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Rashomon
Rashomon

Rashomon (1950) Japón

Duración: 88 Min.

Música: Fumio Hayasaka

Fotografía: Kazuo Miyagawa

Guión: Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto (Riûnosuke Akutagawa)

Dirección: Akira Kurosawa

Intérpretes: Toshirô Mifune (Tajômaru), Machiko Kyô (Masako Kanazawa), Masayuki Mori (Takehiro Kanazawa), Takashi Shimura (Leñador), Minoru Chiaki (Sacerdote), Kichijirô Ueda (Plebeyo), Noriko Honma (Medium), Daisuke Katô (Policía).

Siglo XII. Un leñador y un sacerdote del templo de Kiyomizu permanecen sentados bajo la puerta de la ciudad de Rashomon resguardándose de un intenso aguacero, cuando llega corriendo un plebeyo que se une a ellos escuchando cómo el leñador afirma una y otra vez que no entiende nada, por lo que el plebeyo le pide que explique lo que no entiende, porque quizá el sacerdote pueda explicárselo, aunque este le asegura que tampoco él lo entiende, contándole que los dos fueron testigos de lo ocurrido en el patio del cuartel, donde trataban de aclarar un asesinato.

El plebeyo no parece darle importancia a un solo caso de asesinato, pues, les dice, si suben al tejado de la puerta de Rashomon, donde están, verán personas asesinadas por todas partes, respondiendo el sacerdote que, en efecto cada año suceden muchas desgracias y además tienen el azote de ladrones como Tusnami que cada noche aparecen en algún sitio, aunque nunca pensó que sería testigo de algo tan horrible, señalando que tras ello no podrá volver a confiar en nadie jamás.

Al escucharlo, el recién llegado le dice que no quiere escuchar sermones y prefiere aguantar la lluvia, haciendo el amago de irse, aunque entonces el leñador vuelve a decir que no puede entender a esas tres personas, ante lo que el plebeyo le pide que le cuente todo desde el principio, pues parece que no va a amainar.

Le cuenta entonces que todo empezó tres días antes, cuando fue a la montaña para cortar leña y se adentró para ello en el bosque con su hacha, encontrando allí un sombrero de mujer abandonado, encontrando luego al seguir su camino una cuerda cortada, topándose finalmente con un cadáver, razón por la que, asustado, salió corriendo, perdiendo incluso el hacha, para avisar a las autoridades.

Finalmente le llamaron esa misma mañana, después de tres días, para que se presentara en el cuartel, donde declara lo que vio.

Le preguntan también si encontró alguna espada, respondiendo él que no, contando que vio el sombrero destrozado la cuerda cortada y un amuleto rojo y amarillo.

Tras él prestó declaración el sacerdote, que cuenta que vio al hombre asesinado tres días antes por la tarde, cuando aquel estaba vivo e iba con una mujer por el camino que lleva de Sekiyama a Yamashina, señalando que la mujer llevaba un sombrero con un velo y que el hombre llevaba una espada y un arco con flechas.

La tercera persona en prestar declaración es un hombre que lleva consigo a un hombre atado, al que afirma capturó él, y que se trata de Tajomaru, un famoso ladrón que actúa en la capital y alrededores, afirmando que lo encontró tres días antes con una espada a la orilla del río Katsura, afirmando que llevaba también un carcaj con flechas con plumas de águila, un arco de piel y un caballo, lo mismo que llevaba el hombre que murió en la montaña, logrando capturarlo porque se había caído del caballo.

Al escucharlo, Tajomaru se enfada, asegurando que no se cayó del caballo.

Cuenta que iba cabalgando cerca de Osaka cuando sintió sed y se paró a beber, pensando que debía haber alguna serpiente venenosa muerta, porque al cabo de unas horas comenzó a sentir un fuerte dolor intestinal y cuando llegó al río no podía tenerse en pie, y tuvo que bajarse del caballo.

Tajomaru no niega que matara a ese hombre, contando ante el tribunal lo sucedido aquella tarde, en la que él afirma estaba dormitando en la montaña debido al intenso calor cuando un ligero soplo de aire fresco lo despertó haciendo que el velo que cubría su cara la descubriese, pudiendo así ver su cara que le pareció la de una diosa, asegurando que no lo habría matado de no haber sido por aquel soplo.

La mujer iba a caballo y el hombre tiraba de este, siguiendo la pareja su camino, pensando él en quedársela, siguiéndolos hasta llegar a ellos, preguntando entonces el samurái qué quería, aunque él se limitó a mirar a la mujer, sacando finalmente su espada y enseñándosela al samurái, contando el ladrón que descubrió un montón de espadas en unas ruinas antiguas cercanas al lugar en que se encuentran y que las escondió en un lugar de difícil acceso, ofreciéndose a venderle algo.

El samurái accedió a acompañarle, dejando a su mujer esperándolos junto al río.

Juntos él y el otro hombre caminaron durante un rato por la montaña hasta el lugar donde supuestamente estaban las armas, viéndose allí sorprendido el samurái por el ladrón que se abalanza sobre él, entablándose entre ambos una pelea.

Tras ello Tajomaru volvió al lugar donde estaba la mujer, a la que se queda observando durante un rato desde lo alto antes de acercarse a ella para decirle que a su acompañante le mordió una serpiente, observando que el rostro de la mujer se quedó blanco al escucharlo y la mirada fija como la de un niño asustado, invadiéndole la envidia y el odio, por lo que decidió mostrarle lo que realmente había ocurrido, llevándola hasta el lugar donde había dejado al hombre atado, perdiendo la mujer durante el camino su sombrero.

Tojamaru le muestra entonces al hombre atado, sacando ella un cuchillo y enfrentándose a él, afirmando el ladrón que era una mujer muy fuerte, que se enfrentaba a él con habilidad, sin que consiguiera cogerla, comenzando a jugar al gato y al ratón hasta que ella cayó cansada llorando.

Él la cogió entonces y la besó, respondiendo ella finalmente a su beso dejando caer el cuchillo, afirmando que consiguió tener a la mujer sin matar al hombre.

Pero cuando se disponía a marcharse la mujer se dirigió a él suplicándole y diciéndole que tenían que morir necesariamente él o su marido, y que deben luchar, pues le dice que lo ocurrido es más duro que la muerte y ella solo podrá vivir con el que sobreviva de los dos.

Él se dirige entonces al marido y lo desata, entregándole su espada, entablándose tras ello una pelea entre los dos, en la que él finalmente consiguió acabar con su rival pese a reconocer que este tenía una gran técnica y nadie había aguantado tanto tiempo luchando con él, por lo que no quiso matarle de una manera sucia.

Pero cuando mató al hombre se dio la vuelta y no encontró ya a la mujer, que se había marchado, aunque encontró el caballo y ya no intentó buscarla, pues comprendió que era una mujer cualquiera.

El ladrón dice que cambió la espada ese mismo día por botellas de sake, aunque la daga de la mujer se le olvidó, recordando que esta tenía diamantes y debía tener bastante valor, y fue un error olvidarla.

Bajo la puerta de Rashomon el plebeyo recuerda que Tajomaru tenía fama de ser un ladrón muy mujeriego, y que en el otoño anterior mató a dos personas, una mujer y una niña que iban de peregrinaje, en la montaña de Toribedera.

El plebeyo se pregunta qué será de esa mujer en medio de la montaña sin su caballo, contando el sacerdote que la encontraron viva, pues estuvo oculta durante dos días en un templo.

El leñador afirma entonces que mienten tanto la mujer como Tajomaru, afirmando el plebeyo que los hombres siempre mienten porque les gusta ocultar las cosas vergonzosas, respondiendo el sacerdote que los hombres son muy débiles y por eso mienten.

La versión de la mujer, interrogada ante el tribunal, era diferente, recordando el sacerdote que su apariencia no era tan fuerte como dijo Tajomaru y que incluso parecía dulce y compasiva.

La mujer contó que Tajomaru, tras obligarle a entregarse a él les confesó a ella y a su marido que era el famoso ladrón Tajomaru, y se rió de su marido, que se movía intentando desatarse y apretaba cada vez más sus ataduras.

Ella trató de ir hacia él, pero él no se lo permitió.

El ladrón se marchó riéndose de ambos y ella fue hacia su marido, observando al hacerlo que la mirada de este no denotaba pena ni rabia, sino que era una mirada de repugnancia, con la que la observaba como si ya no estuviera, haciendo que ella se sintiera mal, diciéndole a él que le daba igual que le pegara o la matara, pero que no era justo que la mirara así.

Tras ello recogió su daga y cortó sus cuerdas, ofreciéndole la daga para que la matara, sin que él la cogiera ni dejara de mirarla, estando tan nerviosa que cayó desmayada, descubriendo horrorizada al despertarse, clavada la daga sobre el pecho de su marido muerto.

Desorientada y confusa, comenzó a correr por el bosque sin saber a dónde iba, llegando así a la orilla de un estanque en el que intentó suicidarse tirándose al mismo, aunque este tenía tan poca profundidad que no lo consiguió, tras lo que se puso a llorar.

El plebeyo asegura que las mujeres utilizan las lágrimas para confundir a todo el mundo, así que no se fía mucho de su historia.

Le cuenta el sacerdote que además tienen la versión del hombre muerto, que hizo su confesión a través de un médium, asegurando el leñador que el muerto también mintió, asegurando el sacerdote que los muertos no mienten, preguntándose el plebeyo por qué no, y si de verdad cree que hay alguien de verdad tan bueno, pues todos quieren olvidar lo malo y creer en lo bueno.

Le cuentan entonces que una vidente invocó al espíritu del muerto ante el tribunal, hasta que logra contactar, contando a través de su boca, que, tras satisfacer su deseo, el ladrón habló con su esposa tratando de convencerla para que lo abandonara diciéndole que tras haber perdido su blancura debía decidir entre seguir con un marido que la iba a despreciar, o ir con él, y vivir feliz con un hombre que le quiere, asegurando el muerto que ella lo miró con embeleso, no habiéndola visto nunca él tan bella, cuando le contestó al ladrón: "llévame dónde quieras".

Luego le pidió a Tajomaru que matara a su marido, pues no podía ir con él mientras su marido estuviera vivo, asegurando que incluso el ladrón quedó perplejo, por lo que este se dirigió a él y le preguntó si prefería que la matara o que la dejara libre, viendo cómo mientras se dirigía a él ella salía corriendo, por lo que Tajomaru la persiguió, aunque tras un regresó solo contándole que consiguió huir.

Le cortó a él las cuerdas y se marchó dejándolo solo, y, tras encontrar la daga de su mujer avanzó con ella por el bosque, decidiendo finalmente suicidarse.

Recuerda que entonces empezaron a rodearle las tinieblas, sintiendo una gran paz interior, acercándose entonces alguien y sacándole la daga clavada.

Pero el leñador afirma entonces que es todo mentira, que no tenía ninguna daga clavada en el pecho y que le mataron con la espada, ante lo que el plebeyo se da cuenta de que el leñador sabe más de lo que contó ante la policía, ante lo que el hombre dice que no contó todo lo que vio para no tener problemas, pidiéndole el plebeyo que le cuente su versión, pues está seguro de que será la más interesante.

El sacerdote dice que no quiere seguir escuchando cosas horribles, a lo que el plebeyo le replica que las historias horribles abundan y que llegó a escuchar que allí, bajo la puerta de Rashomon vivía un demonio que se fue porque tenía miedo de los hombres.

Le insiste tras ello al leñador para que le cuente lo que vio, contando este que tras encontrar el sombrero, escuchó el llanto de una mujer, observando desde detrás de un arbusto que había un hombre atado, a una mujer que lloraba y a Tajomaru, el cual, de rodillas le estaba pidiendo perdón a la mujer por haber seguido sus instintos sin haber tenido en cuenta los sentimientos de los demás, pero que tras conseguirla a ella no tiene bastante y la quiere, por lo que le pide que se case con él, estando dispuesto a dejar su oficio si es necesario, pues ahorró ya mucho dinero para vivir bien resto de su vida, estando dispuesto a trabajar en otra cosa si no quiere aceptar su sucio dinero, pero que si dice que no tendrá que matarla.

Ella le dice que como mujer no puede decidir nada, tras lo cual corre hasta su marido, cortando sus cuerdas con su daga, dándoles así a entender a ambos que son ellos quienes deben decidir, luchando entre ambos.

Pero entonces su marido le dice que se niega a arriesgar su vida por una mujer así, pidiéndole su mujer que se suicide, pues no puede ntender como puede seguir viviendo tras haber estado con dos hombres, tras lo que le dice a Tajomaru que puede llevársela, y que lamentaría más perder a su caballo que a esa mujer.

Tajomaru decide irse también, corriendo la mujer tras él pidiéndole que le espere, diciéndole él que no le siga, ante lo que la mujer rompe a llorar, diciéndole su marido que deje de hacerlo, pues no le merece la pena, diciendo Tajomaru que la deje, pues las mujeres son débiles por naturaleza, levantándose ella entonces enfadada y diciéndole a su marido que el débil es él, que como marido suyo debía haber vengado su violación, y solo entonces podría pedirle que se suicidara, para encararse a continuación con Tajomaru diciéndole que tampoco él es hombre, riéndose de él y diciéndole que cuando escuchó su nombre dejó de llorar pensando que podría por fin olvidar su aburrida vida, pero que es tan mezquino como su marido y que es incapaz de ganarse a una mujer con la espada.

Sus palabras parecen hacer efecto y el marido de ella se lanza contra Tajomaru, mientras ella sigue riéndose, consiguiendo que se entable una lucha entre ambos, siendo más hábil con la espada el marido, que está a punto de acabar en varias ocasiones con el ladrón, aunque ambos parecen asustados y temerosos, llegando Tajomaru a perder la espada, aunque luego la pierde el marido al clavarse la suya en un árbol afirmando entonces que no quiere morir, pese a lo cual Tajomaru le clava su espada, gritando la mujer al verlo, aunque cuando está dispuesto a llevarla consigo ella se niega a acompañarlo y huye, corriendo él, con la espada tras ella, cayéndose torpemente y perdiéndola de vista.

Tras coger las pertenencias del samurái Tajomaru huyó, aun nervioso y tembloroso.

El plebeyo dice que su versión es la más creíble, pero tiene dudas de que todo sea verdad, afirmando el sacerdote ante ello que si los hombres no pueden confiar en los demás el mundo será un infierno, afirmando el plebeyo que lo es.

El llanto de un niño interrumpe su discusión, descubriendo a un niño abandonado en un cestito, robando el plebeyo un kimono y un amuleto que habían dejado junto al bebé, reprendiéndole el leñador por su actitud, respondiendo el plebeyo que cualquiera que lo hubiera encontrado habría hecho lo mismo, y que los que actuaron perversamente fueron sus padres, que tras fornicar dejaron abandonado al bebé, señalando el leñador que se equivoca, pues sus padres dejaron el amuleto para que protegiera al bebé, y que quizá los padres lo abandonaron porque no podían mantenerlo, no debiendo ser egoísta, señalando el plebeyo que si no eres egoísta no puedes sobrevivir.

El leñador se queja de que todo el mundo sea egoísta y deshonesto, preguntando el plebeyo si él no es deshonesto, preguntándole por el valioso puñal con diamantes incrustados, dando a entender que fue él quien lo robó, tras lo que lo golpea acusándolo de ser tan ladrón y tan egoísta como él antes de marcharse.

Se quedan solos el sacerdote, con el pequeño en brazos, y el leñador esperando que deje de llover, sin hablar entre ellos.

El niño rompe a llorar y el leñador trata de coger al bebé, preguntándole el sacerdote que si quiere quitarle lo poco que le queda, a lo que el leñador responde que todo lo contrario, pues tiene 6 hijos en casa y le da igual criar a 6 que a 7.

El sacerdote asegura sentirse avergonzado por haber pensado mal, a lo que el leñador responde que es él quien se avergüenza de sí mismo, pues no entiende lo que siente su corazón, diciéndole el sacerdote que debe darle las gracias, pues gracias a él puede mantener su fe en los hombres, tras lo que le entrega al pequeño con el que el leñador se aleja feliz, tras haber dejado de llover.

Calificación: 4