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Roma, ciudad abierta

Roma, città aperta (1945) * Italia

Duración: 100 min.

Música: Renzo Rossellini

Fotografía: Ubaldo Arata

Guion: Federico Fellini, Sergio Amidei, Roberto Rossellini (Historia: Sergio Amidei, Alberto Consiglio)

Dirección: Roberto Rossellini

Intérpretes: Aldo Fabrizi (Don Pietro Pellegrini), Anna Magnani (Pina), Marcello Pagliero (Luigi Ferraris / "Ingeniero Giorgio Manfredi"), Vito Annicchiarico (Marcello), Nando Bruno (Agostino / "Purgatorio"), Harry Feist (Mayor Fritz Bergman), Giovanna Galletti (Ingrid), Francesco Grandjacquet (Francesco), Maria Michi (Marina Mari), Carla Rovere (Lauretta), Eduardo Passarelli (Brigadier), Carlo Sindici (Comisionado).

Inspirada en los hechos y personajes de la crónica trágica y heroica de nueve meses de ocupación nazi.

Durante el armisticio de Cassibile los soldados alemanes ocuparon las calles italianas por las que se les podía ver cantando.

Los insistentes golpes en la puerta de una pensión romana alertan a uno de los inquilinos, que huye por la terraza mientras la mujer de la limpieza demora la apertura, para encontrarse con un grupo de soldados nazis de la Gestapo que preguntan por el ingeniero Giorgio Manfredi, diciéndoles la mujer, mientras algunos soldados registran las habitaciones, que no todas las noches va a dormir, al ser un joven soltero.

Cuando el encargado de la patrulla les pregunta si va mucha gente a visitarlo, su casera les dice que, desde hace algún tiempo, no va nadie.

Suena entonces el teléfono y lo coge el oficial al mando.

Al otro lado del teléfono una joven pregunta por Giorgio, haciéndose pasar el alemán por un amigo suyo, colgando la chica cuando pregunta el soldado con quién habla.

También suben a la terraza para buscarlo, aunque ya no encuentran a nadie, explicando la dueña de la pensión que el edificio de abajo es la embajada de España.

En el cuartel general de la Gestapo, el Mayor Fritz Bergman le explica al comisionado de la policía el que llama Plan Schroeder, por el que dividen la ciudad en 14 zonas, lo que les permite reagrupar científicamente grandes masas de hombres empleando las mismas fuerzas.

Le muestra tras ello la foto de un hombre que se hace llamar ingeniero Manfredi, señalando su interlocutor que ha escuchado ese nombre como el de uno de los cabecillas de la junta militar del comité de liberación nacional.

Bergman le cuenta que cada noche da un largo paseo por las calles de Roma sin salir de su despacho, pues le gusta la fotografía que retrata a la gente por sorpresa.

Un día fueron a verlo por un asunto, y él lo reconoció por haber visto ya su fotografía, que luego contrastó con otra enviada desde Berlín de un grupo de guerrilleros, viendo que uno de ellos se correspondía con el que se hace llamar Manfredi.

Se escuchan entonces unos gritos desgarradores, preguntando Bergman de qué se trata, a lo que le responden que comenzaron ya a interrogar al catedrático.

El comisionado le pregunta por la chica con la que sale en la foto, respondiéndole que se trata de la actriz de revista Marina Mari.

Entretanto, en otro barrio de la ciudad, Agostino el sacristán contempla un tumulto formado frente a una panadería, informándole el Brigadier que se trata de un asalto, asegurando que él es incapaz de reprimir a la turba, siendo informados por una mujer que les dice que el panadero es un sinvergüenza que tenía hasta pastelillos pese a decir que no tenía harina.

Poco después sale una conocida del brigadier, Doña Pina, que dice que no pueden morirse de hambre, y el sacristán, que poco antes señalaba que dado su cargo no podía hacer eso acaba por unirse a la turba.

El Brigadier acompaña a Pina a su casa ayudándole con la bolsa debido a su embarazo, dándole ella dos de sus barritas, señalando el hombre que no debería aceptarlas, pero que tiene tanta hambre atrasada que no puede rechazarlas.

Le pregunta tras ello a Pina si cree que llegarán los americanos diciendo ella que cree que sí, siendo interrumpidos mientras hablan por un vecino que le pregunta si tiene algo de estraperlo, recriminándole el Brigadier que le pregunte eso delante de él.

Cuando sube ve en su puerta a un hombre que dice estar buscando al tipógrafo Francesco, del que le dice, es amigo, preguntándole al ver su tripa si es Pina, diciéndole que Francesco siempre le habla de ella.

Comprendiendo que en efecto es un amigo y no un policía como creyó al principio, busca la llave de Francesco para que el hombre pueda esperarlo en la casa.

Una vez dentro le pregunta por Don Pietro, el párroco de San Clemente, mandando la mujer a su hijo Marcello para que vaya a buscarlo.

Entre tanto Pina le cuenta que acaban de saquear una panadería entre varias mujeres, y que es la segunda esa semana, aunque, le asegura, algunas mujeres se llevan más golpes que panecillos.

Entra entonces en la casa una joven que se queja porque no encuentra sus medias, reconociendo a Manfredi, que también la conoce y la saluda, y le pregunta por Marina, a la que la muchacha, Laura, dice verá después de comer en el teatro, pidiéndole el ingeniero que le diga que en varios días no podrá verla, pero que la llamará por teléfono si puede.

Cuando se va, Pina le cuenta a Francesco que Laura es su hermana, pero que se avergüenza de ella porque considera que es una artista y ellos unos simples obreros.

Le cuenta que también conoce a Marina desde que nació, pues su madre era portera en una calle donde su padre tenía una chatarrería.

Francesco le dice que su historia con Marina debe acabar y le cuenta que la conoció cuando llegó a Roma en una trattoria cercana a la Plaza de España donde solía comer.

Un día sonó la alarma y se fueron todos menos ellos dos, y al verla reírse, sin miedo, se enamoró de ella, aunque cree que no es una mujer para él.

En el patio, un grupo de muchachos juega al fútbol vigilados por un sacerdote, Don Pietro, que trata de jugar con ellos yendo de un lugar a otro sin tocar el balón.

Llega entonces Marcello a buscarlo y lo acompaña hasta su casa, señalando el niño que en esos momentos no puede perder el tiempo en el oratorio, como le indica el párroco, debiendo unirse todos contra el enemigo común, como les dice su amigo Remoleto.

Se cruzan por el camino con Agostino, que va cargado de panecillos, contando que se celebraba una fiesta y los regalaban, algo que Don Pietro no entiende.

En casa, Manfredi le dice a Pina que Francesco le dijo que iban a casarse, señalando Pina que sí, aunque con algo de retraso, tocándose el vientre, y señalando que la boda será al día siguiente y lo harán por la iglesia, aunque Francesco no quería, hasta que ella le dijo que era mejor que les casara Don Pietro, que es de los suyos a que lo haga un colaborador fascista en el juzgado, reconociendo que ella sí cree en Dios.

Pina le cuenta que trabajaba en la fábrica Breda hasta que entraron los alemanes y se quedaron con todo.

Cuando llega don Pietro, Giorgio le cuenta que tienen más de 500 hombres en la montaña Tagliacozzo a los que no pueden abandonar y tienen una cita para esa tarde en el puente Tiburtino y él no puede ir porque está fichado y es tras el toque de queda de las 5, siendo su misión entregarles una suma de dinero de parte de la junta militar.

Le dice que reconocerá al enlace porque se parará sobre el puente y silbará Mañanita Florentina

El párroco va tras ello al taller donde trabaja Francesco y le cuenta que las SS estuvieron en casa de Manfredi y que ahora se esconde en su casa, algo que Francesco ignoraba.

Don Pietro le dice que él le ofreció refugio en un convento, pero lo rechazó, porque entonces no lo tendrían en cuenta.

Francesco le presenta a su líder, compañero en la imprenta, entregándole este un millón de liras camufladas en varios libros de 1.000 páginas cada uno.

Marina se prepara en su camerino, tratando de tomar algo de un frasco que ve, con fastidio que está ya vacío, quedándole poco para salir al escenario, paseando nerviosa por la habitación cuando la visita Laura que le dice que lo visitó Manfredi y le cuenta el mensaje que le dio para ella.

Marina le pregunta cómo sabía dónde vivía, pues ella no se lo dijo, ignorándolo Lauretta, pues ella tampoco se lo dijo porque no le gusta que la gente sepa donde vive, aprovechando de hecho el momento para pedirle que la deje ir a vivir con ella hasta que encuentre otra habitación.

Le dice tras ello, al ver que no se encuentra bien, que no debería volver a tomarlo, pues sabe que le perjudica.

Llaman entonces a la puerta, apareciendo una mujer elegantemente vestida y que le dice que encontró lo que quería, observando la mujer la foto de Marina con Giorgio.

Pina visita a Don Pietro, aunque no está en casa, diciéndole Agostino que sabe que todo el lío de la panadería lo organizó ella.

Pina ve que se acerca la hora del toque de queda y se tiene que marchar sin ver a Don Pietro con el que quería confesarse, llegando entonces el sacerdote, que le dice que ya se confesará al día siguiente, pues tiene que salir a llevar unos libros al párroco de San Lorenzo, ya que los párrocos y los médicos y comadronas son los únicos que pueden salir con el toque de queda, saliendo juntos y cargando ella con los libros pese a las objeciones del sacerdote.

Pero al salir y pasar por la iglesia se topan con un soldado que le dice al párroco que quiere hablar con él, por lo que debe esperarlo Pina mientras hablan.

Una vez en la vivienda, el soldado saca su arma y abre una bala para entregarle algo escondido en ella de parte del párroco de Minturno un micromensaje.

El hombre le dice que no puede más. Que llega de Casino, que dice es un infierno.

Por el camino, Pina le cuenta que está avergonzada de tener que confesarse y casarse en esas condiciones, aunque cuando lo hizo no tuvo la impresión de hacer nada malo, pues estaba muy enamorada, y Francesco es una buena persona que podría haberse buscado a una mujer más joven y no a una viuda como ella con un hijo y sin recursos, que tuvo que venderlo todo para sobrevivir.

Don Pietro entrega poco después los libros a un hombre vestido de obrero que se acerca silbando la canción acordada.

De regreso a su casa, Francesco debe mostrar a los policías que patrullan, bromeando sobre una mujer que fue a pedir ayuda a uno de ellos, su carnet de tipógrafo, dejándole seguir hasta su casa.

Cuando llega a su portal oye algo y se esconde, viendo que se trata de Laura, que llega acompañada por un capitán alemán.

Cuando sube encuentra en su casa a su amigo Giorgio, que le dice que debe permanecer durante un tiempo lejos del centro, preguntándose él qué saben de él y cómo lo identificaron.

Francesco le cuenta que van a sacar 12.000 ejemplares de su periódico.

Les interrumpe Pina, preocupada porque Marcello no ha regresado, escuchándose en ese momento una explosión, tras lo que ven cómo un grupo de chicos corren para ocultarse, diciéndoles Remoleto que está orgulloso de ellos demás, tras lo que cada uno regresa a su casa, siendo todos regañados por sus padres, muy preocupados por su tardanza.

Marcello no es una excepción, formándose un gran revuelo por su tardanza y la de otro muchacho que vive en el mismo piso, saliendo Laura a quejarse, indicándole la dueña del piso que si quiere marcharse lo haga, señalando ella que paga su habitación con derecho a cocina como los demás.

Francesco va a hablar con Marcello y le pregunta a dónde les llevó Remoleto, aunque le dice que es un secreto.

El niño le pregunta si es cierto que desde el día siguiente podrá llamarlo papá, diciéndole él que si quiere sí, diciéndole que le quiere mucho.

Luego habla con Pina en la escalera, encontrándola muy disgustada debido a que se ha peleado con su hermana porque quiere marcharse y ni siquiera irá a su boda.

Se sientan luego en las escaleras a hablar, porque no quiere entrar debido a que está Giorgio en casa de Francesco y recuerdan el momento en que él llegó a vivir allí, señalando ella que entonces ni siquiera la saludaba cuando se cruzaban y pasaron ya dos años desde aquello y entonces pensaban ingenuamente que la guerra acabaría pronto.

Francesco le dice que no deben tener miedo porque tienen la razón y luchan por algo que llegará y verán un mundo mejor y lo conocerán sus hijos.

Marina vuelve a llamar a la pensión para preguntar por Francesco, aunque le aseguran que no saben nada de él.

El Comisionado vuelve a ver al Mayor Bergman, contándole este que Manfredi fue visto en el barrio Prenestino, donde esa noche estalló un vagón cisterna lleno de gasolina en el cruce ferroviario de la zona.

El Comisionado de la policía romana le dice que él también tiene noticias. Ha investigado y tiene la ficha de Manfredi, que en realidad se llama Luigi Ferraris, de Turín.

Capturado en Polonia en febrero de 1928 y condenado a 12 años por conspiración, se escapó del tren en que era trasladado y fue fichado también en París y en Marsella.

El Mayor asegura que le capturará, pidiéndole al jefe de la policía que no lo haga él, pues prefiere actuar a su manera.

Va a buscar en otra sala a Ingrid, que le dice, es funcionaria suya a la que le muestra la ficha policial de Manfredi pidiendo ella que le deje hacer a ella.

Al día siguiente, mientras Francesco y Pina se preparan para casarse se forma un gran revuelo en el barrio al llegar varios camiones cargados de soldados que empiezan a rodear la casa y van desplegándose por el barrio y pidiendo que saquen a todos los vecinos de sus casas y los lleven a la plaza.

Andreina, otra niña que vive en la casa con Marcello va a buscarlo a la iglesia, donde este ayudaba a adornar todo para la boda, contándole que los alemanes y los fascistas han ido a su casa.

Al escucharla, Marcello se dispone a ir hasta allí, diciéndole Don Pietro que irá él, viéndose Marcello obligado a confesarle que es necesario que vaya porque tienen escondidas varias bombas en la azotea.

Los más comprometidos corren para huir de los alemanes desde la lavandería, aunque Francesco se retrasa porque tiene que ir a casa de otro hombre para deshacerse de algunos documentos.

Los alemanes se extrañan de que en un edificio tan grande no haya más hombres que los enfermos y ancianos.

Llega entonces Don Pietro al que no desean dejar subir pese a que dice que va a ver a un enfermo al que tiene que dar la extremaunción, interviniendo el Brigadier pidiéndole que suba antes de que muera el anciano al que va a auxiliar, y aunque los alemanes dicen que bajaron a todos, incluidos los enfermos, el Brigadier les dice que quedó arriba un anciano paralítico.

Consigue el cura, auxiliado por Marcello, como monaguillo, subir hasta el desván, donde encuentran a Remoleto allí encerrado y que se niega a abrirles, asegurando que va a matarlos a todos desde allí con sus bombas, debiendo arrancarle el párroco los explosivos para evitar que provoque una masacre.

Pero pasados unos minutos el soldado que no quería dejarlo subir decide ir a investigar al moribundo, auxiliado por otros soldados.

Don Pietro y Marcello bajan corriendo las escaleras viendo que empiezan a subir los fascistas. Esconde la bomba y un fusil en la cama del anciano que al despertarse y ver allí al cura se asusta y le dice que él está bien y no necesita el viático y que no le importan ni los alemanes ni los fascistas.

Cuando llegan los soldados comprueban que en efecto el anciano no se mueve y el sacerdote reza junto a él.

Pero cuando se machan, Don Pietro trata de reanimar al viejo, riéndose Marcello por el sartenazo que le dio para que se callara.

Debido a que se retrasó por los papeles, Francesco es detenido, y al verlo, Pina, que estaba en la calle entre el resto de las mujeres y que estaba siendo sobada y acosada por un soldado alemán, sale corriendo hacia el camión en que se llevan a Francesco, sin que los soldados puedan retenerla, siendo en ese momento tiroteada por un soldado, ante lo que Marcello corre hacia ella gritando y llorando, yendo también el sacerdote a auxiliarla y darle la extremaunción.

En las afueras de la ciudad un partisano ve cómo se acerca la columna de los camiones alemanes y silba, preparándose el resto del grupo, con Luigi Ferraris a la cabeza, para atacarlos, consiguiendo sorprenderlos, permitiendo que los hombres que apresaron consigan escapar, haciéndose algunos de ellos con las armas de los alemanes caídos.

Tras conseguir liberar a su marido, Luigi y Francesco acuden al restaurante donde conoció a Marina, con la que se encuentran allí, y que reconoce haber estado yendo allí con la esperanza de encontrarle, aunque él no quiere darle demasiadas explicaciones y rechaza su ofrecimiento para que vayan a dormir a su casa.

El dueño de la Trattoria se acerca a Luigi y le cuenta que esa mañana detuvieron a Mazzetti, por lo que concluyen que alguien ha hablado y van a cazarlos a todos.

Mientras en la iglesia rezan por Pina, Luigi y Francesco se instalan finalmente en casa de Marina, que trata de animarlos poniéndoles jazz y ofreciéndoles una botella de Chianti, observando que Francesco tiene fiebre.

Llega entonces Laura borracha y ve que está allí Francesco y ríe pensando que Pina lo ha echado ya de casa la primera noche de casados, y que le cuenta a Marina, ignorando lo ocurrido, que ha discutido con su hermana y que no volverá a aquella casa.

Recibe entonces una llamada de Ingrid, que está con Bergman, y que le dice que esperaba que la llamara ella, explicándole que no está sola porque ha ido a vivir con ella Lauretta.

Mientras ella habla por teléfono Giorgio mira en su bolso, encontrando un frasco de morfina, diciendo ella que se la dio el dentista tras un fuerte dolor de dientes y que, aunque ya no le duele, lo lleva en el bolso para devolvérselo al dentista.

Luigi se lo guarda en el bolsillo y le dice que la acompañará cuando vaya al dentista, ante lo que Marina reacciona violentamente exigiéndole que se lo devuelva, y cuando lo hace, ella suaviza su tono y le dice que tiene miedo de que lo pierda con lo que cuesta.

Pero ve en sus ojos que no la cree y le pide que no la mire así, diciendo él que no la mira de ningún modo ni la juzga, pues no tiene ningún derecho sobre ella, ya que ha sido solo un hombre que ha pasado por su vida.

Ella cree que le reprocha haber sido uno de tantos amantes, que ella reconoce ha tenido para poder pagarse todo lo que tiene, ya que con su paga no podría haberlo hecho, ya que le da solo para medias y cigarrillos y esa es la vida.

Él le dice que la vida es como desee cada uno que sea, diciéndole ella que eso son solo palabras, pues ella ha conocido la miseria y le da miedo, y que si no hubiera hecho lo que hizo estaría casada con un simple tranviario y pasando hambre sus hijos y ella.

Luigi le pregunta si cree que la felicidad es tener una casa bien puesta, bonitos vestidos, una doncella y amantes ricos, respondiéndole que habría cambiado si la hubiera amado él de verdad, pero que es igual que los demás, o peor, pues los otros no la sermonean.

Cuando él sale entra Lauretta, que le dice lo escuchó todo.

Marina, que iba a llevar una pastilla a Francesco para la fiebre escucha cómo Luigi le dice a aquel que al día siguiente irán a ver a Don Pietro, que le ofreció ayudarle a esconderse en un convento durante algún tiempo, escuchándolo Marina.

Pero Francesco no desea seguir sus pasos, pues piensa que debe trabajar más que antes, ante lo que Luigi le dice que debería dejarlo durante un tiempo, pues en su estado su actividad sería desesperada y más perjudicial que útil, y tendrá tiempo de reincorporarse a la lucha, que será larga y acaba de empezar.

Cuando ya todos duermen, Marina llama por teléfono a Ingrid.

Al día siguiente Luigi acude a ver a Don Pietro, que le ha preparado una nueva tarjeta de identidad, según la cual ahora se hará llamar Giovanni Episcopo, viendo que además de él hay allí también un desertor austriaco que les acompañará, indicando el párroco que habló ya con el prior del convento y los espera.

Antes de marcharse Francesco se despide de Marcello, al que le dice que no se verán en algún tiempo, pero que volverá y estarán juntos ya para siempre.

El niño lo llama papá y le entrega su bufanda, que le regaló su madre.

Cuando sale Francesco puede ver cómo varios coches se detienen junto a los compañeros que le preceden e introducen a Don Pietro, a Luigi y al desertor austriaco en los coches, pudiendo él salvarse gracias a ese pequeño retraso de la despedida.

Recibe entonces una llamada Bergman, que le dice a Ingrid que sus informaciones eran exactas, por lo que la felicita, entregándole otro frasco de morfina.

En el cuarto de al lado Ingrid encuentra a Marina abatida, por lo que le regala un elegante abrigo, confirmándole que ya arrestaron a Giorgio, aunque no le harán nada malo, pues solo quieren ciertas informaciones y tras recibirlas lo dejarán libre.

Ingrid le pregunta si lo ama, diciendo ella que no ama a nadie, preguntándole la mujer por qué está tan esquiva, pidiendo Marina que la deje marchar, diciéndole que se quedará con ella, metiéndole la morfina en el bolsillo, aunque ella dice que no quiere más y pide que la deje marcharse mientras llora preguntándose qué ha hecho.

Los detenidos son llevados al cuartel, siendo introducidos a empujones en una celda, cayendo Don Pietro al que se le rompen las gafas, aunque antes de ser encerrados pudieron ver cómo llevaban a un hombre medio muerto por las torturas.

Luigi se disculpa por la detención, pues piensa que fue por su culpa, aunque el párroco piensa que pudo ser lo contrario, pues cree que lo seguían a él.

Desde su celda escuchan los gritos de la gente a la que torturan.

El Mayor recibe las cosas que encontraron en la habitación del cura y los documentos de los detenidos, falsificados, y le pregunta a los que lo trajeron si los vio alguien al registrar la sacristía, indicando que solo el sacristán y un niño, que estaban tan muertos de miedo que no se atreverán a hablar, indicando el Mayor que se equivoca, que hablarán.

En su celda, Luigi comenta que lamenta su detención, pero a la vez siente cierta calma, señalando el sacerdote que lo comprende. No así el austriaco, que les dice que están locos. Sabe que hay vidas humanas que dependen de su silencio, pero no cree que sean capaces de resistir sus torturas, pues convierten en cobardes a los valientes.

Fuera señalan que tienen que conseguir que hablen antes del levantamiento del toque de queda y de que su detención sea conocida, disponiendo de 5 horas.

Luigi le da las gracias al sacerdote por todo lo que ha hecho por ellos antes de ser llevado ante Bergman.

Cuando le pregunta cómo se llama le dice que Giovanni Episcopo, que es de Bari y comerciante en aceite y vinos.

El Mayor le dice que sabe todo sobre él, su verdadero nombre y su actividad política y que es uno de los cabecillas de la junta militar del comité de liberación nacional, unidos al centro militar badoliano, y cómo desea conocer todos los detalles sobre dicha organización es el hombre adecuado para dárselos.

Luigi le dice que sabe que han pasado por allí antes que él generales italianos y que han pagado con su vida su silencio, por lo que él no los traicionará.

Berman le dice que sabe que los italianos de cualquier partido tienen mucha retórica, pero que está seguro de que antes del amanecer se pondrán de acuerdo.

Le ofrece un cigarrillo y hace que se lo lleven al cuarto de al lado.

Pide tras ello que lleven al cura al que le muestran el material que encontraron en su cuarto, diciéndole que parece evidente que su finalidad era atentar contra el Reich y sus fuerzas armadas, echándole en cara que facilite identidades falsas a italianos y desertores, a lo que el sacerdote le responde que solo trata de ejercer la caridad.

El Mayor le dice que es un traidor que debe ser juzgado según las normas del III Reich, diciéndole el sacerdote que será lo que Dios quiera.

Le dice que él sabe que su amigo es el cabecilla de una organización militar y si habla o convence a su amigo cumplirá con su deber de sacerdote.

Le señale que los sabotajes violan los derechos de una fuerza ocupante, garantizados por los tratados internacionales, señalando que los francotiradores deben ser entregados a la justicia.

El sacerdote se dice impresionado por sus palabras, pero tiene una dificultad, que es que no sabe nada que pueda contar y lo poco que sabe lo escuchó en confesión, y esos secretos deben morir con él.

De su amigo dice que solo sabe que es un hombre que necesitaba de su modesta ayuda.

Bergman le dice que su amigo es un subversivo y un sin dios, señalando el sacerdote que en su opinión quien combate por la justicia y la libertad camina por los senderos del Señor, que son infinitos.

Bergman le dice que no tiene tiempo que perder si está decidido a no hablar o al menos a tratar de convencer a su compañero para evitarle sufrimientos que ni se imagina, diciéndole el sacerdote que sí se los imagina, pero que si es el hombre que él ha señalado, será inútil tratar de convencerle.

Bergman le asegura que su amigo hablará, señalando el sacerdote que no lo cree y que rezará por él, aunque Bergman le asegura que no obtendrá buenos resultados.

Y esta vez deja la puerta de al lado abierta para que el sacerdote pueda ver las salvajadas que van a hacerle, entrando entonces un soldado para anunciar que los traidores fueron colgados, para consternación del párroco que reza.

Bergman anuncia que él se irá al salón mientras interrogan a Luigi, viendo Don Pietro que los torturadores tienen un soplete, látigos y numerosas herramientas capaces de infligir dolor, escuchando entonces los gritos de Ferraris.

Entretanto, en el salón, Bergman se reúne con otros oficiales que disfrutan de la música de un piano y donde otros juegan a las cartas y beben.

En un sofá está también Ingrid, en cuyas piernas descansa Marina.

Un oficial le pregunta a Bergman si tiene mucho trabajo esa noche, contándole este que tiene que conseguir hacer hablar a una persona que apresaron, habiendo un cura que asegura que el hombre no hablará porque rezará por él.

Le pregunta su colega qué pasará si no habla, asegurando Bergman que eso es imposible, pues si no habla significa que no habría diferencias entre la sangre de una raza inferior, la italiana y la superior, alemana.

Hartmann, su interlocutor, le dice que 25 atrás mandaba los regimientos de ejecución en Francia, cuando era un joven oficial y pensaba como él, que los alemanes pertenecían a una raza superior, pero los franceses preferían morir a hablar, asegurando que nunca entenderán que los pueblos quieren vivir libres.

Bergman le dice que está ebrio, respondiéndole Hartmann que sí, que ha bebido y que se emborracha cada noche para olvidar y cada vez ve más claro que no saben hacer otra cosa que matar y que han cubierto Europa de cadáveres y que de esas tumbas crece lentamente el odio, y serán aniquilados por el odio y morirán sin esperanza.

Bergman le dice que deje de hablar y no olvide que es un oficial alemán.

Entran entonces para decirle que el preso no ha hablado y que sus torturadores indican que ha alcanzado una insensibilidad total, decidiendo ir Bergman personalmente a comprobarlo, viendo que ha perdido el conocimiento, por lo que, le dicen, deben esperar a que se recupere un poco, aunque Bergman dice que no hay tiempo, sugiriéndole uno de los torturadores la utilización de métodos psicológicos.

Luigi está ya muy mal debido al maltrato recibido, debiendo ponerle una inyección para reanimarlo.

Bergman le dice que valora su muestra de valentía y espíritu de sacrificio, pero debe comprender que es imposible continuar.

Le dicen que él es comunista y su partido ha hecho un pacto con las fuerzas reaccionarias y unidos luchan contra ellos, pero debe saber que cuando la guerra acabe dejarán de ser aliados, asegurándole que si da el nombre de sus adversarios le garantiza la inmunidad de su partido.

Pero Luigi le escupe, ante lo que Bergman reacciona golpeándolo con el látigo y pidiéndole a sus sicarios que continúen, aplicándole estos el fuego del soplete.

Entra Ingrid en su despacho y le dice que ya le advirtió de que no hablaría tan fácilmente, viendo cómo lo recogen entre tres hombres, ya incapaz de tenerse en pie.

Empiezan tras ello a arrancarle las uñas, fumando Ingrid y Bergman tranquilamente mientras el preso grita.

Lleva entonces al sacerdote al cuarto de torturas y le pregunta si es esa es su caridad cristiana por su hermano en Cristo, al no impedirle que le hagan daño, prefiriendo verlo reducido a una piltrafa antes que hablar, diciéndole que es un hipócrita y que no se salvará y que los destruirán a todos.

Don Pietro, sin escucharle, mira compasivo a Luigi y le dice unas palabras de consolación: "no has hablado", antes de que muera, tras lo que lo bendice y le dice a Bergman que se ha terminado. Que querían su alma y destruyeron su cuerpo, y los maldice, diciéndoles que serán aplastados en el lodo como lombrices, tras lo que llora desconsolado y pide perdón a Dios por lo que ha dicho, rezando de rodillas.

Entra Marina en ese momento riendo con Hartmann al ver al sacerdote, pero al ver lo que hicieron con Luigi grita y se desmaya.

Bergman dice que el cura ha dado al traste con sus planes.

El oficial médico le pregunta qué pone en el parte de defunción, señalando que deben poner ataque al corazón y que lo registre como Giovanni Episcopo, pues no desea que haya un nuevo mártir.

A Marina la dejan allí en el suelo, quitándole Ingrid el abrigo que antes le regaló, diciendo que así podrá volverlo a utilizar.

Hartmann vuelve a repetir: "no somos una raza superior".

Al mediodía un pelotón de ejecución espera, anclando una silla al suelo.

Poco después llega una furgoneta con Don Pietro y otro sacerdote que reza con él, asegurando el párroco que no es difícil morir bien, que lo difícil es vivir bien.

Le colocan en la silla al revés para ser fusilado por la espalda.

En la valla cercana un grupo de niños, sus alumnos, serán testigos de la ejecución y silban para que el sacerdote les escuche.

Cuando les ordenan disparar, los soldados apuntan al suelo, debiendo ser el oficial, cuando todos se niegan a volver a disparar, quien acabe con el sacerdote con su pistola.

Los niños abandonan compungidos el lugar hacia su barrio tras ser testigos de la muerte.

Calificación: 5