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Muchos hijos, un mono y un castillo

España (2017) *

Duración: 90 min.

Música: Nacho Mastretta

Fotografía: Gustavo Salmerón

Guion: Gustavo Salmerón, Beatriz Montáñez y Raúl de Torres

Dirección: Gustavo Salmerón

Intérpretes: Julita Salmerón, Antonio García Cabanes, Ramón García Salmerón, Paloma García Salmerón, David García Salmerón, Ignacio García Salmerón, Julia García Salmerón, Gustavo Salmerón.

Julita Salmerón reflexiona desde su cama en qué le gustaría que hicieran con ella cuando muriera, señalando que la opción que menos le agrada es la del enterramiento, porque si grita no podrán oírla, no gustándole tampoco estar en un nicho, donde apenas tiene espacio para moverse, por lo que menos le asusta en la incineración, aunque pide que antes de hacerlo le claven una aguja de hacer punto en el culo y si no chilla está muerta y podrán incinerarla.

Gustavo le dice que no sabe cómo empezar el documental, preocupándole, pues va a ser su primer largometraje.

Ella le sugiere que comienzo diciéndole que es la historia de una recién casada que tenía tres deseos: tener muchos hijos, tener un mono y un castillo.

Después de tener 6 hijos consiguió tener su mono y ya solo le faltaba el castillo, algo muy difícil de conseguir, ya que señala, eran una familia media. Ella tenía un jardín de infancia y su marido una fábrica.

Pero de pronto se volvieron ricos. Heredaron a la muerte del abuelo y decidió conseguir lo que le faltaba, el castillo.

En él tenía una cama digna de una reina. El castillo tenía todos los aditamentos de este, como cristaleras, armaduras, estatuas, tapices…

Julita heredó el nombre de su abuela. A ella no le gustaba nada su nombre, aunque señala que luego con el tiempo pasó a ser un nombre bonito.

Julita sabe que en algún sitio de la casa deben encontrarse varias vértebras de su abuela, y deciden buscarlas entre la enorme cantidad de cajas que guardan en la casa.

Julita recuerda que cuando recogieron los huesos de su abuela y de su sobrina, que fueron fusiladas durante la guerra y permanecieron cubiertas por piedras al lado del río durante años, su abuelo compró una fosa para enterrarlas, aunque decidió quedarse con dos vértebras como recuerdo.

Cuando empiezan a revisarlo todo empiezan a sacar cosas que algunos de los hijos piensan que deben tirarse, aunque Julita no quiere tirar nada, incluidos algunos regalos sin abrir.

Julita cuenta que una vez, desayunando en el Corte Inglés encontró una muela en el café, por lo que llamó al camarero y discutió con él, hasta que de pronto se dio cuenta de que había sido ella la que lo echó en el café, pues había guardado los dientes de leche de sus hijos en botes de sacarina, y en vez de sacarina echó la muela, por lo que al darse la cuenta se marchó de la cafetería sin pagar.

Entre las cosas que guardan encuentran las urnas con las cenizas de sus padres que guarda en una caja, abriendo la de su padre y dándose algo de ceniza en los ojos y en sus piernas para ver si mejoran.

Julita guarda también decenas de cintas musicales, muchas de ellas con canciones de Navidad, ya que le encantan las fiestas, señalando que ella pone el Belén el 1 de diciembre y lo quita en septiembre, duchando a las figuras en verano para que no pasen calor.

Recuerda ante sus hijos que estaba enamorada de José Antonio Primo de Rivera, pero durante un viaje a Cuenca les cuenta que alguna vez soñó que hacía croquetas con su cuerpo.

Julita recuerda que en su familia eran falangistas porque los rojos mataron a su abuela.

En su casa, Julita tiene una habitación repleta de muñecas, mostrando además los 125 vestidos hechos por ella.

Julita, que nació en 1935, cuenta que estuvo a punto de hacerse monja hasta que encontró a su marido, siendo desde entonces muy feliz.

Julita y Antonio, su marido, duermen ahora ya separados, teniendo ella un tenedor alargable que utiliza para pinchar desde su cama a su marido para ver que no se ha muerto, pues a veces comienza a respirar mal y la asusta.

Visitan también la antigua fábrica de Antonio, ahora convertida en un trastero en el que todos van dejando las cosas que ya no necesitan y a la que va cada hermano para buscar algo si lo necesita.

Julita no desea tirar nada porque cree que con cada cosa que se tira se pierde una pequeña parte de la vida.

Cuenta que perdió un hijo y entonces decidió comprar el mono, Óscar, que le hizo mucha ilusión, pero con el tiempo se volvió agresivo y tuvieron que regalarlo.

En los mejores tiempos, antes de la crisis celebraron por todo lo grande en el castillo la boda de una de sus hijas.

Pero llegó la crisis y el sueño se acabó. Ahora tienen 7 millones de Euros de deuda por lo que les aconsejan que entreguen las llaves al banco antes de que les embarguen, debiendo antes de entregarlo recogerlo todo, decidiendo recoger cajas de la basura para no tener que comprarlas.

Pero tienen tantas cosas en el castillo que calculan que necesitarían 6 camiones para llevarse todo lo que tienen.

Es un momento triste y para Julita y Antonio es muy duro dejar el castillo que cuidaron y revalorizaron y donde fueron felices 14 años, señalando Antonio que no quiere ver el castillo vacío.

Julita está entregada a su familia y dice que le gustaría ser cariñosa, pero no le sale hacerlo y piensa también que debería ser más comprensiva con su marido y ser mejor, aunque afirma que no lo es.

Deciden hacer una última comida en el castillo, haciendo una paella que comen afuera.

Con el traslado de cosas acaban con la casa y con la fábrica llena de trastos.

Y a los pocos días les llaman porque robaron en la fábrica, faltando muchas cosas del castillo, como cuadros, estatuas y armaduras y todo lo que encontraron de valor.

Julita insiste en que quiere morirse cuanto antes para no ver más desgracias, pues no le gustaría ver la muerte de su marido o los problemas de sus hijos.

Viendo un libro de San Juan de la Cruz recuerda que lo leía cada día, pero ahora señala que ha ido perdiendo la fe, pues no cree que sea posible que Jesucristo sea Dios, concluyendo que ella debe ser masona.

Les dice a todos que cuando se muera quiere que en el tanatorio le pongan un traje de monja, que le pongan Noche de Paz y que le pinchen con la aguja de tejer, buscando una entre todos sus trastos, teniendo muchas, aunque no encuentra la más fina.

La familia decide hacer una representación de su muerte, vistiéndola de monja y poniendo Noche de paz y la pinchan, quejándose de que le han hecho daño de verdad.

Finalmente aparecen las vértebras de la abuela, en una caja metálica de un producto contra la diarrea.

Gustavo propone enterrar los huesos, pues dice que escuchó que si no se entierran dan mala suerte y causan la ruina, aunque finalmente hacen como con el resto de las cosas, lo vuelven a guardar, aunque ahora con un cartel para saber dónde están.

De nuevo en la cama, Gustavo le pide una última reflexión, diciendo que ve que se le acerca el día de la muerte porque se está haciendo vieja y quiere divertirse.

Calificación: 2