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Silencio
Silencio

Silence (2016) * USA / Taiwán / México

Duración: 159 min.

Música: Kim Allen Kluge, Kathryn Kluge

Fotografía: Rodrigo Prieto

Guión: Jay Cocks, Martin Scorsese (Novela: Shusaku Endo).

Dirección: Martin Scorsese

Intérpretes: Andrew Garfield (Sebastião Rodrigues / Okada San'emon), Adam Driver (Francisco Garupe), Shinya Tsukamoto (Mokichi), Liam Neeson (Cristóvão Ferreira / Sawano Ch?an), Tadanobu Asano (Intérprete), Ciarán Hinds (Alessandro Valignano), Issey Ogata (Inoue Masashige), Yoshi Oida (Ichizo), Y?suke Kubozuka (Kichijiro), Nana Komatsu (Mónica / Haru), Ryo Kase (João / Chokichi).

1633. El jesuita padre Cristoväo Ferreira narra en una carta los terribles acontecimientos de que ha sido testigo en Japón.

Recuerda las torturas a que fueron sometidos cuatro frailes y un hermano jesuita junto a otros japoneses que se negaban a apostatar del catolicismo.

Recuerda cómo fueron llevados a la ladera de Unzen, una montaña llena de manantiales termales donde les lanzaban el agua termal hirviente, de unas fuentes que llamaban infiernos, primero sobre la cara y luego por el resto del cuerpo.

Les ataban luego a postes y utilizaban cazos con agujeritos para lanzarles el agua por el cuerpo de modo que cayeran lentamente y que el dolor se prolongara para tratar de obligarles a abandonar el Evangelio, y aunque ellos mismos les pedían que apostatasen para librarse de las torturas ellos se negaban a hacerlo.

Recuerda que algunos aguantaron la tortura durante 33 días, dándoles fuerza para resistir, aunque ahora ocultos.

Unos años más tarde, en 1637, el Padre Alessandro Valignano les lee esta carta a dos jesuitas recién llegados de Portugal, al Colegio de São Paulo de Macao, el Padre Sebastiäo Rodrigues y el Padre Francisco Garupe.

Valignano les explica que esa carta es la última que recibieron de Ferreira, el que fue su mentor, habiendo recibido noticias de que Ferreira apostató algún tiempo después, viviendo desde entonces como un japonés, estando incluso casado.

Pero los jóvenes sacerdotes no quieren creerlo, pues Ferreira arriesgó su vida por difundir la fe en Japón y era el más fuerte de ellos, por lo que creen debe ser un bulo.

Pero Valignano les explica que desde entonces las cosas están peor. Hay miles de muertos y otros miles que renunciaron a su fe.

Preguntan qué significaría eso para los Jesuitas y para quienes creen en lo que predican, por lo que piensan que deben ir a buscarlo, lo cual era su misión, negándose su superior a que vayan, ya que ha habido decenas de miles de ejecutados, la mayoría de ellos decapitados, aunque ellos insisten en que no pueden abandonar al hombre que les alimentó en la fe y cuya alma quieren salvar.

Vista su perseverancia decide permitirles que vayan, aunque advirtiéndoles que en cuanto pisen suelo japonés correrán un gran peligro, asegurándoles que serán los dos últimos sacerdotes que envíen.

El 25 de mayo de 1640 escriben a Valignano para contarle que consiguieron un junco chino que les llevará a Japón con un guía japonés que habla su idioma, aunque cuando lo ven observan que se trata de un alcohólico que además niega ser cristiano, pues asegura que estos mueren en Nagasaki, aunque acaba aceptando acompañarlos para poder regresar a su país, aunque está tan borracho que no confían mucho en él.

Parten en el junco, reflexionando sobre lo ocurrido durante los 20 años que duró la persecución y la abundante sangre derramada, hasta que finalmente avistan tierra y llegan a lo que Kichijiro asegura que es Japón.

Una vez que llegan a tierra les lleva hasta un lugar lleno de cuevas y sale corriendo, perdiéndolo de vista.

Pero poco después aparece un anciano con una antorcha, asustándose al verlo, aunque entonces se santigua ante ellos al reconocerlos como sacerdotes, saliendo un grupo mayor de personas que los llevan hasta un lugar seguro, pues le dicen que hay más ejecuciones que nunca y acabarán con ellos si saben que son cristianos, dándoles comida cuando llegan.

Les cuentan que están en la aldea de Tomogi y preguntan cómo pueden vivir como cristianos, contándoles ellos que rezan en secreto y tienen su Jiisama, su líder en la devoción, que es el anciano al que vieron primero y que bautiza a los niños, único sacramento que pueden realizar.

Les dicen que ignoran si hay otros pueblos donde haya cristianos, pues no pueden confiar en nadie, pues todos temen al inquisidor Inoue-sama, pues dan 100 monedas de plata a quien los denuncie y 300 por un sacerdote.

Les piden que avisen a otras aldeas de su llegada, y le preguntan si conocieron al padre Ferreira, aunque no fue así.

Los sacerdotes se preguntan al ver cómo viven por qué tienen que sufrir tanto, siendo llevados tras ello hasta una cabaña segura en la montaña, indicándoles que solo abran si llaman de determinada manera, y en caso contrario se oculten en un refugio secreto bajo el suelo.

En la cabaña deben permanecer escondidos no pudiendo bajar al pueblo hasta la noche, atendiendo entonces a sus fieles y confesándolos, debiendo decir la misa como los antiguos cristianos en las catacumbas.

Su labor es muy intensa, pero el Padre Rodrigues piensa que deben salir de allí e ir a Nagasaki para poder cumplir su misión y tratar de encontrar al padre Ferreira.

Un día deciden salir y tomar el sol y correr con el riesgo que eso supone, viendo cómo son observados por varias personas, por lo que, aprovechando un momento de niebla corren de nuevo a ocultarse en la casa, en el habitáculo secreto.

Escuchan entonces que alguien los llama padres, pero no es la señal acordada, por lo que no contestas pese a que les dicen que son cristianos y que les necesitan.

Como insisten, el Padre Rodrigues decide salir, viendo fuera a dos japoneses que le piden que vaya a su pueblo donde los fieles están perdiendo la fe por carecer de misa y confesión, contándoles que sabían que estaban allí porque se lo dijo Kichijiro, que es, como ellos de la isla de Goto, desde donde caminaron largos días, teniendo los pies destrozados.

Les confirman así que Kichijiro era creyente, aunque renegó de su religión 8 años antes ante el inquisidor, tras ver cómo mataban a toda su familia.

Deciden que deben ir a Goto y auxiliar a sus fieles, en contra de la opinión de los habitantes de Tomogi, que les piden que al menos uno de ellos se quede allí, decidiendo que sea el Padre Rodrigues quien vaya con ellos.

Recibido con gran alegría por el pueblo, los fieles recibieron nuevas esperanzas pudiendo volver a la misa, llegando además otros muchos cristianos desde lejanos lugares y atravesando montañas para poder acudir a recibir la comunión, siendo allí donde escuchó por primera vez a un anciano que dijo haber conocido al padre Ferrerira, que creó un sitio para los niños y enfermos en Shinmachi, aunque mucho tiempo atrás.

Rodrigues les reparte rudimentarias cruces hechas por él, y cuando se queda sin nada les va entregando las cuentas de su rosario, aunque Kichijiro no la coge.

Bautizó a más de 100 adultos y niños y escuchó muchas confesiones, estando feliz.

Kichijiro le dice que no aceptó la cuenta del rosario porque no lo merecía, pues renunció a Dios y que pisoteó a Jesús.

Recuerda que los suyos no lo hicieron y, envueltos en fardos de paja les prendieron fuego y les vio morir, junto con otros cristianos que no quisieron renunciar a su fe.

Cuando los vio a él y al padre Garupe pensó que Dios lo había vuelto a aceptar, pues en sus sueños el fuego ya no es tan brillante, aceptando el Padre Rodrigues confesarlo.

Los 6 días en Goto le hicieron sentir que su vida tenía valor y que podía ser útil.

Pero entonces llegaron noticias de Tomogi que le informan de la llegada de los hombres del inquisidor, por lo que deben ocultarlo.

Pueden ver desde la montaña, donde se ocultan cómo detienen a Ichizo, el anciano líder de la comunidad cristina, preguntando al resto de la población por los cristianos, y mostrándoles la plata que tiene para pagar a los delatores.

Les señalan tras ello que regresarán en tres días y si no tienen información volverán a detenerlo junto con otras tres personas más a las que llevarán a Nagasaki.

Los sacerdotes les dicen que se irán para no ponerlos en peligro, y se ocultarán en la isla de Goto, aunque les hacen ver que allí pasará lo mismo.

Reunida la comunidad, Ichizo señala que deben elegir a tres personas más, presentándose Mokichi y otro hombre voluntarios, pero ningún otro desea hacerlo, proponiendo un hombre elegir a Kichijiro, que no es de allí.

Cuando les preguntan cómo deben actuar Rodrigues les da permiso para pisotear la imagen del señor, algo que ellos no contemplaban.

Antes de marcharse rezan con ellos, sorprendidos por la fe de Mokichi, debiendo reconocer los sacerdotes que son las criaturas más devotas en la tierra y se preguntan por qué las pruebas son tan duras.

Cuando regresan los inquisidores les piden a los cuatro elegidos que pisoteen la imagen sagrada, algo que hacen todos ellos tal como les recomendó el padre Rodrigues, pero no se quedan tranquilos con esa prueba y les piden que escupan a un crucifijo y que digan que la Virgen es una puta, algo que solo se atreve a hacer Kichijiro, que gracias a ello es puesto en libertad, mientras que los otros tres fueron llevados por los inquisidores y crucificados frente a la playa. Atados en una cruz y con los pies sujetos en otro madero, permaneciendo en la playa observados por todo el pueblo, debiendo permanecer atados mientras sube la marea y son golpeados por las olas y se ahogan lentamente, tardando Mokichi 4 días en morir, cantando un himno católico antes de ello.

Una vez muertos les vigilaron para que ninguno pudiera recibir entierro cristiano, tras lo que les quemaron y lanzaron sus huesos al mar para que no pudieran ser venerados.

Ante eso el Padre Rodrigues se pregunta cómo puede explicar el silencio de Dios ante tal sufrimiento.

Sabiendo que los guardias los buscan por las montañas, deciden separarse, diciéndole Garupe a Rodrigues antes de despedirse que espera tener su fortaleza, pues piensa que esos hombres murieron por su culpa.

Rodrigues volvió a Goto, observando al llegar que la población estaba abandonada y llena de gatos monteses, afirmando sentirse tentado por la desesperación y por el silencio, temiendo estar rezando a la nada, diciendo que si Garupe y él mueren morirá con ellos la iglesia japonesa.

Tropieza y se cae, topándose de nuevo con Kichijiro, que le dice que ese sitio es peligroso y le han puesto a su cabeza un precio de 300 monedas de plata.

Kichijiro reconoce que él no es fuerte como Mokichi y se pregunta cuál es el sitio de un hombre débil en un sitio como ese, volviendo a confesarse.

Continúan su camino juntos, sintiéndose Rodrigues mal, aunque se lo atribuye a un pescado que comió demasiado salado, teniendo mucha sed, por lo que cuando llegan a un arroyo corre hasta el agua, donde ve su rostro reflejado, apareciéndosele en el agua el rostro de Cristo, viendo al levantar la cabeza cómo llegan los inquisidores, que lo rodean y lo detienen.

Desde lejos Kichijiro grita pidiéndole perdón, mientras el inquisidor le lanza las monedas prometidas.

Es llevado hasta una celda hecha de madera donde es retenido junto a 5 cristianos más a los que les pregunta por qué están tan tranquilos si están a punto de morir, diciéndole estos que el padre Joan les dijo que si morían irían al Paraíso, donde no tendrán hambre, ni tendrán que trabajar duro ni dolor, ni tendrán que pagar impuestos.

El inquisidor les dice que no le odian, pero que tiene que pensar como ellos, dándole tiempo para pensarlo y cambiar de opinión, llevándose a todos, menos a él y que depende de él que sean liberados renegando de su fe, asegurando que no lo matarán, ya que han comprendido que es un error matar sacerdotes.

Le ponen a un intérprete que domina japonés y portugués, recordando que le enseñó este idioma el Padre Cabral, del que dice que le enseñó su idioma, pero que él no quiso aprender su idioma y sus costumbres.

Este hombre le pide que apostate para que los presos no acaben desangrándose en la cantera y le habla de Ferreira, que le dice ahora es muy conocido en todo Japón, pues tiene mujer japonesa y le estiman mucho en Nagasaki.

Es llevado junto al resto de los presos hasta Nagasaki, donde vuelve a ver a Kichijiro, al que le pide que deje de seguirlo.

Dentro de su jaula puede seguir confesando a los demás, incluso a algunos de sus guardias, habiendo perdido su miedo y piensa que Jesús no le abandonará.

Le interrogan sobre su estado de bienestar allí, porque el gobernador de la región ha preguntado.

Le explican que no quieren hacerle sufrir, pero que su religión no es útil ni de valor allí y supone un gran peligro, a lo que él le contesta que les han llevado la verdad, sabiendo que ni él cambiará de opinión, ni ellos tampoco y piden que le lleven al inquisidor Inoue-sama, riendo todos los que le escuchan, pues es el hombre que le habló cuando le detuvieron y al que tiene delante.

Vuelva a aparecer Kichijiro que dice que le engañaron y que no le traicionó por dinero, siendo nuevamente detenido, aunque todos los demás prisioneros se alejan de él al pensar que puede ser un infiltrado, pese a lo cual él insiste en volver a confesarse.

Kichijiro se pregunta por qué ha nacido en ese momento y no antes, cuando los cristianos no eran perseguidos, volviendo a confesarse y a pedir perdón por ser tan débil, reconociendo tener miedo y no ser digno de Jesús.

Vuelven a reunir a los detenidos y a pedirles que pisoteen la figura de Jesús y serán libres, aunque son incapaces de hacerlo, tras lo que les piden a todos que regresen a la celda, excepto a uno de ellos, al que decapitan ante el griterío de todos los demás presos aterrorizados.

Les dicen que podrán evitar acabar así haciendo lo que hará otro apóstata, llevándoles a Kichijiro, que la pisotea sin dudarlo, quedando nuevamente en libertad.

Rodrigues no puede evitar llorar al ver lo sucedido, siendo llevado nuevamente ante el inquisidor que trata de decirle que su país y el resto de los cristianos deben dejarlos con su cultura.

Un día lo llevan hasta la playa, colocándolo en un lugar desde donde puede ver cómo se acerca una comitiva en la que le explican va otro portugués como él, viendo que se trata de su compañero el padre Garupe, que también fue detenido junto con otros cristianos.

Le cuentan que le dijeron que él había apostatado, viendo desde su posición cómo envuelven en fardos de paja a los campesinos que llevan junto con el sacerdote mientras le piden a él que apostate para evitar que mueran, asegurándole que si lo hacen quedarán los cuatro en libertad.

Le dicen que todos ellos pisaron la imagen y negaron su fe, pero quieren que lo haga el padre Garupe.

Rodrigues le pide que apostate y niegue su fe, aunque este ni le escucha ni le ve, viendo cómo lanzan a los campesinos al agua y Garupe nada hacia ellos para tratar de salvarlos mientras Rodrigues trata de decirle que no lo haga.

Él trata de sacarlos a flote, pero desde las barcas los empujan hacia el fondo, y al padre, agarrado a uno de ellos con él, muriendo también ahogado.

Le dicen que Garupe fue valiente, no como él, que no merece que le llamen sacerdote.

Él se pregunta por qué Dios lo ha abandonado, aunque recuerda que eso mismo dijo su hijo en la cruz, empezando a mostrarse alocado.

Entran a buscarlo al día siguiente, siendo llevado a un templo budista, donde podrá hablar con el padre Ferreira, ahora llamado Sawano Chuan.

Este fu colgado boca abajo, manteniendo la cabeza metida en un pozo entre dos tablas, lo que llaman la cantera.

Aparece este, que al verlo se mantiene en silencio sin saber qué decir.

Él recuerda que fue su profesor, confesor y maestro, asegurándole que sigue siendo el mismo, aunque ahora pasa el día escribiendo sobre astronomía, asegurando que le alegra ser útil en ese país con sus conocimientos, preguntándole si es feliz, a lo que él dice que sí, recordándole que además está escribiendo otro libro sobre los errores del cristianismo, refutando las enseñanzas de Dios.

El intérprete le anima a apostatar, asegurándole que en el fondo budismo y cristianismo dicen lo mismo y hay muchas cosas que pueden compartir.

Ferreira le habla de la cantera. Le muestra una incisión que le hicieron detrás de la oreja para evitar que al estar boca abajo sobre un hoyo de heces la sangre se le subiera a la cabeza y muriera pronto.

Lo mantuvieron así durante días y acabó pisoteando la imagen de Jesús y apostatando, animando a Rodrigues a que haga lo mismo, pues es el último sacerdote que queda en Japón y desean cerrar la cantera.

Ferreira le dice que su religión no echará nunca raíces en ese país, pues es como un pantano, aunque Rodrigues le dice que en su época y en la de Francisco Javier floreció, aunque el Padre Ferreira le dice que nunca creyeron de verdad y mientras ellos predican la resurrección del hijo de Dios al tercer día, para los japoneses su Dios es el sol que sale cada día y no pueden concebir su idea del Dios cristiano.

Él insiste en que ha visto a muchos hombres morir, y no cree que no hicieran por nada, asegurándole el padre Ferreira que han muerto por él, diciéndole que está intentando justificar su propia debilidad.

Ferreira asegura que la naturaleza humana no se puede mover y encuentran su verdadera naturaleza en Japón y quizá eso sea conocer a Dios.

Rodrigues le dice que es una deshonra, contándole él que ahora tiene un nombre japonés, mujer e hijos que heredó de un hombre ejecutado.

Vuelve a ser solicitada su presencia en la oficina del inquisidor, viendo mientras le llevan por las calles repletas de gente cómo la gente le insulta.

El intérprete le dice que el inquisidor dijo que apostataría esa noche. Que acertó con Ferreira y lo hará con él.

Mientras permanece encerrado vuelve a aparecer Kichijiro pidiendo confesión y perdón.

Escucha gritos y lo que parecen ronquidos y pide que cese el ruido, apareciendo el padre Ferreira que le explica que los gritos que escucha son cinco cristianos colgados boja abajo en la cantera.

Ferreira le dice que él también estuvo encerrado allí, y que las palabras escritas en la pared que vio antes, "Laudate Eum" las talló él antes de ser torturado.

Rodrigues le dice que no tiene derecho a hablarle, diciéndole Ferreira que él está sufriendo y recuerda a Jesús en Getsemaní y compara las pruebas sufridas por él con las suyas, y que los 5 que están en el foso están sufriendo esa misma prueba, pero no son capaces de compararse con Jesús porque no tienen su orgullo y le pregunta si tiene derecho a hacerles sufrir, diciéndole que él escuchó esos mismos gritos y actuó, aunque Rodrigues cree que solo trata de justificarse, diciéndolo Ferreira que rezando por ellos solo conseguirá hacerlos sufrir más y recuerda que él también rezaba, pero que eso no servía de nada y le pide que rece si lo desea, pero con los ojos abiertos.

Cuando le sacan ve a las cinco personas que están colgadas boca abajo y le señala que Dios está en silencio, pero él no tiene que estarlo,

Rodrigues les pide que apostaten, diciéndole Ferreira que ya lo hicieron muchas veces y que están allí por él y que un sacerdote debe actuar imitando a Cristo, y que este si estuviera en su lugar habría actuado.

Rodrigues dice que Cristo está allí, mientras Ferreira le pide que salve las vidas de las personas a las que Cristo ama, y que es más importante que la opinión de la iglesia.

Le ponen delante la imagen de Cristo para que la pisotee, diciéndole el intérprete que se trata solo de una formalidad.

Le parece escuchar entonces la voz de Cristo pidiéndole que lo pisotee y recordándole que él nació en este mundo para compartir el dolor de los hombres y por eso llevó su cruz, por lo que pisa la figura y luego se derrumba mientras el inquisidor lo observa.

Salva así la vida de los católicos mientras Ferreira lo consuela.

Recuerda Dieter Albrecht, médico de una gran empresa comercial holandesa, que fue durante su primer viaje a Japón, en 1641 cuando se encontró esa extraordinaria historia.

Recuerda que hizo un diario, pero que ninguna de sus historias fue tan importante como la de los sacerdotes apóstatas, narrando las cosas de aquel país.

El Padre Ferreira y Rodrigues revisaban las mercancías que llegaban de Europa tratando de encontrar imágenes cristianas ocultas, aunque algunas se colaban.

En aquel tiempo los holandeses eran los únicos europeos que comerciaban con Japón.

Cuando Ferreira murió continuó su labor Rodrigues que acabó dominando el idioma, pareciendo estar en paz con su situación.

Adopta, como Ferreira, un nombre japonés, Okada San'emon así como la mujer e hijos de un hombre muerto.

El inquisidor sabía de la existencia de algunos lugares donde pueden seguir habiendo cristianos, como en Goto, pero la raíz está cortada y ya no hay peligro, diciéndole que no fue él quien le derrotó, sino el pantano de Japón, donde no crece nada.

Okada San'emon siguió viviendo allí el resto de su vida y cumplió cada vez que le pedían pruebas de apostasía.

Sigue viendo a Kichijiro, que le sigue llamando padre y que le pide que escuche su confesión, asegurando que sigue sufriendo por lo que hizo y le recuerda que es el último sacerdote que hay en Japón.

Habla con Dios y le dice que ha luchado contra su silencio, diciéndole que ha estado a su lado y nunca ha estado en silencio, señalando él que fue en el silencio donde escuchó su voz, pues todo lo que ha hecho habla de él.

El inquisidor seguía haciendo controles periódicos de todo lo que creía podía ser cristiano, debiendo el mismo o Kichijiro volver a apostatar, pese a lo cual le encuentran un crucifijo dentro de un collar. Él dice que lo adquirió en una apuesta y que no sabía qué ocultaba dentro la cruz.

Albrecht hizo su último viaje en 1682, y volvió a pregunta por el sacerdote, del que le contaron que no volvió a hablar de Dios ni rezó, ni siquiera cuando murió.

Tres guardas vigilaron su ataúd hasta que se lo llevaron, pudiendo visitarlo solo su esposa brevemente.

El cuerpo fue tratado según el rito budista y se le coincidió un nombre budista póstumo.

Pero no vieron que llevaba una pequeña cruz entre sus manos.

Calificación: 2