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Oro

España (2016) *

Duración: 103 min.

Música: Javier Limón, Javi Limón Maza

Fotografía: Paco Femenía

Guion: Agustín Díaz Yanes y Arturo Pérez-Reverte

Dirección: Agustín Díaz Yanes

Intérpretes: Raúl Arévalo (Martín Dávila), Bárbara Lennie (Doña Ana), Óscar Jaenada (Juan Gorriamendi), Jose Coronado (Lorenzo Bastaurrés), José Manuel Cervino (Don Gonzalo), Antonio Dechent (Barbate), Juan José Ballesta (Iturbe), Luis Callejo (Páter Vargas), Anna Castillo (La Parda), Andrés Gertrúdix (Licenciado Ulzama), Diego París (Marchena), Juan Carlos Aduviri (Mediamano).

A principios del Siglo XVI muchos españoles se hicieron soldados para huir de la pobreza y el hambre, ofreciéndoles las recién descubiertas Indias, sueños de fama y fortuna, no teniendo más que perder que la vida.

Eran duros, arrogantes y crueles y divididos por rencillas y lugares de nacimiento.

Mataron sin escrúpulos y murieron sin protestar en busca del oro soñado y en su camino alumbraron un nuevo mundo y una poderosa epopeya.

Las Indias. 1538

Martín Dávila, soldado del rey, cuenta que han pasado 100 días desde que se embarcó en Sanlúcar, formando parte de una expedición que trata de encontrar la ciudad del oro, a la que los indios llaman Teziutlán y cuyos tejados dicen son de oro puro, para llegar a la cual tendrán que atravesar tierras jamás vistas.

De narrar sus peleas, describir sus penalidades y recordar a sus muertos se encarga el Licenciado Ulzama, escribano del rey, que se llevará una quinta parte del oro.

4 de abril. En una escaramuza con los indios, la expedición pierde a 7 de sus hombres.

Tras enterrarlos y rezar por ellos siguen hacia la ciudad del oro valiéndose del mapa del explorador Íñigo Labastida hizo 8 años atrás, antes de morir de fiebres.

El gobernador Mendoza dio el mando de la expedición a Don Gonzalo de Baztán, navarro, como él y aquejado de melancolías. Era débil de carácter e indeciso en el mando, pero autoritario, y se hizo acompañar, pese a todos los consejos en contra, de su esposa Ana de Baztán, mucho más joven que él y a la que por su belleza todos codiciaban y odiaban, ya que el gobernador solo velaba por su bienestar.

El segundo en el mando era el alférez Gorriamendi, veterano de las indias, habituado al clima, forjó su fama como cazador de esclavos indios, era temido y respetado por sus hombres, un tercio de los cuales eran veteranos de las guerras del emperador en Italia.

Con ellos iba también el Páter Vargas, un dominico intransigente y maniático.

Los demás se agrupaban según su procedencia. Todos esperaban no tener que labrar y volver como hidalgos.

Ana le dice a su marido, que no debe ser Gorriamendi, sino él quien dé las órdenes.

Deben atravesar ríos con bestias desconocidas que acaban con algunos de ellos, luchar contra los indígenas y con los caimanes, y de los que caían, algunos señalaban en su testamento a quién querían que fuera su parte del oro, mientras que la de los demás debía repartirse entre los supervivientes.

Los soldados comentan que se decía que Don Gonzalo encontró a su mujer en un burdel de Cuba, aunque el sargento Bastaurrés indica que prefiere las putas de pagar, pues a la larga salen más baratas mientras la ven dirigirse por la noche a la tienda de su esposo con su ayudante, la Parda, que la peina y la ayuda a vestirse.

Alcanzados por un indio llegado de Puerto Cristo, este habla con Don Gonzalo, pidiéndole Bastaurrés a Martín que hable con su amigo navarro, Iturbe, que se acuesta con la criada de Doña Ana, para que se entere de las nuevas que llevó el indio.

No lo consiguen, por lo que al día siguiente se plantan todos ante Don Gonzalo y le preguntan sobre las noticias que llevó el indio de Puerto Cristo, viéndose obligado a contarles que a los pocos días de salir de allí llegaron noticias del virrey, que sustituyó al gobernador y el nuevo mandó otra expedición al mando de Medrano a buscarlos con la orden de detenerlo y llevarlo preso de vuelta, pues el virrey quiere todo el oro para él.

Gorriamendi les dice que, dado que si les alcanzan, los ahorcarán a Don Gonzalo a él y al sargento y puede que luego los maten a todos para no tener que compartir nada con ellos, les pide que decidan si prefieren seguir con Don Gonzalo, lo que les colocará en situación de rebeldía respecto al virrey, crucen una línea que traza en el suelo, viendo cómo todos prefieren seguir, y el escribiente indica que así lo reflejará para que el emperador tenga constancia, tras lo que se une a ellos.

Siguen su camino y 6 días después, indican, que según el mapa de Labastida el oro todavía queda lejos, pero hay otro botín ansiado: las mujeres indígenas que se reparten entre soldados, lo cual genera rencillas que en ocasiones llegan incluso a las armas.

Viéndolos discutir por los turnos para acostarse con una de ellas, Don Gonzalo pide que las liberen, lo que hace que uno de los soldados se rebele contra él, que ordena que le den garrote, pidiendo el soldado que acabe con él Gorriamendi o que lo hagan con arcabuz, no a garrote, que es una muerte indigna para alguien que luchó por el emperador, aunque no le concede la gracia por insubordinación.

Por las noches Ulzama aprovecha para crear un pequeño diccionario indio/español, mientras la Parda lava a su ama, que mira al soldado Martín Dávila, que ella dice, la mira de una forma distinta a los demás.

Un día, mientras descansan, escuchan a lo lejos sonidos de los arcabuces de Medrano y envían a varios soldados a investigar por si enviaron una avanzadilla, trayendo poco después, en efecto a un indio, Achache, explorador de Medrano, al que le pregunta a qué distancia está este, aunque este prefiere morir a traicionarlo.

Para obligarle a hablar, el indio al que llaman Mediamano, explorador del grupo le dice que si muere se quedará con su mujer, contestando el indio que están a una jornada, aunque Don Gonzalo no respeta el pacto y acaba con el indio para indignación del sargento y de algunos soldados.

Gorriamendi le pregunta a Mediamano, que piensa que Medrano no les atacará de inmediato, por ser un terreno malo para atacar, y buscará ventaja, por lo que propone buscar otra ruta, que hará perder días a sus perseguidores, aunque ello les supondrá ir por territorio Caribe.

Durante su marcha, Los Caribe les indican que saben que están allí, aunque no les atacan, pero indican que lo harán si son ellos atacados.

Doña Ana sabe que tarde o temprano Don Gonzalo será sustituido, pero no quiere que lo sea por Gorriamendi, y espera que sea Martín, aunque aún carece de mando, y por ello le pide a la Parda que le procure un encuentro con él a solas.

Durante este le cuenta que es de Trujillo, de donde se fue porque quería conocer mundo, diciendo que le envidia, pues la casaron con Don Gonzalo cuando cumplió 14 años y teme que si sale viva de allí, ya será vieja y que lo único que habrá hecho es leer el "Tirante" cientos de veces, y cuando ella le pregunta qué hace allí le responde con una frase del "Tirante", al indicar que es un hombre de baja condición y sin ningún título.

Los interrumpe Gorriamendi, para decirle que la requiere su marido, preguntándole si el soldado la está molestando, y regañando tras ello a Martín, recordándole que es la mujer de su capitán, recordándole el sargento, que aparece detrás, que también del suyo.

Bastaurrés le indica luego a Martín que no es tiempo de perder la cabeza por mujeres, pues acabarán muertos ambos por el alférez, que también está obsesionado por ella.

Durante una parada, y mientras habla con su novio, una serpiente muerde a la Parda, que siente que no puede respirar, dándole tiempo solo a pedir que la entierren, dando Doña Ana, da la orden de que la entierren, ante lo que Romero, uno de los soldados, protesta, pues, indica, no han enterrado a los demás muertos porque iban apurados de tiempo, aunque Doña Ana le repite la orden a su marido.

Don Gonzalo ordena a dos soldados, entre ellos a Romero, que la entierren mientras ellos continúan su camino, acusándolo el soldado de ser valiente para agarrotar soldados, pero viejo y cobarde para gobernar a una puta, recibiendo una bofetada del aludido, por lo que Romero saca su arma para atacarlo, debiendo sacar la suya Bastaurrés, que le dice que tendrá que acabar con él si no se calla, ya que insulta y llama hideputa al capitán, diciendo Romero que a él no se atreverá a darle garrote, ya que es tío de su mujer, tras lo que se lanza hacia Don Gonzalo dispuesto a matarlo, ante lo que Bastaurrés lo hiere en la pierna, ordenando Don Gonzalo que le den garrote.

Pero Bastaurrés detiene a Marchena, el encargado de dar el garrote, acabando con él Gorriamendi con su espada, sin que Don Gonzalo se atreva a decir nada.

Para despistar a Medrano, envían a varios hombres y a un indio para a encender fuegos que despisten al enemigo y que piense que siguen su ruta.

Pero los soldados empiezan a murmurar sobre la debilidad de Don Gonzalo y comienzan a pensar en rebelarse.

Regresa solo de la misión el indio Jeromillo, que indica que los dos soldados que le acompañaban murieron en una emboscada de Medrano.

Esa noche Bastaurrés envía a Martín con Mediamano a hacer la guardia, diciéndole el indio que el sargento lo ha alejado para ponerlo a salvo del alférez.

Esa noche, cuando Don Gonzalo sale de su tienda ve, cómo la mayoría de sus hombres, con el alférez al mando, le rodean, hasta que uno de ellos le clava un puñal en el cuello, saliendo Doña Ana de su tienda solo para verlo ya muerto, aterrada por lo que le pueda esperar, lo que le lleva a coger una espada, que inmediatamente Gorriamendi le hace bajar, tras lo que acaba con los hombres que lo mataron acusándolos de traidores, pese a haber instigado él la traición.

Tras ello tiende su mano a la viuda, a la que lleva a la tienda, ordenando enterrar al capitán, diciendo Bastaurrés que lo hará él, ya que combatieron juntos y se lo debe.

Gorriamendi entra en la tienda del que fue su jefe y se desnuda, para lanzarse luego hacia la viuda, a la que, al no ver dispuesta a hacerle caso viola sin contemplaciones.

Siguen su camino y el 1 de mayo ven cómo muere el perro de Gorriamendi, al que tanto temían los indios, al recibir el impacto de un dardo envenenado.

Doña Ana envía mensajes a través de Marchena a Martín, que por la noche va a verla a su tienda, advirtiéndole ella que tras esa noche debe olvidarla, señalando él que una noche es poco, insistiendo ella en que solo una noche, pues mejor una que ninguna, pidiéndole que la trate bien.

Pero no llegarán a acostarse, pues un silbido de Marchena los alerta de la llegada de Gorriamendi, que, sospechando que Ana le engaña con Martín, sale a buscarlo, diciéndole que entró en la tienda y notó un olor extraño, como a hombre muerto, diciéndole Martín que no puede ser el suyo, pues está vivo, a lo que el alférez le responde que por poco tiempo.

Bastaurrés habla por la noche con Mediamano y le cuenta que lleva 10 años sin ver a su mujer, a la que dejó en Barbastro.

Un día encuentran a una joven, prohibiendo el páter que se acerquen a ella, pues dice, pertenecerá a Dios, prohibiéndoles acercarse a ella, y viendo que lleva un adorno de oro, por lo que le preguntan de dónde viene, señalándoles ella que a una jornada de allí hay un soldado de Castilla que buscaba oro.

Les lleva hasta la población, donde, en efecto, vive un viejo soldado castellano, Manuel Requena, que les cuenta que Tomás de Ulúa quiso conducirlos también a la ciudad del oro, pero murió y está allí enterrado.

A él también le dieron por muerto los caribes y una mujer le salvó. Tiene con ella ahora varios hijos.

Él les habla del terreno, y de la isla de las mujeres, donde solo habitan esas bravas guerreras que una vez al año salen en busca de varón y si quedan embarazadas y nacen varones los matan.

Requena dice vivir allí en paz esperando la muerte, rechazando unirse a la expedición.

La mujer que les guio a la aldea le dice a Ulzama, escribano que quiere tener un hijo suyo, pues sus manos las guían los dioses, azotándola el páter al ver cómo coquetea,

Debido a ella el páter la azota, luego, aunque varios soldados la defienden.

Pero poco después de partir Martín acaba con Jeromillo al descubrir que fue dejando pistas a Medrano, pudiendo ver desde donde están cómo los hombres de este quemaron la aldea de Requena, lo que indica que está ya muy cerca.

Para despistarlos, Gorriamendi decide dejar a cuatro soldados, al sacerdote y a Doña Ana, pues sabe que la mujer distraerá a los soldados, que ignoran cuántos son.

Poco después, son alcanzados en efecto por las tropas de Medrano que proceden a su detención, señalando Martín que él es el encargado de la expedición y sargento en funciones, habiendo muerto el resto de la expedición.

Medrano ordena, sin compasión, degollarlos a todos menos a la mujer. Pero como esta, los distrajo, como habían previsto, Martín le clava un cuchillo a Medrano, surgiendo entonces el resto de soldados, que, al pillar por sorpresa a sus perseguidores acaban, tras una brutal pelea, venciéndolos, matando incluso Doña Ana a algún rival.

Martín propone que se unan a la expedición los supervivientes que lo deseen, pues les vendría bien más gente, y además, indica, solo obedecían órdenes, como ellos, y aunque otros no desean repartir el oro, aceptan integrarlos.

Bastaurrés se dispone a acabar con Medrano, al que antes le pregunta si se acuerda de él, pero se le adelanta Doña Ana, que le clava su puñal e indica "ya no podrá consolar viudas", ya que fue lo que dijo él que haría con ella.

Para acortar camino, se internaron en territorio de los indios flechadores, ordenando Gorriamendi que varios soldados vayan de avanzadilla, recomendándoles el sargento que si les atacan, procuren que no les cojan vivos.

Poco después escuchan disparos y gritos y comprenden que sus compañeros han caído, por lo que deciden vengarlos, viéndose atacados también ellos, clavándose una flecha en el ojo de otro de sus compañeros, temiendo todos las flechas envenenadas.

Mientras esperan el ataque, Martín ordena a Marchena que cante para disimular su miedo, siguiéndole toda la expedición, hasta que de pronto no escuchan nada, señalando Mediamano que se retiraron, pues comprendieron que estaban dispuestos a luchar y volvieron al poblado para defender a sus mujeres y niños.

Cuando esa noche llegan al pueblo, lo encuentran abandonado, aunque de pronto se ven sorprendidos por las flechas de los indios, que, parapetados tras una empalizada acaban con muchos de ellos, por lo que deben esconderse hasta poder disparar sus arcabuces, lanzándose luego contra ellos hasta conseguir vencerlos.

Cuando descubren colgados los cadáveres de sus compañeros, Gorriamendi ordena que busquen a mujeres y niños, a los que ordena matar cuando los encuentran, oponiéndose Martín a ello, para lo que se coloca enfrente, siendo amenazado él mismo de muerte, aunque se les unen Mediamano y media docena de soldados más, ante lo que otro de los soldados acaba con Mediamano señalando que es solo un indio, acabando a su vez el sargento con el ejecutor de su rastreador.

Murieron más de una docena de personas, entre ellos el indio Chima, "Mediamano".

Mientras descansan, Martín y Ana consiguen finalmente hacer el amor.

El 28 de mayo, escribe Ulzama, Dios los abandonó, o su representante en la tierra, el Pater Vargas, que cayó a una ciénaga mientras hacía sus necesidades, sin que nadie le ayudara, permitiendo que se hundiera, ya que varios de ellos le odiaban, y en especial Marchena y Barbate, que asegura le habría gustado matarlo a él, pues, confiesa, es hijo de un cura.

Bastaurrés advierte a Martín de que esté alerta, pues está seguro de que Gorriamendi y los suyos aprovecharán cualquier descuido para acabar con ellos, pues ya huelen el oro y no quieren compartirlo, aunque cree que antes intentarán dividirlos, señalando que solo pueden fiarse entre ellos Martín, el sargento y Barbate y quizá Iturbe, pues además no desean testigos.

Gorriamendi envía de hecho a Martín y a Barbate a reconocer el terreno, y, aprovechando su ausencia para clavar su espada a Ulzama, y cuando este indica que actúa como representante del emperador, le dicen que ese es el motivo, pues no desean compartir su oro con aquel.

Atacan tras ello al sargento, a Martín y a Barbate, que lo esperaban, y se enfrentan duramente a sus adversarios.

Ana hiere al hombre que atacaba a Martín, el cual acaba con ella, ante lo que Iturbe se une a ellos y lo mata, siendo entonces él mismo atacado por Gorriamendi, que tras acabar con él se dispone a enfrentarse a Martín.

Mientras se pelean, Ana se arrastra con un puñal dispuesta a acabar con Gorriamendi, aunque se le adelanta Barbate, que lo deja malherido.

Poco después muere ella, acompañada por Martín, que luego la entierra.

Tras vencer a su enemigo, Bastaurrés, ahora al mando de la tropa y con Martín Dávila como sargento provisional, condenan a pena de vida al alférez por amotinamiento y traición, ordenando a Marchena que le ejecute en nombre del rey, que señala que no desea ser ya verdugo, acabando personalmente con él, el sargento tras soltarle las manos para permitirle santiguarse.

Los supervivientes, dejando a Iturbe y Ulzama heridos, llegan al Río Grande, que se disponen a atravesar, señalando Ulzama que son sus últimas palabras, pasando a Martín el testigo de escribir, confiando en que sus memorias le den fama y no pasar por la tierra como una flor marchita.

Los cuatro supervivientes se topan con dos tribus de indios que se pelean entre ellos, aunque una de sus flechas perdidas alcanza a Marchena, con el que acaba Barbate para evitar que grite, siendo alcanzado tras ello, también el sargento.

Cuando pierden de vista a los indios, el sargento les dice que le dejen allí, pues les está retrasando la marcha y necesitarán el oro para poder salvar sus vidas.

Le entrega el pendón que le dio a él Requena, y les pide que no se dejen cegar por el oro. Que le guarden al emperador su parte y así les perdonarán todo.

Martín le entrega un puñal para que acabe con su sufrimiento, pero el sargento se niega, pues dice, cree en la otra vida, diciéndole que si lo prefiere puede hacerlo él, a lo que el sargento le dice que no merece la pena, pues queda muy poco, por lo que le dejan rezando mientras continúan su camino.

Mientras escalan, Barbate le dice a Martín que huele el mar, y al llegar a lo alto de la montaña ven cerca del mar un lugar que brilla y que piensan es el oro buscado.

Martín escribe que el día 4 de junio llegaron finalmente a Teziutlán, después de haber luchado con los indios, e incluso entre ellos, cegados por el oro, decidiendo que la sierra desde la que vieron el oro pase a ser conocida como Sierra de Doña Ana.

Hace constar también que el 8 de abril salieron 40 hombres de Puerto Cristo y solo quedan dos.

Y al llegar a su destino descubren que los tejados de las casas de los indígenas estaban construidos con barro vidriado que semejaba el color del oro al ser vistos desde lejos.

Frustrado su sueño de conseguir el oro, Barbate le dice a Martín que contaban que al otro lado del mar está Catay o lo que otros llaman China y en él la ruta de la seda, señalándole Martín que es suyo.

Se adentra en el mar y clavando el pendón que le dejó el sargento toma posesión de ese mar y de cuantas orillas den a él en nombre del emperador.

Calificación: 2