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Libertarias
Libertarias

España /Italia / Bélgica (1996) *

Duración: 124 min.

Música: José Nieto

Fotografía: José Luis Alcaine, Juan Amorós

Guión: Antonio Rabinad, Vicente Aranda (Historia: José Luis Guarner, Vicente Aranda)

Dirección: Vicente Aranda

Intérpretes: Ana Belén (Pilar), Victoria Abril (Floren), Ariadna Gil (María), Blanca Apilánez (Aura), Laura Mañá (Concha), Loles León (Charo), Jorge Sanz (Trafach hijo), José Sancho (Trafach padre), Joan Crosas (Boina), Antonio Dechent (Faneca), Miguel Bosé (Cura), Paco Bas (Miliciano), Greg Charles (Reportero extranjero), Claudia Gravy (Madame), Héctor Colomé (Durruti), Paco Maestre (Obispo).

El 18 de julio de 1936 el ejército se sublevó contra el gobierno de la República, si bien en Madrid y Barcelona, consiguieron derrotarlo el día 19 por el pueblo.

El día 20 las masas reclaman el estado revolucionario, siendo el gobierno incapaz de controlar la situación.

En esos días un camión cargado de anarquistas cruza las calles, inundadas de fervor revolucionario, mientras otros anarquistas asaltan iglesias y conventos.

En uno de ellos la madre superiora reparte bolsas con dinero entre las monjas para que puedan huir a reunirse con sus familias, calificando la madre superiora a una de ellas, la joven Sor María, como la más inocente y la más alejada de su casa.

Mientras hablan una monja avisa de la llegada de los revolucionarios, debiendo salir todas a la carrera antes de que quemen su convento, viéndose algunas de ellas atrapadas entre algunos de los grupos que las obligan a ir con ellas a ver cómo queman la catedral.

Al verlo, Sor María, asustada, se oculta en un portal y llama a una puerta en la que tienen una chapa con la imagen del Sagrado Corazón pidiendo amparo, siendo acogida allí, sin saber que bajo esa casta imagen, que una mujer quita poco después, se oculta un prostíbulo, diciéndole la Madame que ha tenido mucha suerte y que ha caído en buenas manos.

La ocultan en una habitación, en la que poco después meten a un Obispo, al que la madame le pide que se desnude tras un biombo.

Entre tanto las prostitutas comentan que en el palacio episcopal los milicianos encontraron 16 millones de pesetas, cuando llaman a la puerta, descubriendo que no se trata de clientes, sino de un grupo de milicianas armadas que obligan a que reúnan a las chicas, dándoles Concha, una de ellas una charla en la que les cuenta que pertenecen a la organización "Mujeres Libres" que las arenga hablándoles del amor libre y diciéndoles que ellas son unas esclavas sexuales a las que van a liberar.

Mientras ella habla otra miliciana, Aura recorre las habitaciones del prostíbulo hasta llegar a la habitación donde está María, encontrando a esta en la cama con el obispo, que simula estar fornicando y al que Aura obliga a marcharse.

El discurso de Concha no parece hacer mella en las prostitutas, por lo que debe hablar Pilar, que es mucho más directa y les dice que si quieren seguir toda su vida prostituyéndose, haciendo que se unan varias de ellas a la revolución, tras lo cual se las llevan a todas, incluida a María, que le cuentan que es monja y a la que Pilar califica como prisionera del clero, clausurando finalmente el prostíbulo.

Esa noche se quema en la plaza mayor de la ciudad todos los símbolos religiosos incautados, llegando hasta allí las milicianas con las prostitutas a tiempo para escuchar a Durruti que afirma, que tras haber conseguido liberar Barcelona se disponen a partir hacia Zaragoza.

Pilar consigue que les den un salvoconducto para que puedan salir ellas y las prostitutas al día siguiente en tren a Barcelona, debiendo pasar esa noche en el convento de la Encarnación, que no quemaron para que pudieran utilizarlo las mujeres, sintiéndose las prostitutas muy raras en aquel lugar.

María compartirá cuarto con la que dirige el grupo, Pilar, a la que le cuenta que su familia vive en Zaragoza.

Cuando despierta al día siguiente Pilar se encuentra a María ya levantada, y le quita el sombrero que se puso en el prostíbulo, poniéndole un pañuelo rojo y negro en la cabeza, despidiéndose de ella y diciéndole que se verán en Barcelona, pues Pilar parte ese mismo día.

Y mientras Concha alecciona a las prostitutas en sus ideales y trata de convencerlas para que se organicen y creen un comité Pilar se dispone a partir a Barcelona con su moto, viendo entonces cómo María corre asustada hacia ella, diciéndole a Aura, que iba a acompañarla, que se quede con las demás, llevando a María con él.

Antes de entrar en la ciudad deben pasar un control, examinando lo que llevan en el sidecar, que son mendrugos de pan, siendo testigo María, mientras las inspeccionan del asesinato del obispo que estuvo con ella en el prostíbulo, del que los milicianos se burlan poniéndole una mitra de papel en la cabeza.

Cuando llegan a Barcelona observan que en la ciudad se respira por todas partes un ambiente revolucionario, dirigiéndose Pilar y María hasta una librería, llevando entre los mendrugos un fusil que le entregan a Floren la encargada de la librería, que se unirá a ellas.

Pilar ayuda a bañarse a María en el patio, y por la noche, antes de irse a dormir recibe la visita de Floren, que le dice que Jesús es el primer anarquista de la historia y que Dios es una mujer, asegurando que ella cree en Jesús, pero no en los curas, entregándole tras ello unos libros para que aprenda, diciéndole que el obispo al que mataron no hizo nada por la gente que pasa hambre, y por dejar morir a los niños pobres, asegurándole que los obispos engordan y no protestan de nada.

Pilar y María vuelven a reunirse con las milicianas y con las prostitutas, que están ya en Barcelona, yendo hasta la sede de Mujeres Libres, donde le dicen a Pilar que la han propuesto para secretaria de la comisión de propaganda, lo que ella rechaza, pues lo que quiere es ir al frente.

Acuden tras ello a una charla donde la ponente habla del valor de las mujeres en la retaguardia, ante lo que Concha, y luego Pilar se rebelan, pues piensan que ellas también deben luchar en el frente como uno más y no limitarse al papel tradicional de las mujeres, asegurando que no quieren que la revolución se la hagan ellos, pues si luchan también podrán exigir su parte prefiriendo morir como hombres a vivir como criadas.

Las columnas parten hacia Zaragoza, mientras son vitoreados por la gente que canta himnos revolucionarios.

Durruti es entrevistado por un periodista extranjero y le preguntan si se considera a las órdenes del gobierno, señalando este que lo prioritario es derrotar al fascismo, aunque son conscientes de que el gobierno puede recurrir tras ello a los militares para destruir el movimiento obrero, señalando que, al contrario que los bolcheviques, que tienen la estructura del ejército clásico, en su columna no hay jefes ni subordinados, pues todos son soldados y no temen a nada, pues aunque haya un montón de ruinas, fueron los obreros los que levantaron los palacios, y pueden empezar de cero de nuevo.

Un hombre, secretario de Durruti, al que ellas llaman el Cura, les pide que entreguen sus armas, pues pueden prestar sus servicios de forma eficaz sin necesidad de ellas, a lo que ellas alegan que no quieren dedicarse a fregar los platos de los milicianos y que quieren ir al frente como uno más de ellos, siendo enviados a Pina, que es una zona más tranquila.

Una vez en el frente deben colaborar en la creación de trincheras, pero también preparando las comidas, convirtiéndose una calabaza en una pelota con la que juegan y ríen felices hasta que son atacados y deben ocultarse en las trincheras, saliendo María, pese al intenso tiroteo a recoger el caldero con el cocido que habían tenido que abandonar, estando a punto de ser alcanzadas ella y Floren, que sale a ayudarla.

María, que también consigue que los campesinos les den comida, le cuenta al cocinero que lo consigue gracias a unas palabras de Kropotkin.

El secretario les lleva chaquetones de cuero para que los repartan entre los diferentes destacamentos, para los encargados de las guardias nocturnas, fijándose de nuevo en María, a la que le ayuda a cargar con ellos para poder hablar con ella, dándose cuenta Floren de que se han gustado, por lo que previene a María de que sigue siendo un cura y no se fía de él, contándole que lo salvó Durruti cuando estaban a punto de fusilarlo, y desde entonces trabaja como secretario de este.

En las trincheras la falta de acción les hace desesperarse, por lo que de cuando en cuando cogen un megáfono y tratan de convencer a los nacionales para que se pasen a su bando, aunque sin ningún éxito, viendo María, cómo sus palabras, que entre los campesinos son bien acogidas, no tienen el mismo éxito con los soldados que se burlan de ella.

Un día Floren, que parece poseída, comienza a hablar con voz de hombre, estando todos muy asustados al verla, diciendo que es Mateo Morral, y comenzando hablar de la revolución metiéndose con Durruti, haciéndola salir de su trance Floren con un pescozón.

Otro día, el secretario ve a María en el pueblo y la sigue hasta la iglesia, convertida en almacén, a donde la enviaron para buscar una caja de caudales.

Al verlo allí, ella le pide confesión, negando él ya ser cura y recomendándole que cumpla con lo que le manden, no aceptando que ella le llama padre, pues le dice que ya no es sacerdote, y cuando ella se pone a rezar en voz alta él trata de callarla con un beso, tras lo que le dice que dé gracias a la revolución, porque si no nunca la habrían besado.

Hartos de la inactividad, el grupo decide ponerse en marcha llenando la caja de caudales de explosivos y saliendo con ella de noche hacia las trincheras enemigas, quedándose en las trincheras tan solo cinco personas, según Floren, los deshechos, una puta, Charo, una monja, María, un chorizo recién liberado, Faneca, un chupatintas y una coja.

Durante la espera Charo deja que haga el amor con ella Faneca, que está de vigilancia, aunque con su pasividad y falta de entusiasmo hace que este lo deje, ya que ella no hace más que repetir que alguno morirá, pues lo nota en el cuerpo.

Sus compañeros se acercan al campo enemigo con su carga explosiva.

Los que se quedaron observan el momento en que, al día siguiente los nacionales descubren una bandera republicana junto a su trinchera, saliendo dos de los soldados a quitarla, momento en que explota la caja de caudales, saliendo los demás soldados a mirar, momento que aprovechan los milicianos para disparar contra ellos.

Farfach hijo avanza y lanza una granada, lo que permite que mientras tanto avancen los suyos, consiguiendo gracias a su acción tomar la posición enemiga, consiguiendo así su ametralladora.

Poco después observan a los nacionales alejándose en sus barcas, momento que aprovecha María para acercarse al río, tratando de que la lleven con ellos a Zaragoza.

Gracias a sus acciones toman San Román, que pasa a manos libertarias

Pero les avisan entonces de que un grupo de oficiales se ha hecho fuerte en el molino de aceite, avanzando Farfach con la tanqueta respaldado por sus camaradas, lanzándose intrépidamente contra el cañón de esto, muriendo por ello.

María, que finalmente no se unió a los fascistas camina por las calles del pueblo repletas de cadáveres, viendo entre ellos el de Farfach, corriendo a abrazar a Pilar cuando la ve.

Todos los libertarios acuden al entierro de su insigne camarada, llegando también el Cura que se dirige a María, a la que le dice que le contaron que rechazó su gran oportunidad de ir a Zaragoza mientras coge su mano y le propone que se case con él, aunque ella lo rechaza.

Farfach hijo toma la pistola de su padre asegurando que se la dará a su madre para que mate con ella a un fascista antes de gritar a favor de la revolución.

Un periodista extranjero les pregunta a las milicianas si confraternizan con sus compañeros varones, respondiendo la mayoría que no pese a que postulan el amor libre.

Llega entonces Farfach clamando porque la muerte de su padre no ha servido para nada, pues Durruti piensa que San Román no era estratégico, por lo que les piden que regresen a sus posiciones previas, habiendo llegado órdenes para que queden encuadrados en un ejército regular, lo que ellos no pueden aceptar de buen grado.

Por la noche todos están borrachos excepto María, diciéndole Pilar al Cura que debe convertir a esta en una mujer, mientras ella se lleva al periodista extranjero, aunque cuando se ve sola, María tiene miedo y corre desvalida tras Pilar, que debe renunciar al periodista para irse con ella, renunciando para ello al inglés, que decide probar con Floren, que le asegura que por dentro es como un volcán.

Acuden a una asamblea en la que les dicen que la militarización parece inevitable, afirmando Durruti que está dispuesto a todo por conseguir la victoria, aunque ello le suponga imponer disciplina militar a los milicianos.

Un ginecólogo realiza análisis de orina y examina a las mujeres, comentando Durruti que de 10 milicianas examinadas 5 tenían gonorrea y 3 estaban embarazadas, considerando más peligrosa su presencia en las trincheras que las balas enemigas, ordenando que envíen a todas las mujeres de vuelta a Barcelona, y encargando dicha tarea al secretario.

El grupo de Farfach lo espera expectante sabiendo la orden que les lleva de retirar a las mujeres de la primera línea, negándose Farfach y los demás hombres a obedecer dichas órdenes pese a que él les dice que la asociación de Mujeres Libres puso en marcha un servicio de lavado y planchado al que pueden apuntarse si no desean regresar a Barcelona.

Farfach le pide al secretario que se marche, no aceptando su propuesta ninguna de las mujeres, ni siquiera María.

Las cosas siguen por tanto igual en ese grupo, en el que un día Faneca y Farfach se dedican a disparar contra un teniente nacional que les reta a matarlo, sin que, por más que disparan contra él logren acertar, llegando entonces Floren que les pide que le dejen probar, consiguiendo acertarle en un ojo pese a que dispara con los ojos cerrados.

Durante uno de sus descansos, y mientras terminan de preparar la comida, Charo lee la carta que le enviaron sus antiguas compañeras, que ejercen la prostitución en Barcelona para aliviara a los miliciano, aunque ahora sin una madame, organizadas mediante un comité, tal como les explicó Concha.

Siguen discutiendo la orden de abandonar el frente que ninguna está dispuesta a obedecer, no siendo conscientes de que los Regulares van avanzando y los rodean.

Llega entonces Faneca cargando con un cordero que desea que cocinen y que está dispuesto a sacrificar, lo que María no está dispuesta a ver, escondiéndose para evitar verlo y tapándose los oídos para no escuchar sus lamentos, oyendo entonces disparos.

Asustada ve desde la ventana cómo degüellan a Charo, habiendo un moro cogido a Floren, que, aunque se resiste acaba muriendo apuñalada para horror de María, que corre a auxiliarla llorando y empezando a rezar, hasta que de pronto otro de los moros la coge por el pelo y comienza a violarla, siendo interrumpido por la llegada de un oficial, que impide que sigan haciéndolo, y que al ver sus medallas de la Virgen del Pilar ordena que averigüen quién es esa mujer, la única en el grupo que no iba vestida de miliciana.

San Román es tomado de nuevo por los nacionales, clavando una cruz de madera en el lugar donde antes estaba la de piedra derribada por los milicianos, yendo un sacerdote a hablar con María enterado de que lleva las medallas, aunque ella es incapaz de hablar y solo llora, decidiendo llevarla por ello detenida.

En la celda donde la encierran escucha cómo una mujer pide un médico para que vaya a ver a una de las milicianas que se está desangrando.

Al oírlo, María se acerca, observando que la miliciana es Pilar, que está agonizando, viendo cómo María la acaricia mientras llora y le pide que no se muera y que no la deje, viendo cómo Pilar y con ella sus sueños de libertad mueren en sus brazos.

Calificación: 3