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Las verdes praderas
Las verdes praderas

España (1979) *

Duración: 100 min.

Música: Ludwig Van Beethoven

Fotografía: Fernando Arribas

Guión: José Luis Garci, José María González Sinde

Dirección: José Luis Garci

Intérpretes: Alfredo Landa (José Rebolledo), María Casanova (Conchi), Carlos Larrañaga (Ricardo), Ángel Picazo (Don Enrique), Irene Gutiérrez Caba (Suegra), Pedro Díez del Corral (Alberto), Cecilia Roth (Matilde), Enrique Vivó (Gervasio), Jesús Enguita, Norma Aleandro (Fidela).

Un grupo de directivos de la empresa Seguros la Confianza contempla el nuevo anuncio de su empresa, quejándose Don Enrique, el jefe, de que, como siempre, se sigan asociando los seguros con la muerte, dándole la razón, como siempre, Ricardo, al que otro de los directivos, José Rebolledo llama "Doña Perfecta", y que ante el jefe alaba a este por su capacidad para conectar con la gente vulgar.

Antes de despedirse, Don Enrique les recuerda que ese fin de semana van a celebrar el cumpleaños de Fidela, su mujer, invitándolos a acudir al mismo, excepto a Morencos, el único que no tiene un chalet en la Urbanización Monte Parque, a la que todos saldrán tras dicha sesión, recordándole Ricardo a Rebolledo que le ha puesto a él como excusa del último de sus ligues, debiendo respaldarle y decir que ha estado en Barcelona.

Antes de marcharse, Gervasio, el conserje le pide a Rebolledo que le ayude a colocar a su hijo en la empresa, prometiéndole este tratar de colocarlo como becario.

Durante el viaje con Conchi, su mujer, y sus dos hijos, Jose le deja caer a esta su deseo de ir al fútbol a ver el Real Madrid - Atlético, advirtiéndole su mujer que puede hacerlo si quiere, pero que luego debe ir a buscarlos, pues ella o conduce de noche en caravana, y no está dispuesta a volver en autobús.

Tras aguantar la caravana de salida, llegan finalmente al idílico chalet de la sierra, cargados, debiendo prepararlo todo para disfrutar del fin de semana, para, cuando por fin se sienta, tener que salir a buscar una bombona de butano mientras escucha a Conchi quejarse de la invasión de hormigas.

En el bar del pueblo se reencuentra con Ricardo, que está ya jugando a las cartas con los del pueblo, no pudiendo él quedarse ya que tiene que llevar la bombona, debiendo además colocar un retrato del padre de Conchi, un comandante que falleció debido a la cirrosis y al que odia.

Por la noche se dispone a hacer el amor con su mujer, pero esta le dice que tiene el periodo y no pueden, por lo que se dispone a leer cuando Conchi le pide que apague la luz para evitar que entren los mosquitos, pidiéndole un poco más tarde que deje de fumar en la cama, pues teme que le queme las sábanas.

SÁBADO

Tras arreglar la bicicleta de su hijo, lo que no se le da demasiado bien porque él no la tuvo de pequeño, se pone su chándal para ir a jugar al tenis con Ricardo, aunque enseguida Conchi le hace cambiar de opinión, pues cree que debe esperar a su madre, que siempre se queja de que no está cuando los visita, debiendo acompañarlas además a ella y a su hermana Matilde a ver chalets por la zona para esta y para su novio Alberto.

Su suegra halaga a Ricardo, ignorando a su yerno al llegar, diciéndole posteriormente a su hija que no entiende cómo se casó con un hombre tan vulgar y mayor que ella.

Pese a todo será a él a quien recurra, ya que Alberto lo sustituyó yendo a jugar con Ricardo al tenis, sin importarle lo más mínimo el chalet que supuestamente iban a ver, para que la lleve a ver a una amiga.

Entretanto Matilde se sincera con su hermana, a la que le asegura que tiene mucha suerte con Jose, pues Alberto es tonto, confesándole que está embarazada de él, pero que no está dispuesta a cargar con un tonto solo porque la dejó embarazada.

Tras ello Jose prepara su paella dominguera, sin poder disfrutar de su deseado gin tonic, al haber acabado con la ginebra entre su suegra y su cuñado, para luego jugar a las cartas en familia, aunque está tan cansado que se tiene que ir a dormir la siesta.

Le despierta Conchi para decirle que Alberto perdió las llaves de su Mercedes - el de su padre, que aquel no usa porque siempre lleva coche oficial - debiendo llevar él por ello a su suegra y a su cuñada de vuelta a Madrid.

Cuando regresa, esperando pasar una gran velada con su mujer, con la que olvidar el resto del día, para lo que ha comprado una buena cena, se encuentra con que se le había olvidado el cumpleaños de la mujer de Don Enrique, lo que terminará por acabar con cualquier expectativa de mejorar su día, debiendo renunciar definitivamente al partido del día siguiente.

La fiesta acaba siendo tan aburrida y tan mala como parecía, acabando además por romper el tapete de billar de su jefe por tratar de obedecerle cuando estaban a punto de ganar.

De nuevo en su casa y ya en la cama reacciona enfadado sabiendo que no podrá arreglarlo ni haciendo el amor, ni leyendo ni fumando, aunque, ya calmado, recuerda que cuando era niño iba con su padre de excursión a los 7 Picos, y veían un chalet donde observaban con envidia a su dueño leyendo el periódico en la puerta, pensando que algún día él sería ese hombre, sintiendo que ahora puede ser él ese hombre, pero que nada es igual a lo que entonces se imaginaba.

DOMINGO

El que esperaban fuera un día tranquilo tras el desastroso sábado no empieza como esperaban, ya que les despierta pronto una decena de cláxons que le requieren para que les acompañe como defensa central en el partido de fútbol que han de jugar los de la primera fase de Monte Parque contra los nuevos.

Su jefe, que jugará como portero, les indica la estrategia a seguir, pidiéndole a Jose que marque a su sobrino, un gigantón con pocas luces, con el que se cruzará siguiendo las instrucciones de Don Enrique, para acabar torciéndose el tobillo.

Pese a ello trata de arreglar la cortadora de césped, a la que, según "Doña Perfecta", le falta una bujía.

Mientras trata de arreglarla recibe la visita de Ricardo, y de Don Enrique y su sobrino, que se disculpa por su entrada, y que le informan del triunfo en el fútbol, gracias a un gol de Don Enrique, que Ricardo se encarga de alabar, antes de que su jefe les recuerde que espera que tengan preparados su informe para el lunes por la mañana.

Tratando de ayudarle con la cortadora de césped, Ricardo hace que la cortadora salga andando, estropeándose así sus cuchillas.

Debe tras ello ponerse manos a la obra y realizar el informe que debe presentar al día siguiente, aunque antes sus hijos le preguntan a qué jugaba él de pequeño, recordando con gran cariño el juego de las chapas, y el del parchís y la oca, recordando que cuando él era pequeño ir a la sierra les llevaba mucho tiempo, aunque debe reconocer, que casi el mismo que ahora con los atascos.

Mientras realiza su informe se queda dormido, despertándolo Conchi, con la información de que su equipo ganó.

Antes de regresar a Madrid sale a pasear con Conchi por un pinar cercano, momento en que se sincera con ella, mostrando su frustración por las elecciones hechas a lo largo de su vida, pensando que trabajó de botones y estudió económicas esperando llegar a tener una vida maravillosa algún día, y ahora que llegó la vida que esperaba ha descubierto que esta, no le gusta, viéndose a sí mismo pasando cada fin de semana y cada puente y las vacaciones en el chalet arreglando la calefacción, cortando el césped o limpiando la piscina… la piscina que algún día está seguro que harán, ya que aun no la tienen, pensando que se ha pasado la vida haciendo las cosas que le han empujado a hacer, pensando que algún día se morirá con cara de gilipollas al ver que ha trabajado para Seat, Philips, Zanussi, El Corte Inglés o la Confianza.

Conchi le dice que tampoco a ella le gusta todo eso de ir de Madrid al chalet y del chalet a Madrid, viéndolo siempre cansado, y que ella también ha renunciado a muchas cosas, y que le sobran también el coche, el chalet y el friegaplatos.

Le habla de un amigo suyo al que le dio un infarto. Recuerda que empezaron juntos de botones y que su amigo tenía muy claro que quería ser director comercial y lo consiguió, aunque cuando lo vio un mes antes de morirse él le dijo que una vez que lo consiguió se dio cuenta de que no le gustaba, y que se pasaba las noches sin dormir, confesándole que se había equivocado, y él también piensa que se ha equivocado y que no quiere morirse como su amigo.

Tras esa confesión se preparan para regresar a Madrid, aprovechando Conchi mientras recogen para rociar de gasolina la casa justo antes de lanzarse hacia la caravana de cada fin de semana.

Observan entonces los niños cómo sale humo de su casa sin que Conchi ni se inmute, comprendiendo entonces él que ha sido ella quien lo provocó, diciéndole que el domingo siguiente lo pasarán en su casa jugando a la oca.

Observan entonces una gran explosión en el garaje, haciéndoles muy feliz, ya que saben que se trata del Mercedes de Alberto.

Calificación: 2