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Nazarín

México (1958) *

Duración: 94 Min.

Música: Rodolfo Halffter

Fotografía: Gabriel Figueroa

Guion: Luis Buñuel, Julio Alejandro (Novela: Benito Pérez Galdós)

Dirección: Luis Buñuel

Intérpretes: Francisco Rabal (Nazarín), Marga López (Beatriz), Rita Macedo (Ándara), Ignacio López Tarso (Buen Ladrón), Ofelia Guilmain (Chanfa), Jesús Fernández (Ujo), Noé Murayama (Pinto), Rosenda Monteros (La Prieta), Ada Carrasco (Josefa), Edmundo Barbero (Don Ángel), Luis Aceves Castañeda (Parricida), Antonio Bravo (Arquitecto), Aurora Molina (Camella).

Fuera del Mesón de los Héroes se reúne un variado grupo de personas, vendedores ambulantes, prostitutas discutiendo, un hombre que esquila a un asno, y un ingeniero que supervisa la instalación de la electricidad del barrio.

La propietaria del mesón, la señora Chanfa le indica al ingeniero que alaba las bondades y el progreso que la luz llevará, que si no tienen ni para velas, cómo van a poder pagar la electricidad.

La llama entonces desde su habitación el padre Nazario, que se queja porque le robaron toda lo que había conseguido en la misa, la comida y la ropa de su baúl, dejándole solo la sotana y eso porque la llevaba puesta.

Por ello solo podrá comer, si ella le da algo, aunque si se lo niega, ayunará.

Le dice que está convencido de que quien le robó fue la Chona, que entró a limpiarle.

Les escucha una de las prostitutas, que se lo cuenta a Ándara, otra compañera que es prima de la Chona.

Suben ambas enfadadas insultando al cura por haber acusado a la prima de Ándara, hasta que llega un hombre que las echa de allí y les piden que no lo insulten.

El hombre le pregunta si quiere dar parte del robo, diciendo que no suele hacerlo, aunque le roban constantemente.

Llega también el ingeniero encargado de la instalación eléctrica, que parece interesado en hablar con él.

El sacerdote les cuente que todo es del primero que lo necesita, pues vive entre pobres y es uno más entre ellos, viendo de hecho cómo entra una mujer que le pide permiso para llevarse su olla, llevándose además su leña, ya que no tiene nada para cocinar.

Les cuenta que es hijo de españoles y que hizo sus estudios en España y que rara vez sube a un púlpito, aunque vive de las misas pagadas.

Observan que su vida es muy precaria, aunque él señala que su conformidad le quita amargura y aguanta bien las penurias y las calumnias, no pretendiendo ni pidiendo nada a sus superiores, aunque en ocasiones debe pedir una caridad.

Le preguntan si no cree que la dignidad de un sacerdote no es compatible con pedir limosna, diciendo él que la limosna no envilece a quien la recibe ni vulnera su dignidad, aceptando de hecho las monedas que le dejan antes de irse.

Chanfa observa cómo Beatriz, que también está en la pensión, intenta ahorcarse, aunque se cuelga de un madero muy débil y se rompe.

Chanfa le dice que el hombre por que lo hizo no se lo merece, pidiéndole que la ayude, enviándola a llevar algo de comida al padre Nazario.

Este, por su parte entrega las monedas que le dio el ingeniero a un ciego que llega pidiendo limosna.

Cuando llega Beatriz con la comida, el sacerdote le aconseja volver a su pueblo, pues la oyó gritar por la noche, en el cuarto que hay bajo el suyo.

Beatriz encuentra en su cuarto a Pinto, el hombre por el que intentó suicidarse, que ha ido para recoger la ropa que le dio para lavar, diciéndole que se marcha para siempre y no volverá.

Ella ríe como alocada y baja a la cantina, donde Ándara que es de su pueblo la invita a beber, y a la que le cuenta ella que pensaba hacerse criada.

Mientras hablan, la prostituta ve que llega otra prostituta, la Camella, con una blusa en que resaltan unos bonitos botones nacarados, acusándola Ándara de habérselos robado, algo que la otra niega, por lo que comienzan a pegarse y a pelear, sin que los presentes consigan separarlas.

Beatriz, muy nerviosa, parece perder el conocimiento. Sus ojos se abren y cierran con rapidez, teniendo una ensoñación en la que Pinto está locamente enamorado de ella, no pudiendo separarse y diciéndole que le ha robado la voluntad y que, aunque lo desee no puede dejarla, tras lo que le muerde el labio hasta hacer que sangre.

Luego cae al suelo mientras ríe de forma alocada y su cuerpo convulsiona.

Por la noche Ándara se cuela en la habitación del padre Nazario, pese a que por la mañana lo insultó, reconociendo que su prima es, en efecto una ratera.

Le cuenta que la van persiguiendo y que está herida porque mató a alguien.

El sacerdote la cura y le pregunta quién la puso así, contándole que la Camella, que llevaba un cuchillo escondido y se lo clavó en el hombro, aunque ella se lo quitó y se lo clavó dos veces, por lo que piensa que quizá la mató,

La prostituta acaba desmayándose por el dolor, debiendo llevarla a su cama.

Cuando recupera el sentido, le pide que no le denuncie, diciéndole él que si no la descubren no hará nada, pero que él no sabe mentir.

La mujer lo ve rezando en latín, pareciéndole a ella que la figura de Jesús del cuadro que el cura tiene en su cuarto se ríe a carcajadas.

Cuando Ándara despierta por la mañana no está el sacerdote y tiene mucha sed, por lo que acaba bebiéndose el agua de la palangana con la que le lavó la herida.

El padre Nazario salió para decir una misa, pagándole tras esta el padre Ángel por el servició, pudiendo así comprar tequila para que Ándara pueda comer, y, sobre todo, beber el tequila, que le sirve para calmar su herida, y su interior.

Ándara le dice que no cree en el infierno porque se lo dijo el Tripas, que lee mucho, diciéndole Nazario que debe pensar si cree más al Tripas o a él.

Luego le hace un montón de preguntas en que mezcla la religión y las supersticiones.

Poco a poco Ándara empieza a sentirse mejor, y le dice al sacerdote que ya podrá irse, aunque ahora, sin pintar, se avergüenza de su cara.

Abajo, otra de las prostitutas, amiga de Ándara, la Prieta, le dice a la patrona que sabe dónde está aquella, pidiéndole 5 pesos para no denunciarla, echándole en cara la patrona que sea tan mala amiga, a lo que la Prieta le replica diciéndole que quiere dinero y no sermones y que si no le da el dinero irá a comisaría y la denunciará, diciéndole la patrona que si lo hace la echará, pese a lo cual decide ir.

Beatriz, que lo escuchó todo decide subir para avisar a Ándara y decirle que se esconda con ella en su cuarto, pues si llegan los gendarmes y la encuentran allí se los llevarán detenidos a ella y al cura.

Llega también la patrona, la señora Chanfa, que dice que dos día atrás supo que estaba allí por el olor a su perfume, pero no dijo nada por no perjudicar al sacerdote, por lo que le pide que se marche por la otra escalera, después de limpiarlo todo.

Se quedan ella y Beatriz para fregar y que se quite el fuerte oro, pidiéndole al cura que se marche, pues sabe que si le preguntan lo dirá todo.

Ándara le pide a Beatriz que le lleve petróleo para limpiar.

Entretanto ella raja el colchón del sacerdote y apila sus escasas pertenencias y vierte el petróleo sobre ellas, incluyendo la figura de San Antonio, aunque antes le quita al niño y le prende fuego.

El padre Ángel regaña al padre Nazario, que está en su casa, pues fue a hablar con el juez y este le preguntó si estaba loco, pues admitió que sabía lo de la riña y que había tenido en su cuarto a la fugitiva.

El padre Nazario le dice que solo podía decir la verdad, haciéndole ver Don Ángel que ahora se dice que mantenía relaciones deshonestas con esa mujer, lo que Nazario dice, son solo calumnias, diciéndole Don Ángel sabe que es incapaz de hacerlo, y que, en cualquier caso, no iba a romper su castidad con semejante "esperpento".

Le cuenta que además quieren complicarle en el incendio y destrucción del mesón, replicando el padre Nazario que su tribunal es el de Dios y que a él se remite, estando dispuesto a admitir con resignación el sufrimiento.

El padre Ángel le informa asimismo que el obispado está estudiando su caso y piensan en retirarle de sus funciones, lo que él dice, acatará con humildad, si bien Don Ángel le dice que si le retiran la licencia estando en su casa será algo muy doloroso para su madre y él desea evitarle ese dolor y vergüenza.

El padre Nazario decide marcharse para evitarlo, tras darle las gracias al otro sacerdote por todo lo que hizo por él, diciéndole que si le retiran la licencia se irá al campo, como siempre deseó, para poder sentirse más cerca de Dios, preguntándole Don Ángel de qué vivirá en ese caso, respondiendo él que pedirá limosna, preguntándole el otro sacerdote si se le ha olvidado la dignidad sacerdotal, aunque él le asegura que nadie verá por su apariencia que es sacerdote.

Sale en efecto al camino y pide comida, al capataz de una obra, que le replica que no desea fomentar la vaguería, ofreciéndose para trabajar en las obras de la carretera a cambio de la comida, comenzando a trabajar de inmediato cargando carretillas.

Pero su actitud se ve con desagrado por parte de otros trabajadores, recordando uno de ellos que a su primo no le dieron trabajo el día anterior porque quería ganar un jornal, y le dan trabajo a gente que se ofrece a trabajar solo por la comida.

Poco después, y tras escuchar a uno de los trabajadores, el padre Nazario recoge sus cosas y se marcha.

Cuando el capataz pregunta qué le dijeron para que se marchara, le responden que le pidieron que se marchara, pues trabajar solo por la comida les perjudica a todos.

El capataz golpea a uno de los que protestan, siendo a su vez el capataz, golpeado por otro de los trabajadores, comenzando una pelea y escuchando el sacerdote unos disparos a su espalda, ignorando que fueron por su causa.

A partir de ese momento continúa su camino alimentándose de frutos silvestres o pidiendo limosna, hasta que llega a un pueblo donde es reconocido por Beatriz, que le pregunta qué le ocurrió para verse así, contándole que anda de peregrino, observando ella que va descalzo, contándole que durmió la noche anterior con una familia muy pobre y le dio sus botas al más viejo, que estaba enfermo y luego otro hombre que se hacía pasar por sacerdote le robó el morral y el sarape.

Beatriz le cuenta que ahora vive en ese pueblo con su hermana viuda, y que Ándara está con ellas, invitándolo a su casa, aunque él rechaza el ofrecimiento, diciendo que tiene que pedir algo con lo que abrigarse y algo de comer, diciéndole Beatriz que en su casa le darán, pues tienen la ropa de su cuñado y además su sobrina está enferma y Ándara está convencida de que solo él puede sanarla, algo que a él le parece blasfemo, pidiéndole Beatriz que vaya al menos para consolar a su hermana.

Les recibe esta, Josefa, con grandes expectativas, pidiéndole que remedie lo de su hija, pues, aunque el médico le mandó algo, no mejora.

El cura les dice que deben tener resignación, aunque otra mujer dice que solo un milagro puede salvarla y Dios lo empezó llevándolo a ese pueblo, y además descalzo, como Jesucristo, por lo que le insisten en que la salve, preguntando él cómo puede hacer lo que no puede hacer la ciencia.

Le piden que rece por ella, diciéndole Ándara que si no la cura es porque no quiere, diciéndoles él que solo puede rezar con ellas, pues si Dios quiere llevársela lo hará, si así conviene a sus designios.

Pero accede a verla y reza para que la niña sane, ofreciendo a cambio su salud y su vida, estando dispuesto a aceptar todas las calamidades y reveses que puedan afligirlo.

Tras él rezan todas las mujeres pidiendo al diablo que les dejen en paz.

El sacerdote escucha las supersticiones con resignación.

Al día siguiente, el cura acude a la iglesia antes de continuar su camino, siendo alcanzado a su salida por Beatriz, que le cuenta que la niña está sana.

Le dice que de madrugada parecía que iba a morirse, pero de pronto, por la mañana, abrió los ojos y pidió comida y ya no tenía fiebre, por lo que le pide que no se marche, pues todos acuden a la casa para tocar a la niña tras ver el milagro.

Aparece entonces Ándara, que le dice a Beatriz que ya le advirtió que no lo iba a convencer, mientras insiste en que fue un milagro.

Él decide marcharse y les dice que dediquen sus oraciones a dar gracias a Dios, aunque, cuando continúa su camino, observa que las dos mujeres continúan tras él, por lo que les pregunta a dónde van, diciéndole ella que adonde él vaya, pues quieren ser peregrinas como él, y tan buenas y santas como él, aunque él les pide airadamente que regresen.

Continúa su camino, cruzándose con un grupo de personas que bajaron de su carro debido a que uno de los caballos se rompió una pata.

En el grupo hay un coronel, un sacerdote y una dama, ofreciéndose el padre Nazario a ayudarles, aunque mientras lo hacen ve cómo pasa junto a ellas un pobre hombre con un asno, llamando el coronel burro al hombre por no haberles saludado, pidiéndole que pase de nuevo y les saludo, algo que indigna al padre Nazario, que recrimina al coronel que haya pisoteado la dignidad de ese hombre, tras lo que se retira.

El Coronel se enfada y está a punto de sacar su arma, disuadiéndolo el sacerdote que le acompaña, que le asegura que es un hereje.

Se detiene para refrescarse a la orilla de un río tras un largo rato de marcha, viendo cómo Ándara y Beatriz le han seguido ocultándose. Insistiendo en que están dispuestas a hacer penitencia junto a él, que les insiste en que la hagan solas.

Ándara le dice que no le estorban y que si las abandona no saben qué será de ellas, ante lo que accede a que le acompañen, accediendo a que lo hagan, aunque pidiéndoles que se comporten con decencia y sean obedientes.

Reanudan el camino y por la noche descansan junto al fuego en una casa abandonada, explicándoles él el significado del Credo y lo que quiere decir.

Beatriz le pregunta si se le irán los demonios del cuerpo si comulga, pues su hermana le dice que está enferma de pasmos del corazón, diciendo Ándara que es mal de ojo, regañándolas él por creer en supersticiones.

Beatriz le cuenta que cuando le daban los sofocos sentía una bola de fuego y ganas de matar, diciéndole el cura que es una enfermedad que va con la imaginación y le dice que si reza se le pasará.

Al día siguiente se cruzan con un grupo de personas que huyen del pueblo al que se acercan, mientras suenan las campanas, viendo a un hombre muerto al que el padre atiende, aunque Ándara le pide que no lo toque, pues tiene la peste.

Ven ya en el pueblo como se amontonan los cadáveres frente a la iglesia.

El presidente municipal les pide que se marchen, pero el sacerdote se ofrece para ayudarles para atender enfermos o enterrar muertos, diciéndole que en cualquier casa podrán ayudar, pues necesitan muchas manos.

Escuchan el llanto de un bebé y entran en una casa, encontrándolo solo, pidiéndole a Beatriz que lo coja mientras envía a Ándara a buscar leche, mientras cubre a la madre.

Juan, uno de los lugareños, llega a caballo tras haberse acercado a un cerro cercano desde donde pudo ver que llegaban los auxilios del gobierno.

El padre Nazario atiende espiritualmente a una mujer, Lucía muy enferma, aunque ella le dice que no quiere el cielo, que solo quiere que llegue Juan.

El cura le insiste pidiéndole que se arrepienta e irá al cielo, aunque ella le dice que solo quiere a Juan, y cuando llega este le pide que les diga que se vayan, lo que el hombre hace, haciendo que Nazario salga con un sentimiento de fracaso.

Pero al salir Beatriz le cuenta que ella también quería así a un hombre.

Cuando llegan los refuerzos de la ciudad, con médicos y enfermeras, el cura señala que ya nada tienen que hacer allí y continúan su camino.

Llegan a otra población, donde saldrán a pedir limosna.

Allí un grupo de muchachos tienen a un enano colgado de un árbol y se burlan de él pidiéndole que baile o que le tratan como si fuera una piñata, hasta que aparece un hombre a caballo, Don Sabás, que lo rescata.

Un día, mientras Ándara pide por las casas, Ujo, el enano le dice que él le dirá dónde pedir, e incluso la invita a su casa, aunque ella le dice que mejor hablan en la calle para no dar qué hablar.

Van hasta la fuente de la plaza, donde Ujo le dice que, aunque es fea, él la estima desde el día en que la vio en la iglesia, aunque ella le replica que tampoco él es bonito, pues es un renacuajo sin patas, pese a lo que él le insiste en que la estima pese a que no es guapa como Beatriz y además fue "pública", haciendo que se siente ofendida por la comparación con su amiga.

Ujo le advierte que deben marcharse del pueblo, pues llegó para comprar caballos, Pinto, que es primo de Don Sabás y contó que los federales van tras ellos por criminales.

En efecto, Pinto, negocia la compra de un caballo, fijándose en Beatriz que fue al lavadero, dirigiéndose a ella para decirle que, aunque vaya presumiendo de "apóstola" y peregrina, él la conoce y sabe que va con el cura y la llama golfa.

Pinto le pregunta si se había olvidado de él, negando ella con la cabeza, diciendo él que tampoco se olvidó de ella, aunque no valga la pena.

Le dice que el día anterior la vio con el cura y no quiere que siga con él, al que Beatriz defiende diciendo que es un buen hombre y piensa seguir con él.

Pinto le dice que al día siguiente saldrá para el pueblo de ella antes de ir a la capital, y le asegura que ella irá con él, recordándole que no conviene enfadarle, tras lo que le exige que le lleve agua.

Le propone tras ello llevarla a un sitio tranquilo, diciéndole ella que si le pide que se vaya con él lo hará, pero que no quiere hacerlo, pues quiere ser buena, debiendo luchar contra ella misma por su debilidad hacia él, aunque finalmente se niega a ir, repitiéndole él antes de marcharse que le espera al día siguiente a las 11 a la salida del pueblo.

Por la noche el padre Nazario les habla de la religión y de la vida, diciéndoles que la muerte es alegre porque nos libera de las cadenas de la vida, pero también triste porque amamos nuestra carne y nos duele separarnos de ella.

Al ver a Beatriz mediando le pregunta qué le ocurre y si es que tuvo un mal encuentro, pues a pesar de ser siempre la más piadosa, la nota ausente, diciéndole el padre Nazario que las borrascas de la pasión son difíciles de esconder y por eso lucha con el demonio.

Beatriz le cuenta que cuando él la mira hace lo que le pida, e incluso estuvo a punto de irse con él, y no quiere hacerlo, no pudiendo explicárselo.

El sacerdote le dice que es la mala pasión, pidiéndole que ame, pero no una sola cosa, sino todo lo hecho por Dios, siendo así como él las quiere a Ándara y a ella.

Adara les dice entonces que ya oscureció y es el mejor momento para huir, aunque el padre Nazario le dice que huyen los ladrones y ellos no lo son, estando seguro de que la justicia divina no los dejará indefensos.

Cuando amanece, Beatriz le dice al sacerdote que se le vienen malos presentimientos a la cabeza y cree que lo van a pasar muy mal y le pide que pase lo que pase no la eche de su lado, apoyando su cabeza en su hombro.

Escucha entonces cómo llora Ándara. Le dice que quiere más a Beatriz, pues le dice cosas bonitas y a ella la llama insensata y negada, insistiendo él en que las quiere igual y dejando que descanse, como Beatriz, sobre su otro hombro.

Llega entonces Ujo para decirles que se une a ellos porque estima a Ándara, llegando al momento varios soldados junto con algunos aldeanos diciendo el sacerdote que si van a detenerlos, no se resisten, y no hacía falta tanta comitiva para tres seres indefensos, mientras una mujer los acusa de enseñar malas costumbres.

Los guardias les dicen que solo tienen orden de arresto contra él y contra Ana de Ara.

Un hombre le da un puntapié al sacerdote y lo hace caer, diciéndole que no le basta con una hembra y lleva dos para dar mal ejemplo a todos, que son cristianos.

Ándara sale en su defensa y se pelea, diciéndolo Ujo que eso les ocurre por no haber hecho lo que él les pidió, dándole ella una patada y llamándolo sapo cochino.

El padre Nazario le recrimina lo que hizo y le dice que pida perdón.

Beatriz, que va con ellos, aunque no la buscaban le pregunta al sargento, al que conoció en su pueblo, qué van a hacer, diciendo que se lo llevará una cuerda de presos que pasará precisamente por el pueblo de ella, que le pide que deje escapar al sacerdote, pues no hizo nada.

Llega en efecto hasta la comisaría la cuerda de presos, que llegan sedientos y entre los que hay incluso niños.

Aparece también Pinto en la comisaría y le dice a Beatriz que se vaya con él, y que debe agradecerle que se haya rebajado a ir a buscarla, asegurando ella que no dejará al padre, aunque la mate, asegurándole él que le sacará esa devoción a patadas. Que pasarán por su pueblo al día siguiente y su madre la convencerá de que la obligue a ir con él, o le dará qué sentir.

Antes de que salga la cuerda de presos, Ujito le entrega una manzana a Ándara, esperando que ella le dé un beso, que no llega, viendo cómo Ándara y los presos se marchan, no pudiendo él seguir su paso.

Durante la marcha, una de las niñas no puede seguir y cae, por lo que piden un voluntario para llevársela, debiendo cargar con ella el padre Nazario.

El viejo que la llevaba dijo que era su abuelo, pero el sargento le contó a Beatriz que la robó y que la dejarán en su pueblo.

Algunos de los presos se burlan del cura y le dicen que confiese a las mujeres para que sepan de qué pecan, aunque el sacerdote se resigna a que se rían de él, siguiendo ellos pidiéndole que les pase a una de las mujeres, acabando el sargento por golpear a los bromistas a petición de Beatriz para que lo dejen en paz.

Cuando llegan al pueblo, aparece la madre de Beatriz llorando y diciendo que le hizo pasar vergüenza al entrar entre criminales al pueblo, diciendo ella que la humillación es buena para el alma, tal como dice el santo padrecito, replicándole la madre que el sacerdote no será tan santo si se echa al campo con mujeres.

Pero Beatriz insiste en que es santo, que curó a una niña con tocarlos y los enfermos de peste se calmaban al escuchar su voz, diciendo ella que tiene voz de ángel que se mete hasta los huesos y que cuando te toca la ropa te entra un temblor que te hace morir y espera no dejarlo nunca.

Su madre le dice que quiere a ese hombre, pero como hombre, diciendo ella que miente, cayendo al suelo muy mal.

La madre va a llamar a Pinto, que esperaba fuera, y le cuenta que ya le dio el mal, mientras sigue gritando y retorciéndose en el suelo, diciendo que es mentira y que se muere de vergüenza, gritando para que la oiga el cura mientras le pide que no la crea, debiendo llevársela Pinto en brazos.

En la celda donde están los hombres, el padre Nazario es atacado por los que le molestaban en el camino, que le acusan de chivato, aunque nada dice hasta que dicen que les dé unas hostias, lo que le ofende profundamente, diciéndoles que si quieren pueden insultarle a él, pero no ofender la santidad de la misa y la de Dios.

Pero entonces le golpean sin que él trate de defenderse, pese a que, asegura, por vez primera en su vida, le cuesta perdonar, aunque lo hace porque es su deber de cristiano. Pero, dice, también los desprecia y se siente culpable por no saber separar desprecio y perdón, siendo nuevamente golpeado y arrastrado hasta que otro de los presos le defiende diciendo que no es de machos golpear a alguien que no se defiende, sacando un cuchillo, cuando van a enfrentarse a él y que le socorre y le venda la cabeza.

El sacerdote lo alaba diciendo que él es bueno, lo que el hombre rechaza diciendo que es de lo peor, pues cometió dos crímenes y muchas raterías en las iglesias.

El padre Nazario le pregunta si no siente dolor a veces por lo hecho, respondiéndole el ladrón que cuando está solo, pero que cuando llegan los amigos se le olvida.

Le pregunta si le gustaría ser bueno, diciendo el hombre que sí, pero que no sabe cómo, diciéndole el sacerdote que basta con que diga que quiere serlo y tenga el propósito de serlo, pues cree que le gustaría cambiar de vida, a lo que el hombre le pregunta si le gustaría a él cambiar la suya.

El hombre le dice que él solo hace maldades, pero le pregunta para qué sirve su vida, pues el sacerdote para el lado bueno, y él para el lado malo, ninguno de los dos sirve para nada, lo que hace que el cura se quede reflexionando.

El ladrón le pregunta luego si tiene alguna moneda, diciéndole que se la dé, pues a él no le hacen falta, haciéndolo el sacerdote.

Por la mañana, mientras desayunan, y antes de partir de nuevo, el sargento les pide que recojan todo, preguntando Ándara al sargento dónde está el padre Nazario y si va con ellos, aunque no le responde.

En ese momento, de hecho, otro sacerdote lo visita en la celda y le dice que, por encargo del obispado, que lo arregló con las autoridades civiles, él no irá en la cuerda. Será conducido aparte solo por un hombre sin uniforme. Lo cual será menos vergonzoso.

Le dice también que debe reconocer sus imprudencias y locuras, pues es un espíritu rebelde y sus costumbres afrentan a la iglesia y no son dignas de un sacerdote.

El sacerdote sale con la cabeza vendada, y atada la venda con una cuerda, viéndolo Ándara y preguntándole quién le hirió y a dónde se lo llevan, diciendo ella que quiere ir con él, aunque se lo impiden los guardias pese a los lloros.

Entretanto, Pinto acude a casa de la madre de Beatriz con su carro para recogerla.

La cuerda de presos continúa su camino y Ándara indaga con uno de los presos al que le entrega una moneda, sobre los agresores del sacerdote, contándole que quien le pegó fue el gordo ojos de sapo, y el flaco con cara de palo lo defendió.

Se dirige tras ello al hombre que le defendió y le dice que Dios le bendiga y le dé todo el bien del mundo, tras lo que acude hasta el agresor y lo maldice diciéndole que espera que muera despacio, pero sufriendo.

El padre Nazario avanza por otro camino con su guardián, el mismo camino por el que van Beatriz y Pinto con su carro. Pasan junto al sacerdote, aunque ni se fijan en él, pues ella apoya su cabeza, ahora, en el hombro de Pinto, que sonríe al ver su entrega.

El sacerdote y su guardián se topan con una mujer que vende fruta y paran un momento, pidiéndole el guardia unas manzanas, pidiendo la mujer permiso para darle algo al preso, tras lo que le entrega una piña, que, por orgullo, el sacerdote rechaza, aunque de pronto, y tras reflexionar un momento regresa para aceptar la caridad.

Calificación: 5