía crímenes se ponía la piel de un lobo y por el día hacía vida normal, cometiendo sus asesinatos sobre todo con plenilunio.

Llega a la posada también Robert, un predicador inglés que se dedica a vender Biblias y que escucha las historias.

Como al día siguiente debe ir andando a hacer sus prédicas y vender sus Biblias, al estar su mula enferma, decide acompañar a Benito.

Le dice que le extrañó que no hablara de las historias de los hombres lobo la noche anterior, diciéndole que él cree que se trata de gente que padecen epilepsia, y lo demás son supersticiones debidas a la ignorancia.

Pero de pronto, y en medio del bosque, Benito empieza a sufrir uno de sus ataques.

El pastor se asusta al ver cómo se dirige, como poseído, hacia él, y huye, dejando caer su Biblia, frente a la cual Benito cae sin poder hacer nada, quedando en el suelo tirado bajo la lluvia hasta el día siguiente-

Llega finalmente a Astorga y pregunta a unos niños que juegan, por Don Nicolás, llamándolo los niños papá, diciendo que preguntan por él.

Benito le entrega la carta de Doña Pacucha.

Le pide además que le ayude para ser admitido en el hospital, pues tiene mucha fiebre.

Permanece unos días ingresado, viniendo a su mente durante la enfermedad recuerdos de su niñez, como cuando durante una procesión en que participaba como monaguillo se puso en ese mismo estado acabando por caer debido a su debilidad.

Cuando mejora de su estado y le dan la comunión, recibe la visita de Don Nicolás, que le entrega la respuesta para Pacucha a la que pide que le diga que está interesado en que la relación continúe como hasta ese momento aunque le gustaría que mejorase, entregándole una importante cantidad a Benito por sus servicios.

Ya repuesto, va a reponer género a casa de la suegra de Don Nicolás, aprovechando la espera para robarle una cajita de música, aunque al ir a guardarla se le cae y queda descubierto, llamándole ladrón la mujer de Don Nicolás, decidiendo excusarse diciendo que la cogió porque le prometió Don Nicolás que se la daría a cambio de entregar su carta, que les entrega antes de marcharse, dejando a las dos mujeres leyéndola.

Vuelve al pueblo de Avelina, y cuenta que está muy bien, aunque suspira por su hija Teresa.

Cuando llega, Mingo, un niño, le pide que le cuente sus historias, pues sueña con el mar y con ser capitán de barco, contándoselo Benito como si fuera lo mejor del mundo.

Por la noche tiene pesadillas y recuerda que cuando estuvo enfermo de niño escuchó a los hombres que venían del monte diciendo que habían cazado al lobisome, viendo, tras levantarse, cómo llevan en una carreta y dentro de una jaula, a un hombre.

Es San Cosme, y en el pueblo hay procesión, siendo Benito uno de los que lleva las andas con el santo.

Hay luego una comida popular al aire libre y tocan los gaiteros y preparan queimada, hablando luego del futuro de Teresa, que el sacerdote cree está con su madre, aunque la Vigaira cree que está mejor allí y que no está bien tampoco que haga un camino tan largo una niña tan joven con un hombre.

Una mujer mayor, la Riquitina, se ofrece entonces para acompañarla, creyéndolo el cura conveniente, pese a que, le dice a Benito, nadie duda de él.

Como sus alegaciones no son tenidas en cuenta, debe partir llevando a la niña, pero también a la anciana, a las que esa noche vigila mientras duermen, y cuando sale la luna se acerca a la pequeña, aunque entonces despierta Riquitina, que trata de ahuyentarlo con una rama ardiendo, que él le quita y que cae al lanzarla sobre Teresa, que empieza a arder mientras él acaba con la vieja, muriendo ambas.

Le despierta de pronto en el bosque Minguiños, que le dice que quiere ir con él, pidiéndole Benito que se marche, amenazando con abrirle la cabeza, haciendo que se marche, gritando mientras se va, que la Riquitina y Teresa fueron a por agua.

Para luego en casa de la Manciñeira, una curandera para recoger un remedio que le pidió la Vigaira, diciéndole la mujer que nota que no se cuida y que no toma el remedio que le mandó.

Minguiños regresa al pueblo y va a ver a Don Gabriel, que le regaña por lo que hizo sufrir a su madre, diciendo el niño que fue tras Benito porque quería ver el mar, pero que este le amenazó y le hizo regresar solo, aunque el cura no le cree, pues dice que Benito es muy buena persona y sería incapaz de amenazarle, contándole el niño que Benito estaba solo.

El niño le pide que le acompañe a su casa para que su padre no lo mate.

Benito vuelve a Vilouzas y le cuenta a Doña Pacucha que a Don Nicolás le domina la melancolía, pidiéndole ella que la lleve con él, sin que le importe lo que piense el señor abad, y que se irán esa misma noche, aprovechando que no está su tío.

Mientras ella se prepara para el viaje, Benito recoge comida en la cocina. Chorizos, una paletilla y un queso, espiándola tras la puerta mientras se cambia.

Acaba con ella al día siguiente en el lugar del bosque, donde acabó con otras víctimas

Se topa con la prostituta a la que le regaló el chal, que le cuenta que se lo vendió a un hombre de Varnide que se encaprichó con él pese a que ella le insistió en que era un recuerdo suyo, contándole que el hombre era Lameiro, el mandadero, un hombre tuerto.

Este, que estaba enamorado de Avelina, va con el chal a ver a un saludador.

Este observa manchas de sangre y echa las cartas sobre el mismo, diciéndole que ve sangre a su alrededor y le pregunta el nombre de ella, contándole que llevaba puesto el chal el día que salió y que iba con Benito Freire.

El hombre lo conoce y sabe que de niño tuvo una enfermedad y le pregunta si iba sano.

El sacristán de Vilouzas va a ver a Don Gabriel, para decirle que Don Cipriano, el abad, está postrado con asma por los disgustos y quiere que vaya a verlo, pues en Vilouzas todos hablan de que Doña Pacucha se marchó del pueblo de improviso hacia Astorga y que fue Freire quien se la llevó, negándose el cura a creer que Freire estuviera implicado en algo así, aunque el sacristán afirma que algunos le vieron salir y quieren saber qué camino pudo tomar Freire.

Don Gabriel dice que es imposible, pues Freire está yendo camino de Santander con dos vecinas de su parroquia y le pregunta si alguien lo vio acompañado de las dos mujeres.

Y, aunque se niega a creerlo, llama a Minguiños para que vuelva a contarle cómo encontró a Freire en el bosque dormido.

Este, camina ahora por el bosque con prisas, al saberse descubierto.

Don Gabriel, por su parte hacia el bosque, llevando una escopeta cargada.

Entretanto, Robert, el pastor protestante lee en el bosque, ya con su mulo, la Biblia, y ve a Benito, que, al verlo se aleja.

Don Gabriel llega al lugar donde le indicó el niño que encontró a Freire dormido. Y baja con su escopeta, escuchando un ruido, observando que se trata de Lameiro, que, al ver su actitud le dice que cree que andan tras lo mismo, mostrándole una prenda que encontró.

Ven tierra removida y enseguida encuentra sin mucho esfuerzo una cadena, la de Teresa, y llora, rezando por ella.

Le pregunta a Lameiro cómo pudo sospecharlo, mostrándole el chal de Avelina.

Enterados en el pueblo de lo ocurrido, los vecinos se reúnen y se disponen a salir para cazarlo.

Llega en ese momento Robert, que ve a todos reunidos y al párroco indicando que deben cazarlo sea como sea, adivinando que hablan de Benito.

Don Gabriel le recuerda que le dijo en varias ocasiones que no quería verlo en su parroquia, diciendo él que en esta ocasión puede serles útil.

Siguen la ruta marcada por el pastor mientras Benito trata de huir, viéndolo la curandera.

Deciden dividirse en grupos.

Benito continúa su camino, poniendo de pronto su pie en un cepo, por lo que queda atrapado, careciendo de fuerzas para quitárselo.

No puede moverse y escucha cada vez más cerca los ladridos de los perros que acompañan la partida de caza, dando con él, mostrándole Don Gabriel la medalla con la cruz de Teresa, que él besa, ordenando que le suelten el cepo.

Él les da las gracias y llora, mientras todos le rodean y con un cuerno avisan a los demás.

La partida de caza regresa al pueblo con Benito en un carro.

El romance de ciegos cuenta cómo Benito llegó rodeado de hombres, siendo Benito la pieza que la batida cobró y que fue culpado de 11 muertes, siendo condenado a muerte por la Audiencia Territorial de la Coruña.

Calificación: 3
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