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Las inocentes
Las inocentes

Les innocentes (2016) * Francia / Polonia

          También conocida como:
                    - "Cordero de Dios" (México)

Duración: 115 min.

Música: Grégoire Hetzel

Fotografía: Caroline Champetier

Guion: Sabrina B. Karine, Alice Vial, Anne Fontaine, Pascal Bonitzer (Idea original: Philippe Maynial)

Dirección: Anne Fontaine

Intérpretes: Lou de Laâge (Mathilde Beaulieu), Agata Buzek (Hermana Maria), Agata Kulesza (Abadesa Jadwiga Oledzka), Vincent Macaigne (Samuel Lehman), Thomas Coumans (Gaspard), Joanna Kulig (Hermana Irena), Katarzyna D?browska (Hermana Anna), Eliza Rycembel (Hermana Teresa), Anna Próchniak (Hermana Zofia), Helena Sujecka (Hermana Ludwika).

Un grupo de monjas realiza sus cantos mientras escucha unos gritos en un convento cercano a Varsovia en diciembre de 1945.

Tras ellos una de las monjas sale cuando nadie la ve y atraviesa el bosque nevado hasta llegar a la población, donde ve a unos niños que juegan con una lata, y a los que les pide que la lleven ante un médico que no sea polaco ni ruso, llevándola los niños hasta un hospital de la Cruz Roja francesa que trata a los soldados franceses heridos en la frontera entre Alemania y Polonia, si bien dentro nadie parece poder atenderla.

Allí se dirige a una joven doctora, Mathilde Beaulieu, a la que trata de explicarle que una mujer va a morir, respondiéndole la doctora que allí hay solo médicos franceses y que debe acudir a la Cruz Roja polaca.

Mientras fuma un pitillo tras una operación, Mathilde observa por la ventana cómo la monja a la que expulsó antes está fuera arrodillada en medio de la nieve implorando ayuda, por lo que la acompaña hasta el convento.

Una vez en este escucha unos gritos desgarradores, llevándola la novicia hasta un cuarto donde dos religiosas atienden a una mujer embarazada.

La que parece superior, y que luego le dirán es la Abadesa envía a la monja que fue a buscarla a su celda en castigo por haber infringido las normas.

La Abadesa le explica que la embarazada es una mujer a la que la comunidad acogió en secreto al haber sido repudiada por su familia, asegurándoles que mantendrá el secreto profesional, observando al examinarla que el bebé viene mal y que tendrá que operar, debiendo hacerlo a la luz de un débil quinqué, tras lograr superar el pudor de la embarazada, hasta lograr sacar al bebé.

Terminada la operación le dice a la hermana Maria que volverá al día siguiente con la penicilina para comprobar que no haya complicaciones, aunque la religiosa le dice que no es preciso, diciéndole ella que si le pasa algo a la mujer o a su hijo será responsabilidad suya, diciéndole la hermana que regrese a la hora de los laudes, que estarán todas las demás en el oficio.

Debido a la agitación de la noche y a que debido a esta no pudo dormir, al día siguiente está tan cansada que es incapaz de ayudar en el hospital, pretextando insomnio, por lo que Samuel, el otro doctor la envía a descansar, durmiendo el resto de la mañana.

La Abadesa regañan a la monja que salió a buscar ayuda y dice que su vida ya no les pertenece y ha infringido una de sus normas fundamentales, la obediencia y la encierran durante ocho días en su celda con voto de silencio.

Mientras realizan los cantos ce laudes sale en efecto la hermana Maria, tal como prometió a la doctora, que puede así atender a la parturienta, aunque como no le permite ver la cicatriz les deja algo para que la lave un par de veces al día, no pudiendo tampoco ver al niño, que le dicen ya no está allí, pues se lo llevaron a una tía de la parturienta, la hermana Zofia.

Cuando van a salir deben ocultarse para que no la vean el resto de las monjas, aunque una de ellas, la hermana Ana se queda rezagada y cae al suelo, corriendo la médica a auxiliarla y comprobando entonces que está también está embarazada.

La superiora le explica que sufrieron la persecución de los alemanes y luego de los rusos que se quedaron durante días, preguntando ella cuántas hermanas están en ese estado, diciéndole que 7 contando a Zofia, diciéndoles que les enviará una matrona de la cruz roja polaca, diciéndole las religiosas que si hace eso cerrarán el convento y las hermanas quedarán públicamente expuestas y sufrirán el escarnio público.

Ella señala que tendrá que escribir un informe a su superior cuando la Abadesa le dice que nadie entrará en su convento.

Finalmente la abadesa acepta la ayuda, pero con la condición de que sea ella la que las atienda, no aceptando a ninguna otra persona.

Por la noche Mathilde sale a bailar y bebe con el doctor Samuel, que le dice que es raro una mujer que no habla, diciendo ella que su padre no soportaba que hablara mucho.

Le dice que su familia es comunista y que cuando lo dejó todo para ir allí se sintieron abandonados, y que esa noche ha hablado solo debido al vodka.

Samuel por su parte le dice que venía de una familia burguesa donde eran médicos o abogados y que era un orgullo para sus padres, hasta que acabaron con ellos en el campo de concentración de Bergen-Belsen. En el 40 él se fue a Londres sin pasar por la zona libre y eso le salvó.

Le reprocha que es muy seria y la saca de nuevo a bailar, acompañándola luego hasta su casa, donde trata de besarla y ella le dice que no le apetece y que además es demasiado viejo, ante lo que él se enfada diciendo que es feo, pero no viejo, diciéndole ella que no es feo, tras lo que lo besa, subiéndole él las escaleras cargado con ella.

Tras acostarse hablan, afirmando Samuel no soportar a los polacos que han tenido lo que se merecían tanto con los rusos como con los alemanes, y que los únicos polacos que quería estaban en el gueto de Varsovia y de ellos no queda ninguno.

En el convento una de las monjas le confiesa a la superiora que no ha logrado recuperar la fe que tenía antes de aquel incidente y no entiende cómo Dios ha querido que pasara eso cuando ella se consideraba su esposa divina y que no sabe qué quiere Dios que haga con esa vida, señalando la superiora que su único consuelo es rezar.

La hermana Maria consuela a la hermana Zofia, que ya se siente mejor, diciéndole que su tía recibió al niño como un regalo divino y que lo querrá tanto como si fuera suyo, pidiéndole que asuma esa dura prueba que le ayudará a consolidar su fe.

La Abadesa habla con todas las religiosas para advertirles que recibirán la ayuda de una doctora francesa, diciéndoles a las novicias que en dos meses realizarán la ceremonia de los votos ya dos veces retrasada.

Tras ello las que están embarazadas acuden a ser examinadas por la doctora, aunque solo entra una de las novicias, pues la siguiente no se deja tocar afirmando que no quiere ir al infierno.

La hermana Maria debe explicarle que pese a lo ocurrido deben seguir honrando su voto de castidad y no pueden mostrar su cuerpo ni dejarse tocar, señalando la doctora que debe ayudarla diciéndole cómo actuar, ya que ella se ha arriesgado por ellas yendo hasta allí, por lo que les pide que pongan a Dios entre paréntesis, señalándole la hermana Maria que no pueden hacerlo, y cuando sale para llamar a la siguiente ve que se fueron todas.

Se marcha frustrada de regreso al hospital cuando se topa con un control del ejército ruso, no sirviéndole el decir que es una doctora francesa, viendo cómo la acosan y la intentan violar, salvándola la llegada de un oficial que le permite marcharse.

Regresa al convento asustada y llorando, dejándole una cama para que descanse allí.

Al día siguiente acude al canto de laudes, empezando a escuchar mientras lo hacen gritos, observando que han regresado los soldados rusos que indican tienen información de que allí esconden enemigos, por lo que van a revisar el convento.

Sale entonces la doctora que les dice que el convento está en cuarentena por tifus, preguntando los rusos por qué no avisaron a las autoridades, advirtiendo antes de marcharse, ante el temor a infectarse que avisarán a sus superiores.

La superiora le da las gracias por mostrar tanta entereza, aunque ella misma se retira diciendo que está cansada, contándole la hermana Maria que ella también fue violada y que no le dejará que la examine.

La propia hermana Maria comienza entonces a llorar, diciéndole que por más que reza no se alivia su dolor y revive cada día lo ocurrido, contándole que los rusos fueron tres veces y que cada una de ellas las violaron, siendo un milagro que no las mataran, aunque reconoce que ella no salió tan mal parada debido a que antes de entrar en la congregación ya había conocido varón, pero que la mayoría eran vírgenes, a pesar de lo cual ninguna perdió la fe.

Cuando se va a marchar las monjas salen corriendo a despedirla y la abrazan dándole las gracias y pidiéndole que no las abandone, pues piensan que Dios la envió.

Vuelve feliz al hospital tras ello, pero al llegar el coronel le regaña diciéndole que debe respetar la disciplina de grupo y que debería arrestarla o devolverla a Francia, y que tuvo suerte de que los rusos no la fusilaran, habiendo además inmovilizado un vehículo de la Cruz Roja durante todo un día, pidiéndole que redacte un informe.

Samuel cree que estuvo en una reunión de su partido y le pide que se esmere con su informe, pues no quiere que la devuelvan a Francia

Esa noche regresa al convento, esta vez en bicicleta, contándole a la hermana Maria que no podrá volver de día, pues está bajo vigilancia.

Vuelve a atender a la novicia que vio el primer día y la que menos impedimentos le pone, y que habla también francés, la cual le cuenta que ha perdido la fe y que, como no tiene familia, cuando dé a luz irá a buscar a su novio, aunque no puede decirlo, un soldado ruso que la protegió de los otros e impidió que las mataran.

La llaman para que atienda a la abadesa, que finalmente permite que la examine la doctora, que le dice que puede tener sífilis, aunque ella dice no necesitar sus cuidados.

La hermana Maria le cuenta que el nuevo régimen no está de su parte y tienen miedo, preguntándole si ella no tiene miedo.

Mathilde le dice que no. Que trabajó como camillera durante la liberación de París antes de terminar sus estudios, contándole que sí, que en ocasiones se ha llegado a orinar encima, pero que la compensa el poder ayudar a salvar vidas.

Mientras disfrutan de un rato de esparcimiento y escuchan cómo una de las hermanas toca el órgano aparece la hermana Zofia, que mientras estaba en su cuarto recuperándose escuchó el grito en una celda contigua, encontrándose allí a una novicia que acaba de dar a luz, ignorando todas que estuviera embarazada, pensando la doctora que es probable que ni ella misma lo supiera, temiendo que pueda haber otras que tengan el mismo problema.

La doctora le pide a la hermana Maria que no le diga nada a la abadesa, señalando la monja que suele llevar ella misma a los bebés a la familia de adopción, insistiendo ella en que se salte el deber de obediencia, pues deben cuidar al bebé y alimentarlo, llevando a la niña a la hermana Zofia para que la amamante, puesto que Ludwica, su madre no desea hacerlo.

Como se manchó de sangre debe prestarle la hermana Maria su ropa de cuando entró al convento, reconociendo que le costó hacerse a la disciplina y a la castidad, pero que a pesar de todo, y en general es feliz, preguntándole a la doctora qué le falta a ella, aunque dice que no sabe responder a eso.

En el hospital el coronel les informa de que a finales de ese mes acaba su misión y muchos volverán a Francia y otros al sector francés de Berlín, puesto que terminaron su misión y se recuperaron ya todos los heridos.

Sale a beber tras ello con Samuel, que dice lamentar que a final de mes sus caminos se separen, señalando ella que se escribirán.

Ella rompe a llorar, y él se sorprende, pues nunca la vio hacerlo, aclarándole ella que no lo hace por pena de no volver a verlo, y no contándole nada, ante lo que él decide dejarla sola con sus secretos yendo a bailar con otra mujer.

Al día siguiente, y mientras realizas sus tareas dos de las embarazadas rompen aguas, por lo que llaman a Mathilde al hospital.

Esta le pide ayuda a Samuel y acude con él al convento, aunque la hermana Maria parece contrariada al verlo, y más aún la abadesa, a la que el propio Samuel le dice que sí, que es judío, y que aunque le extrañe aún quedan algunos, pero que su misión es la de ayudar, indicando Mathilde que pueden confiar en él, que guardará el secreto, y que aunque no esté bautizado ni vaya a ir al cielo podrá ayudarles.

Atiende cada uno de ellos a una de las parturientas, debiendo parar cada cierto tiempo mientras rezan el Angelus.

Atiende también a la niña de la hermana Ludwika, a la que cuida la hermana Zofia, que dice que la llamará Helena, y que encuentra muy bien, aunque la hermana Maria le dice luego a la doctora que irá a llevar a la niña al día siguiente a la familia de la hermana Ludwika, y luego le contará todo a la abadesa.

Pero no será así. El lloro de la niña es escuchado por la abadesa que aparece en la celda, pidiéndole a la hermana Maria que acuda a su despacho.

Allí la hermana Maria le pide que no castigue a Ludwika, que apenas es consciente de haber dado a luz, diciéndole la abadesa que el problema es que le ha mentido por culpa de la francesa que ha llevado al convento el escándalo y el desorden.

Sale poco después ella misma con el bebé en una canastilla mientras la hermana Zofia la ve salir desde la cocina y decide salir tras ella, corriendo por el bosque nevado, aunque le pierde la pista, no logrando encontrarla.

La abadesa avanza por el bosque con la criatura en una cesta hasta una cruz, frente a la que la deja abandonada tras rezar unas oraciones y bautizarla.

Zofia vuelve al convento llorando compungida y le cuenta a la hermana Maria que salió a buscar a la niña, pero que no la encontró y le pide que le ayude, pues asegura que Helena va a morir, aunque la hermana Maria trata de calmarla y la lleva a su celda.

En la capilla la abadesa reza pidiendo que no le falten las fuerzas para poder seguir llevando esa cruz mientras los médicos atienden a las dos nuevas criaturas nacidas.

Escuchan entonces un grito desgarrador.

La hermana Maria corre hasta el lugar del que viene, viendo en el patio a la hermana Zofia sobre el suelo tras suicidarse mientras otra novicia la abraza y llora.

También salen los médicos, que nada pueden hacer ya, y la propia abadesa.

De vuelta al hospital Samuel trata de consolar a Mathilde, que no puede dejar de llorar, halagándola y diciéndole que conoce a personas más cualificadas que ella que no habrían sido capaces de hacer lo que ella consiguió.

La hermana Maria sale del convento y va hasta la población para informar a la familia de la hermana Sofía de su muerte, llevándole unos patucos que hizo para el bebé, preguntándole la tía para qué bebé, ya que sus hijos son mayores.

Comprende que la hermana abadesa no les contó la verdad

De regreso al convento le pregunta a la abadesa qué hizo con el bebé, diciéndole esta que lo confió a la providencia divina y cree que alguien los acogió en su seno, negándose a dar más explicaciones.

Otra de las religiosas, Irena, se pone de parto, naciendo el bebé antes de que puedan llamar a Mathilde.

Esta se encuentra viendo cómo terminan de recogerlo todo para su marcha, haciendo luego una fiesta de despedida, compitiendo entre Mathilde y Samuel a ver quién olvidará antes al otro.

Comienza a bailar con el coronel cuando aparecen en el hospital la hermana Maria con la hermana Anna, llevando con ellas a todos los bebés y pidiéndoles ayuda.

Preparan unas camas improvisadas para las religiosas y los bebés y dejan que se queden a dormir allí esa noche.

La hermana Anna le dice entonces a la hermana Maria que ha encontrado respuesta a las dudas que le torturaban. Dice que es madre y es lo que desea y espera que Dios la guie, diciéndole a la hermana que no olvidará lo que ha hecho por ella.

Aparece entonces Mathilde que les dice que ha tenido una idea.

Mientras comen en el refectorio el resto de las religiosas irrumpen la hermana Maria y la doctora junto a todos los niños huérfanos que rondaban el hospital y a los que socorrían los franceses, y los bebés.

Mathilde habla para ellas y les explica que la media docena de niños que llevan viven en la calle y no tienen familia, pensando que ellas podrían acogerlos evitando que nadie pudiera plantearse que los otros son suyos, pudiendo pasar también por niños abandonados, entregando los dos bebés a cada una de sus dos madres.

La monja de mayor edad dice entonces que la madre superiora ya encontró familia a todos los bebés, ante lo que la hermana Maria le pide que diga la verdad, diciendo la abadesa que quiso salvar a las embarazadas evitándoles la vergüenza y la deshonra y que su perdición fue querer salvarlas.

Una de las monjas la llama asesina mientras se retira.

Dan de comer a los niños y comienzan a pensar en el futuro, pudiendo las madres quedarse con los suyos.

Ahora sí, acabada su misión, regresa, encontrando por el camino a la hermana Irina, a la que recoge.

Mathilde le pregunta por su hijo, diciendo que ellas lo cuidarán bien, pues ella no habría sabido hacerlo y quiere olvidarse de lo ocurrido y vivir.

Tres meses después se celebra una fiesta en el convento a la que acuden los familiares de las religiosas, correteando los niños felices por el convento.

Una de las monjas va a ver a la superiora, que está en cama y le pregunta si hay algo que pueda hacer por ella, no recibiendo respuesta.

Algún tiempo después Mathilde recibe una foto en la que salen todas las monjas con los bebés y en la que le cuentan que las nubes negras desaparecieron y ella vive en sus corazones.

Habrá otros peligros, y les será muy difícil seguir en contacto, pero aseguran que podrán afrontarlos diciéndole la hermana Maria que está segura de que dios la envió y le desea que él la acompañe en las adversidades.

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