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La herencia Ferramonti

L'eredità Ferramonti (1976) * Italia

          También conocida como:
                    - "La herencia de los Ferramonti" (Hispanoamérica)

Duración: 121 min.

Música: Ennio Morricone

Fotografía: Ennio Guarneri

Guion: Ugo Pirro, Sergio Bazzini, Roberto Bigazzi (Novela: Gaetano Carlo Chelli)

Dirección: Mauro Bolognini

Intérpretes: Dominique Sanda (Irene Carelli Ferramonti), Anthony Quinn (Gregorio Ferramonti), Fabio Testi (Mario Ferramonti), Luigi Proietti (Pippo Ferramonti), Adriana Asti (Teta Ferramonti Furlin), Paolo Bonacelli (Paolo Furlin), Rosella Rusconi (Flaviana Barbati), Harald Bromley (Andrea Barbati).

Roma, 1880.

Gregorio Ferramonti llega a su panadería y despide a sus trabajadores, pidiéndoles que si se encuentran en la calle no se dirijan a él.

Les dice tras ello a sus tres hijos a los que ha reunido, que se dispone a cerrar su horno tras 40 años, después de acabar con la harina, liquidando también a la familia.

Señala que los ha mantenido desde que nacieron sin que hayan hecho nada por él.

Le pregunta a Mario, que va de punta en blanco y que no se mancha de harina como su hermano Pippo, que ha trabajado con él, y que huele a perfume de puta, según su hermana, cuánto le ha robado ese día, pues lleva pagadas más de 10.000 liras por sus deudas para no verlo en la cárcel, por lo que considera que su herencia la ha tenido con creces y le pide que se marche, pues ya no es hijo suyo, mostrándole Mario antes de marcharse todo el dinero que ganó jugando en un solo día sin mancharse de harina ni engañar en el peso.

A Pippo le dice que no le ha robado un céntimo, pero por falta de valor, señalando este que nunca ha querido confiar en él, pues es el único que se le parece.

Dice que tiene apalabrada una tienda de ferretería, aunque su padre le dice que no tiene cabeza para los negocios, pese a que él asegura que triunfará, diciéndole su padre, tras entregarle 3.000 liras, que no recibirá nada más cuando él se muera.

Teta, su hija, acompañado de Paolo, su marido, le pide el doble, aunque su padre le echa en cara que se casara con un pelagatos, sin importarle que esté delante y le dice que ni un céntimo suyo acabará en el bolsillo de ese tipejo, asegurándole que desde que se casó con él se ha vuelto más venenosa y que nunca le mostró nunca cariño, asegurándole que si lo hubiera hecho todo habría sido diferente.

Ella le dice que le pondrán un pleito y le quitarán todo.

Pippo habla con los Carelli sobre la venta del negocio, aunque se resiste a hacerlo, ya que, indica, necesita que le enseñen el negocio, aunque la señora Carelli, indica, si lo venden, es porque no pueden ya atenderlo, bajando entonces su hija, Irene que lo escuchó todo, indicando que ella se ofrece para enseñarle el negocio durante varias horas por la mañana, aceptando él al escucharla, cerrar el trato.

Pero a pesar de la ayuda no se le da bien el negocio y reconoce ante Irene que sigue sin saber nada del negocio después de dos semanas, diciéndole ella que debe tener paciencia, quejándose él de que su padre lo desheredara, asegurando que lo matará.

Irene le hace ver que todos los suministros dependen del ministerio de obras públicas, donde trabaja su cuñado Paolo, aunque él dice que no quiere recurrir a él.

Irene le sugiere que vaya al puente, pues está segura de que con la lluvia se inundará y podrá vender palas y picos para desatascarlo, pero que ya no regresará, pues acordó ir a enseñarle durante dos semanas y ya pasaron estas.

Pippo decide entonces pedir su mano a sus padres.

El día de la boda le dice a Irene que está pensando en la cara que pondrán en su familia cuando se enteren, aunque entonces ella le dice que ha invitado a su familia, pues desea estar en paz con todos y acabar con sus rencores, diciéndole que ha entablado amistad con Teta, que es buena persona, y en la que ha encontrado a una hermana.

De hecho es la única de la familia que acude a la boda.

Por la noche, le dice a su esposa que está contento, pues nació con buena estrella.

Le cuenta también que se ha enterado de que su padre lo vendió todo para dejarles sin nada, aunque dice que no le importa, pues está seguro de que se harán ricos.

Comienzan a moverse en ambientes de gente con dinero, yendo al hipódromo con su cuñado que dice que si se aprueba el presupuesto para el dragado y los muros para el lecho del río habrá trabajo para todos, trabajando él en la oficina para la contrata de concesionarias, por lo que Irene habla con Teta y le pregunta si tendrían alguna oportunidad de hacerse con una de las contratas, prometiéndole que si se la conceden se repartirían las ganancias con ellos, diciéndole Teta que en cuanto sepa algo interesante se lo dirá.

En las carreras ven a Mario, que es amigo de algunos hombres de negocios, y sobre todo de Andrea Barbati, con cuya esposa, Flaviana, se acuesta mientras aquel trabaja.

Mario, gracias a Barbati pudo retirar sus acciones del banco antes de que estas bajaran, informándole él a cambio de que el gobierno aprobará la financiación para el Tíber y gracias a ello ganarán mucho, pues será un triunfo para el banco Itálico.

También Mario repara en Irene.

Comienzan en efecto las obras del Tíber, siendo Pippo uno de los concesionarios y reciben una felicitación por el cumplimiento de los plazos, aunque a Irene le parece que tienen pocas ganancias ya que deben compartirlas con su cuñado y su hermana.

Gregorio, dedicado ahora a prestar dinero, por lo que los niños del barrio le llaman usurero, se entera, a través de su criada de que Pippo y Teta se han hecho millonarios y se han mudado de casa y van a reuniones de jefes del gobierno, señalando Gregorio que prefieren lamer culos a trabajar.

Acuden en efecto, tanto Teta y su marido como Irene y Pippo a reuniones de gente adinerada y poderosa, presentándole en una de las fiestas a Flaviana Barbati, la amante de Mario, a la que Irene le dice que desea hablar con su cuñado para que haga las paces con sus hermanos, asegurándole Flaviana que ella se encargará.

Un día, al regresar a su casa, Gregorio sorprende allí a su nuera Irene, diciéndole la criada que va por allí todos los días para saber de él, que enfadado le grita que no está muerto todavía y que tendrá que esperar mucho tiempo.

Celebran finalmente una comida a la que acude Mario, saludándose los hermanos como si nada hubiera ocurrido.

El cuñado brinda sabiendo que el nombre de Pippo estará entre el de los principales proveedores del estado, para brindar luego por los Ferramonti, añadiendo Mario a Irene, por el mérito de haber reunido a los hermanos, y para sellar la nueva amistad les entrega tanto a Teta como a Irene 10.000 de las 100.000 liras que invirtió en acciones del banco itálico, para lo que solo invirtió 10.000 que le adelantó otro banco. Les da de ellas 10.000 a cada una, que subieron ya un 10%, por lo que si quisieran venderlas ganarían 1.000 liras, aunque les dice que subirán más.

Irene sigue a Gregorio por la ciudad hasta el banco, donde ve que saca una gran suma de dinero.

Un día Mario acude a casa de Pippo cuando sabe que Irene está sola. Le dice que vendió sus acciones y le da unas ganancias superiores a las previstas y le propone convertirse en socios y ser su banquero personal.

Le dice que no cree en su aire de mujer ingenua y tímida y que él está allí porque ella lo ha querido y quiere ser su aliado en todo y él sabrá convertirla en una mujer rica y respetable, aceptando ella el pacto y en señal de conformidad le entrega 1.000 liras y le dice que cada mes le dirá como va su inversión.

Mario le dice tras ello que su destino es acabar juntos y que no podrán estar juntos día a día como si fueran dos trozos de hielo y le pide un beso para sellar su pacto.

Ella le besa, aunque luego le pide que se vaya, pero vuelven a besarse, tras lo que ella sale corriendo hacia su dormitorio, adonde él la sigue, no poniendo ella ninguna resistencia.

Tras acostarse él asegura que no siente remordimientos y reconoce que se dice que no es hijo del viejo y por eso le pagaba sus deudas simulando que era su hijo predilecto.

Ella, por su parte, reconoce que desde niña soñó con ser rica.

Cuando llega a su casa, Gregorio Ferramonti encuentra a su nuera, que lo felicita por su cumpleaños y lo llama papá, llevándole un regalo, diciéndole que en un día como ese no debería estar solo, señalando él que es un día como cualquier otro, a lo que ella le responde que todo el mundo necesita afecto y que piensa mucho en él y le preocupa, a lo que Gregorio le pregunta si le preocupa él o el dinero, pues tiemblan con la sola idea de que se vuelva a casar, y le dice que sus mohines y carantoñas no le interesan.

Ella le ha preparado una mesa con mantel y flores y le sirve el mejor vino, diciéndole antes de marcharse que regresará para verlo en dos días a la misma hora.

En una salida al campo de todos los hermanos, ella les cuenta que su padre quiere volver a casarse y está preocupada, pues si se casa con una mujer más joven, podría todavía tener más hijos, por lo que piensan que deben buscarle una mujer que les convenga a ellos y le encomiendan dicha tarea a Irene, pues es la única con la que no se ha peleado, y ella les dice que les promete que harán las paces con su padre, aunque les pide libertad de acción.

Acude a verlo dos días más tarde, como le prometió, aunque se retrasa casi dos horas, encontrando al viejo esperándola impaciente.

Le regala una bufanda y le dice que se ha propuesto cambiarlo, recordando él que se ha casado con el idiota de su hijo y que si tiene la idea de volver a traer a sus hijos a su casa se equivoca, ante lo que ella parece ofenderse, diciéndole él que le gusta que vaya a su casa y se ocupe de él, y solo por eso se alegra de que se casara con Pippo.

Ella le dice que no puede hacerlo todo y necesita una esposa que le cuide, una idea que a él no le desagrada.

Mario la espera a la salida, asegurándole ella que conseguirá convencer a su padre para que lo vea.

Mario reconoce que solo piensa en ella, algo que nunca le había pasado, diciéndole Irene que deben disimular, y para ello es conveniente que siga siendo amante de Flaviana, y a pesar de la prevención de Irene acaban haciendo el amor en la parte baja de la casa del padre.

Al volver a su casa encuentra a Pippo borracho en la escalera, pues se le olvidaron las llaves, preguntándole él si estuvo con su padre, lo que ella le confirma.

Mario va a ver a su cuñado Paolo que le dice que no quiere seguir siendo funcionario y quiere presentarse a las elecciones, para lo que le pide que le ayude con Barbati.

Paolo se muestra preocupado, pues él y Teta tenían una candidata para casarse con su padre, pero Irene no les apoya y temen que trate de beneficiar a Pippo.

Este, ahora casi siempre borracho no recibió las contratas que Paolo le prometió debido a su apatía.

Paolo habla con Mario y le dice que habló con Flaviana y le dio la impresión de que sentía celos de Irene, con la que, todos saben que se ven mucho, diciendo Mario que lo hace para tratar de ayudar a Pippo porque su negocio está disminuyendo, pidiéndole Paolo que procure evitar que la gente murmure sobre Irene y él.

Irene encuentra a Pippo en la tienda, recordándole este que desde el sábado no la ve, diciéndole ella que su padre le pidió que se quedase a dormir en su casa, tras lo que le echa en cara que vuelva a casa borracho y que es el hazmerreír del barrio, pues ni se preocupó en conseguir las contratas y sus deudas no paran de crecer, habiéndolas pagado gracias a su hermano y le dice que está harta y que debe cambiar.

Pippo le pide que se vaya, y le dice que no quiere saber nada del dinero, pues ya no siente nada por ella, yendo tras la discusión a casa de Mario, compungida.

Le cuenta que todo va mal, pues su padre mandó decir que ya no quiere verla, pensando él que es una intriga de Teta, que es una víbora, capaz incluso de haber ido a hablar con el viejo, pues ella y Paolo sospechan de ellos.

Ella le dice que convendría que dejaran de verse para hacer las paces con Pippo, pero él dice que le será imposible, insistiéndole ella en que es preciso.

Mario le dice que todo iba tan bien y se estropeó, pues él iba a verla cada noche y su padre lo sabía y estaba contento pese a que nunca quiso recibirlo.

Y cuando están a punto de hacer el amor oyen cómo se abre la puerta, comprobando que se trata de Flaviana, que le dice, va a devolverle las llaves.

Y, aunque Irene se esconde, ella dice que sabe quién está en su cama y le dice en alto que debería saber quiénes son los Ferramonti y que lo siente por ella.

Tras ello va al bar donde está Pippo, bebido, a buscarlo, y trata de llevarlo a casa, aunque él dice que mejor van a casa de su padre para que vea en qué lo ha convertido su nuera, y reconoce que lo está volviendo loco.

Después de algún tiempo, ella vuelve a ver a su suegro, comprobando que le ha preparado en su casa una habitación primorosamente decorada, para ella.

Ella se ríe al verla. Le explica que se ríe de sí misma, pues desde que él le dijo que no podía ir a su casa estuvo dándole vueltas a la cabeza y pensando en qué podía haberlo ofendido.

Gregorio le dice que ha pensado mucho en ella, que le dijo quería hacer otro hombre de él, y dice que va por el buen camino, diciéndole ella que es feliz.

Antes de cenar Gregorio se queda traspuesto, y cuando ella le despierta, se queja él de un brazo y ella le quita la camisa y le da un masaje, no pudiendo él evitar besarla en el cuello, aunque de inmediato se siente avergonzado, diciéndole ella que no debe temer ser cariñoso como un padre, y que ella no se avergüenza de que la quiera.

Teta ha calculado todo lo que su padre tiene y piensa que es mucho dinero y teme que Irene consiga que ese dinero vaya a Pippo.

Irene ahora se queda a dormir en casa de su suegro, que la anima a salir de fiesta, pues es carnaval, diciendo ella que debería acompañarle él, aunque el viejo le dice que la acompañe Mario, que si sabe bailar.

Sale en efecto con su cuñado, con un elegante vestido, siendo sorprendidos antes de salir por Pippo, muy borracho de nuevo, mientras se besan, diciéndole Mario que fue idea de su padre acompañarla al baile de máscaras, diciéndoles Pippo que lo acepta todo y quiere que se divierta.

Los cuñados salen en efecto de fiesta, aunque antes de ir al baile ella va a ver a Gregorio para que la vea con su traje, diciéndole que no está contenta y solo al lado de él se siente segura, pues hay mucha maldad a su alrededor, preguntando él qué hará sin ella, tras encontrar la felicidad poco antes de morirse, tras lo que le muestra su caja fuerte, que guarda tras un cuadro y donde además de mucho dinero, hay una carta, que le dice, le concierne, pues es su testamento en el que le deja todo a ella, que simula sentirse abrumada y le dice que debe recordar que tiene tres hijos.

Gregorio le pide que a cambio disfrute de ese dinero y haga todo lo que no ha hecho él, enviándola tras ello a bailar, pues no quiere verla triste.

Teta y Paolo están en la fiesta, al igual que los Barbati, estando seguros de que Mario e Irene irán, viéndolos en efecto poco después llegar, criticándola muchos de los asistentes al ver lo sexy que es su vestido, no yendo con su marido.

En la fiesta baila y se divierte mientras lanzan sobre ellos confeti, aunque Mario no parece tan feliz viéndola divertirse y bailar con otros hombres, reprochándole de hecho que no le reservara el primer baile, diciéndole ella que es un día especial para ella.

Teta la lleva a un cuarto y le dice que está volviéndolos locos a todos y la llama puta, pues le prometió que harían las paces con su padre, algo que no ha cumplido, a lo que Irene le responde que ya no quiere ayudarles, preguntándole Teta si quiere repartirse la herencia con Mario, con Pippo o con los dos, y le dice que le dirá a su padre que se ha liado con Mario para engañarlos y quedarse con la herencia.

Pero Irene le asegura que su padre no la creerá, aunque Teta le dice que tiene pruebas de que es la amante de Mario y acabará en la cárcel y le pide que se olvide de la herencia Ferramonti.

Mario le asegura que no le importa ni la herencia ni su padre, pero Irene le dice que no renuncia a ella y sabe cómo conseguirla.

Mario le dice que no quiere compartirla, pero Irene le confiesa que no le quiere y que se casó con su hermano por el dinero de su padre y que los reunió a todos para engañarlos mejor y le habría gustado encontrar algún obstáculo que estimulara su amor propio, pero que ellos no saben ni odiar y que si él le hubiera hecho una milésima parte de lo que ella le ha hecho a él lo habría destruido.

Él reconoce que debería odiarla, pero no es capaz, tras lo que se despide de ella.

En su casa, Gregorio bebe una copa tras otra y se dice a sí mismo que es idiota.

Irene lo consuela y se abraza a él diciéndole que solo está bien allí y le pregunta él si quiere que celebren el carnaval allí.

Le muestra una carta que dejaron poco antes en su puerta y le pide que la lea, a lo que ella se niega, leyéndola el propio Gregorio y viendo que en ella le dicen que Irene está liada con Mario mientras Pippo bebe para no enterarse y que Mario se quedó sin un dinero y le piden que no se fíe de Irene si no quiere su ruina, pues solo quiere su dinero.

Gregorio le pregunta si es cierto que estuvo con Mario. Ella llora y le dice que no quiere volverlo a ver. Que se irá y no regresará, aunque él le pide que no lo haga, pues se ha pasado la vida ahorrando y ha sacado solo sinsabores y acabará todo en mano de los curas, los pobres y las monjas.

Ella dice que eso sería un consuelo, pues nunca dio importancia al dinero, sino a las personas y los sentimientos, asegurándole que para ella solo cuenta él.

Gregorio le confiesa entonces que ha intentado verla como una hija, pero que la desea desde la primera vez que fue a su casa, descubriendo ella sus pechos y abrazándolo.

Pippo vaga entretanto por las calles entre los restos de la fiesta y destroza un puesto callejero, lo que le supone ser golpeado por un grupo de personas.

En casa, tras acostarse con Irene, Gregorio se ríe de sí mismo pensando en los años que ha desperdiciado, queriendo ahora disfrutar de los minutos que le quedan, diciéndole Irene que le queda toda una vida para disfrutar.

Le cuenta que soñó que abría la puerta y veía a sus tres hijos sentados e inmóviles y cubiertos de hielo viéndose también cubierto de hielo.

Cuando Irene se despierta tras acostarse con Gregorio se da cuenta de que ha muerto.

Busca la llave de la caja fuerte en el bolsillo del fallecido y coge el testamento.

Mientras velan al cadáver, Paolo señala que deben ser fuertes y ocuparse de sus intereses, asegurando que se pondrá de inmediato en marcha.

Dice que Gregorio no dejó ningún testamento y que si actúan rápidamente se ahorrarán los impuestos de sucesión sobre el capital depositado en el banco, 2.358.000 liras, más la casa de Trastevere, títulos, etc., que arreglarán después.

Irene le dice que está muy bien informado, pero ignora que su padre le dejó a ella todo, mostrándole la carta que dejó de su puño y letra.

Mario le dice que sabía que era lista, pero que se ha superado a sí misma, aunque, le asegura, sus maquinaciones no le servirán.

Irene va al cuarto que el viejo hizo para ella en su casa y Mario entra tras ella y le dice que ya no quiere nada de ella y que su error fue quererla, pero que ella no ha aprendido nada de él, ni de qué sirve el dinero, pues le augura que se volverá cada vez más avariciosa y debería matarla, aunque en cambio le hará el regalo más bonito que le hayan hecho en su vida, escuchando ella, que estaba de espaldas, un disparo, observando que Mario se ha suicidado, ante lo que ella grita llamándolo cobarde, entrando Paolo y Teta, asegurándole el primero que ese muerto la perseguirá toda la vida y nadie la creerá en los tribunales, alejándose Irene llorando mientras Teta le dice que lo pagará.

Pippo besa a su padre y le pide que lo ha conseguido y que se vaya al infierno.

Algún tiempo más tarde el juicio tuvo lugar, asegurando Irene que los cazadores de escándalos acabaron saciados y que nadie tuvo palabras para defenderla.

Denunciada como una criatura monstruosa, todos pensaban que había envenenado al viejo Ferramonti y solo los Furlin sabían que Mario se había suicidado, por lo que esperaba verse arrestada, no comprendiendo cómo los Furlin evitaron esa catástrofe. Ella, asegura, lo habría hecho en su lugar.

La sentencia, que se leyó el 5 de diciembre de 1885 declaraba nulo el documento por el que se convertía en heredera.

Para entonces Pippo había muerto en un manicomio proclamando su amor por ella y se declararon herederos universales el diputado Furlin y su mujer Teta.

Calificación: 3