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Todos a la cárcel
Todos a la cárcel

España (1993)

Duración: 99 min.

Música: Luis Mendo y Bernardo Fuster

Fotografía: Alfredo Mayo

Guión: Luis García Berlanga y Jorge Berlanga

Dirección: Luis García Berlanga

Intérpretes: José Sazatornil (Artemio Bermejo), José Sacristán (Luis Quintanilla), Agustín González (Vicente), Juan Luis Galiardo (César Muñagorri), Manuel Alexandre (Modesto), Rafael Alonso (Falangista), Marta Fernández Muro (Matilde), José Luis López Vázquez (Padre Rebollo), Eusebio Lázaro (Alcázar), Torrebruno (Luigi Tornicelli), Chus Lampreave (Chus), Miguel Rellán (Perales), Joaquín Climent (Damborenea), Amparo Soler Leal (Elvira), Antonio Resines (Mariano), Guillermo Montesinos ("Pajarito"), Inocencio Arias (Casares), José Luis Borau (Capellán), Luis Ciges (Ludo), Antonio Gamero (Cerrillo), Francisco Maestre (Iñaki), Aitor Mazo (Azuara), Germán Montaner (Rogelio), Mónica Randall (Sonsoles), José Sancho (Inspector).

Un informe de agencias da cuenta de la detención de Luigi Tornicelli, maestre de la logia M-30, reclamado por la justicia de 12 países tras abordar su yate al de Ramón Mendoza.

Por su parte el embajador español en Washington se muestra gratamente sorprendido por la predisposición de los americanos a estrechar lazos con España a cambio de la extradición de Tornicelli, recomendando, si es preciso saltarse los métodos legales.

Por su parte el embajador en la Santa Sede indica que allí temen que Tornicelli pueda implicar a alguien cercano al Papa, por lo que recomiendan que la Providencia libere a Tornicelli de sus sufrimientos en la Tierra.

Ante este conflicto de intereses el Ministerio de Asuntos Exteriores deja el caso en manos del CESID para que colabore con el gobierno USA, asegurando aquellos que lo solucionarán entregando a Tornicelli a la CIA aprovechando una fiesta que "Paz y Libertad", organización pacifista realiza en la cárcel bajo el lema "Todos a la cárcel".

Uno de los invitados, Artemio Bermejo, se muestra harto de dar vueltas buscando la cárcel, mientras teme que su nieta le manche la tapicería al vomitar, quejándose ante su mujer de que le haya liado el hermano de ella, Mariano para esa fiesta, mientras su mujer se queja de que va a llegar muy tarde a la playa por su culpa.

Mariano, su cuñado le entrega un sobre que debe entregar a Matilde una socia suya.

Su mujer le dice que no debería haberse dejado liar por su hermano, diciéndole Artemio que a ella sus amigos de la parroquia la liaron para adoptar a un niño bosnio y le enviaron a Ludo, un anciano, asegurando Mariano que la cárcel es un buen lugar para cerrar sus negocios aprovechando para ello su pasado político, recordando su mujer que su marido estuvo detenido porque le trincaron arreglando el retrete de una iglesia donde se celebraba un mitin político y que él lo ignoraba.

Entretanto la niña se queja de que el bosnio le mete mano.

Don Vicente, el director de prisión le muestra a Luis Quintanilla, organizador del evento cómo han acondicionado una parte de la prisión para la fiesta, quejándose de que les avisaran con tan poca antelación, pidiéndole Quintanilla a Matilde que reserve para los invitados VIP las mejores celdas.

Vicente le dice que eligieron a los mejores presos para servir y se queja de que está poniéndolo todo de su bolsillo, diciéndole Quintanilla que en cuanto el Ministerio les dé el dinero se lo pagarán, señalando que aunque es una fundación independiente aceptan las subvenciones.

Matilde le informa entonces de que aún hay muchos indecisos al coincidir el festejo con un importante partido y que además a nadie le va bien ir hasta allí y no entienden por qué eligieron esa prisión para el acto.

Artemio se presenta finalmente a Matilde preguntándole si está el Subsecretario de Cultura Sanitaria, comentándole ella que no irá hasta el día siguiente, por lo que él se muestra dispuesto a marcharse, aunque ella le dice que debe quedarse para la fiesta, entregándole una bolsa con todo el kit, camiseta, pins y gorra incluidas.

Matilde le cuenta que con Mariano realizaron algunas cosas juntas de ayuda al tercer mundo, dándose cuenta él de que está implicada en el envío de conservas caducadas.

Ve que solo fueron 30 jubilados del INSERSO y él, quejándose Quintanilla de que no haya ningún famoso, por lo que no podrán venderlo bien en la tele.

Pero llega también César Muñagorri, un banquero vestido con traje de montería que lleva dos perdices para el director de la cárcel.

Les piden además que paguen una pequeña ayuda para la cena, quejándose Bermejo tras hacerlo de que su cheque es de más cantidad que el de Muñagorri.

Este por su parte se encuentra con Sonsoles, una amiga, que no va a la cena, sino que sale de un vis a vis, aunque le aclara que no es porque su marido esté encarcelado por los fosfatos del Sahara, pues está en Vancouver. Le dice que ha ido a hacer una obra de caridad, asegurándole él que será discreto, agradeciéndoselo ella, pues algunos en la "Obra" no lo entenderían, poniéndose César a la defensiva cuando le pregunta por su mujer, de la que dice no quiere hablar.

Don Vicente está reunido con una periodista de televisión que obtuvo permiso para entrevistar al "Viudo negro", aunque el director querría retrasarlo, pues tienen la fiesta, a un preso muy especial y a los funcionarios al borde de la huelga, aunque la periodista alega problemas de programación para hacerlo ya, mientras que el abogado del asesino exige garantías para evitar que se linche a su cliente, aunque el director le asegura que no corre peligro alguno ya que allí lo de asesinar esposas está muy bien visto, aunque el abogado señala que deben negociar un porcentaje sobre publicidad.

Aparecen entonces Muñagorri y Bermejo, ante los que el director se excusa por no poder atenderlos, aunque el primero aprovecha para entregarle las perdices que le llevaba.

La periodista, Yolanda Espejo aprovecha para preguntar a Muñagorri por su esposa, aunque este les asegura que ni se ha separado ni está en una clínica de desintoxicación.

Cuando se van la mujer del director asegura que las perdices están pasadas, señalando el director que entonces se las darán a los presos.

Mientras un funcionario les muestra la prisión Bermejo se queja ante Muñagorri de que una sucursal de provincias de su banco le niega sistemáticamente un crédito, pues la administración le debe 80 millones en retretes para centros de la tercera edad y lleva esperando 2 años, pidiéndole Muñagorri que tenga confianza, pues la crisis es pasajera y que sin otros avales que los del estado, que está en quiebra no puede hacer nada.

Al pasar a la galería Artemio ve que pita el arco de seguridad, debiendo confesar que lleva una prótesis que le ayuda a mantener la erección.

En la galería ensayan tres artistas cubanas que cantan contra la revolución castrista, quejándose el presentador del acto, Alcázar, pues asegura que al menos en Cuba se respeta a los actores y no como en España, entre los abucheos de los asistentes.

Llega entonces el padre Rebollo, antiguo cura rojo recibido por todos con aplausos, y en cuya parroquia arrestaron a Bermejo cuando arreglaba el retrete.

Al ver la poca concurrencia, Quintanilla decide suspender la cena y pedir que preparen unos bocadillos.

Ve entonces las cámaras de televisión y corre hacia ellas, enterándose de que no van por su fiesta, sino a entrevistar al Viudo Negro, aunque aprovecha la confusión para interrogar de nuevo a Muñagorri, que no le contesta.

En la cocina el cocinero mea en el marmitako harto de Quintanilla.

Mientras Bermejo se queja a Matilde de que no aparezca el subsecretario y esta le pide su comisión, le avisan de que quiere verlo el director de la cárcel, al que encuentra en su vivienda con Muñagorri, aunque no lo llaman para ver el partido, aunque lo llamaba Chus, la mujer de Vicente, que les ha quitado el partido para ver su programa, para que revise su retrete, del que salen extraños ruidos y gritos e insultos de los presos.

Allí ve que el director y su mujer tienen a su servicio a Vanessa, un preso detenido por droga vestido de doncella que asegura la mujer del director es magnífica.

Entretanto Muñagorri le pregunta al director qué le parece la cifra que le han ofrecido, recordándole que a Tornichelli le quieren todas las cancillerías e incluso la Santa Sede, diciéndole que pude ofrecerle hasta 100.000 limpias por permitirle que se fugue

El director desea que se hagan cargo también del pago a los presos para que no se pongan en huelga, aunque Muñagorri le indica que eso es cosa suya, asegurándole además que si no colabora sacarán a la luz las pruebas de su affaire con Vanessa, debiendo aceptar el trato, asegurando que él también quiere fugarse de esa casa y sobre todo dejar a su mujer, pues está enamorado de Vanessa y soñando con el día en que se pueda operar para convertirse en una mujer completa.

Vuelven al comedor donde les entregan para cenar los bocadillos, protestando los reunidos por esa cena, uniéndose al grupo de represaliados un fascista preso.

Muñagorri le pide al director que aísle a De la Fuente, un asesor financiero, a lo que el director se niega apelando a su ética, que Muñagorri le recuerda, se llama Vanessa.

Cuando se produce el toque de queda los invitados son subidos a sus celdas para dormir, aunque Artemio asegura que él no se quedará, diciéndole Quintanilla que no puede salir ya, pues se cerraron las puertas como medida de seguridad, siendo obligado a compartir celda con el padre Rebollo, Muñagorri y Alcázar, el actor gay, debiendo entrar de inmediato Rebollo al servicio, pues está mal de la tripa, y como solo hay una cortina apesta a todos.

Bermejo le pide a Muñagorri su teléfono para llamar a su mujer, aunque se lo coge el bosnio y luego Mariano, que le cuelga porque van a comer cochinillo.

Llama luego a Quintanilla para pedirle que le deje salir, aunque este, que va a comer los langostinos y el marmitako que no les pusieron a ellos, con Matilde, le cuelga sin hacerle caso, contándole Matilde que sacaron una buena cantidad con lo que ahorraron de cena.

Bermejo no puede dormir, pues Alcazar, que duerme debajo de él comienza a masturbarse, y el padre Rebollo ronca, por lo que decide marcharse, consiguiendo que le abran Rogelio y Modesto que dicen van a ver a las cubanas, uniéndoseles el fascista.

Pero no encuentran a las cubanas donde creían que estaban, por lo que suben a la azotea para fumar y beber anís, acabando por enseñar el culo.

Bermejo decide volver a su celda y encuentra a Muñagorri llamando a escondidas a su contacto, contando que no está tranquilo con la llegada del ministro al día siguiente con los de la CIA.

Les sorprende entonces Quintanilla, que le dice que deben estar unidos en la desgracia, viendo que murió el padre Rebollo tras una pedorreta, insistiendo Quintanilla en pedirles discreción, tras lo que vuelve a encerrarlos, debiendo pasar la noche con el muerto.

El programa de festejos continúa a la mañana siguiente con un partido de fútbol entre presos políticos y funcionarios, aunque Quintanilla observa que entre estos juegan también algunos internos, aunque el director le dice que estaban en servicios mínimos y no había suficientes funcionarios, buscando Artemio a Perales, el Subsecretario que juega de portero, y al que le recuerda su caso, contándole que su empresa ganó el concurso para centros de recreo de la tercera edad y sigue esperando que le paguen tras dos años, señalando el subsecretario que aquel no es el sitio ni el momento más oportuno, pidiendo que le llame el lunes, aunque Bermejo arguye que es imposible localizarle por teléfono, pues nunca está.

Perales le explica que los presupuestos están muy ajustados y el Tribunal de Cuentas está revisando con lupa las concesiones irregulares, aunque Artemio dice que es un empresario honrado y pagó al intermediario su comisión, pidiéndole el subsecretario que tenga paciencia.

Llega entonces el Ministro a bordo de un helicóptero, saludando efusivamente a su subsecretario, Perales, al que abraza, para luego decirle que esa mañana ha firmado algo para él, preguntándole a Bonilla, su ayudante qué fue lo que firmó, recordándole este que fue su cese.

Empieza tras ello el partido, sufriendo el Ministro una entrada dura, por lo que el Director decide expulsar al interno que lo golpeó, quejándose Quintanilla de que usurpen sus funciones como árbitro, debiendo secundar la decisión.

Mientras juegan Bermejo sigue insistiendo ante el Subsecretario, para que firme su pago, aunque ahora el subsecretario es aún menos receptivo, colocándolo de hecho delante de él cuando van a disparar, recibiendo Artemio un pelotazo en sus partes.

Lo llevan a la enfermería, dado que su prótesis le hace parecer que sufre priapismo, aunque el doctor se lo solucionan con un golpe, apareciendo en la enfermería Muñagorri, que conoce a mucha gente allí por haber estado en otras ocasiones, aunque entre ellos está también De la Fuente, al que creía en régimen de aislamiento y que le recuerda que está allí por su culpa y por la de su mujer, amenazando con rajarlo, utilizando Muñagorri a Artemio como escudo.

Lo visitan su mujer y su cuñado, que deben comunicarse con él igual que si fuera un preso, debiendo contarles que no ha podido solucionar lo suyo, dejándolo allí mientras ellos regresan a la playa.

Lo reclama entonces el director para pedirle que participe en una rueda de reconocimiento, pues quienes lo hacen normalmente, los funcionarios, están en huelga, aunque tras el espejo quienes están son el propio director y Muñagorri que tratan de decidir a quién de los elegidos elegirán como rehén durante la huida de Tornicelli, eligiendo para ello a Bermejo.

Quintanilla envió al padre Rebollo a la fresquera, pero el cocinero asegura que si no se lo sacan de allí no hará la paella, por lo que deben trasladarlo, aunque el cocinero, siempre rebelde echa lavavajillas en la sartén.

Llevan al muerto a la capilla, siendo también reclutado Bermejo para cargar hasta allí con el ataúd, aunque cuando llegan a la capilla el capellán se niega a que alojen en su capilla a un cura rojo, debiendo colocarlo entre los módulos de los presos que también protestan, viendo al abrir el ataúd que además del sacerdote estaba el Pajarito, que trataba así de huir del penal.

Muñagorri habla con Tornicelli y le dice que le costará cara su libertad, pues han dispuesto que intervenga Bermejo, que le dice es imbécil y por eso le han elegido, y que es un empresario en quiebra.

Le dice que le sacarán en el helicóptero que le llevará a territorio americano, en Rota, urgiéndoles, pues quiere llegar a una regata que tiene el miércoles y necesita hablar con el banco de Milán, explicándole el director que lo tiene todo preparado para que huya en el momento culminante de la fiesta y fuera tendrán un coche blindado esperando.

Matilde habla con Bermejo y le dice que ya lo arregló todo con el subsecretario, que le pidió que lo hablara todo con su sustituto, y mientras Bermejo reniega, pues sin haber hecho nada ella le pide una comisión, ve cómo los presos desde arriba le cagan encima.

Mientras se lava, Muñagorri le da una noticia. No le dará el crédito, pero le comprarán la empresa, pues hay un grupo financiero deseoso de invertir en España, diciéndole que le presentará a Tornicelli, al que él conoce como el banquero de Dios.

Fuera, y en el escenario del patio, un cantautor y Quintanilla pide a todos que ensayen el himno para cuando conecte la televisión, teniendo al sacerdote muerto presidiéndolo todo, aunque mientras ensayan, en vez de salir en pantalla el estribillo del himno sale la canción del "Tractor amarillo", que los asistentes a la fiesta bailan alegres.

Por su parte, Damborenea, el Ministro, negocia también con los americanos, que señalan que su secretario, Bonilla, es su agente en la operación, dándose la circunstancia de que Bonilla tuvo que ser ingresado tras comer la paella, diciéndoles el Ministro a los americanos que ellos han cumplido haciendo una fiesta que les ha costado mucho dinero y han llevado un helicóptero.

En el patio de la cárcel continúan los actos con la actuación del mimo criticado por los presos desde sus ventanas, hasta que llega la televisión, aunque le indican a Quintanilla que solo disponen de un minuto.

Tornicelli se queja de lo caro que les ha salido el rehén, aunque aprovecha que lo tiene allí para pedirle que eche un vistazo a su inodoro, ya que se escuchan voces, pidiéndole a Tornicelli que le pongan el dinero en Panamá.

Llegan Don Vicente y Vanessa, señalando que está ya todo dispuesto, viendo Bermejo cómo lo esposan al italiano, al que el Director le devuelve su pistola.

Fuera, y tras el himno, Quintanilla se dispone a leer su manifiesto para poder salir en las noticias, aunque mientras lee empiezan a lanzarle objetos desde las celdas, grabando las cámaras el motín en vez de la lectura del manifiesto.

Cuando el Director, Vanessa, Tornicelli y Bermejo se disponen a huir, les informan de que están llegando los antidisturbios a los que llamó la mujer del director.

Viendo la que se avecina, Quintanilla y Matilde van a buscar la recaudación, que escondieron en la caja de los cuchillos, aunque cuando la abre ve que alguien se llevó su dinero, pensando que debió ser Jaramillo.

El Ministro ve a Tornicelli y a sus acompañantes al patio, dándose cuenta de que va a escaparse sin su intervención, saliendo hasta otro patio, donde tienen el helicóptero, aunque no está el piloto, al que Muñagorri metió en un calabozo, ya que le dijeron que se ocupara de él, y, aunque Tornicelli dice que él sabe pilotarlo no tienen la llave y deben marcharse, perseguidos por los antidisturbios hasta la cocina, ocupada por un grupo de presos.

Allí, el ministro le dice a Muñagorri que les ha chafado el plan, indicando Muñagorri que creía que el motín lo había organizado el gobierno, señalando el Director que fueron los propios presos, que son imprevisibles y que se quejan de que no les dieran paella.

Tornicelli se queja de lo mal que organizaron todo, exigiendo el Ministro que le respeten. Pero los presos, al enterarse de que es un ministro se lo llevan, gritando él mientras lo hacen que el culo no.

Fuera, los antidisturbios le dicen al Inspector al mando que tiene todo controlado, diciendo este que en absoluto, pues acaban de pedirle un risotto a la milanesa.

Recibe entonces una llamada del Papa.

Dentro, Tornicelli y todos los que iban a huir toman el risotto y unas croquetas que hizo Vanessa, aunque Bermejo se queja de que no dejan coger nada.

Finalmente entra el inspector, que indica que podrán salir las cubanas, que son monjas, por orden de un obispo.

Tornicelli señala que llegó el momento de la despedida, y les dice adiós a todos, que le aplauden, diciéndole a Bermejo que se van a Roma, ofreciéndose el inspector a Tornicelli para dirigir sus servicios de seguridad, señalando que él mismo le llevará hasta el aeropuerto en su coche, soltándole de las esposas de Bermejo.

Este le pregunta a Tornicelli cuándo comprará su empresa, diciéndole este que ya llamará, mientras la policía, al ver que Bermejo lleva las esposas se las pone en las dos manos.

Algunos días después, la familia de Bermejo va a verlo, llevándole sus cosas, quejándose la nieta de que el bosnio ahora además habla y es un pesado.

Mariano le dice que es una cuestión de semanas y que su abogado le conseguirá un juicio en un par de meses, aunque él dice que le deje en paz su abogado.

Su mujer se queja de que dejara que le metieran en una conspiración y le dice a Mariano que es mejor que no se encargue de nada asegurando que no le importa que se vaya todo al carajo, la empresa, la familia y el país entero y les dice que les den morcillas.

Dentro Modesto le anima a jugar una partida de billar y asegura que prefiere estar en la cárcel, teniendo un buen cocinero, que en la residencia y por eso se unió al motín.

Muñagorri corre, también detenido, persiguiendo a De la Fuente, que va gritando que tiene a su mujer enterrada en el jardín, llamándole Muñagorri chivato.

Bermejo señala que podrían ayudarle a acabar con su mujer, su cuñado y el bosnio.

Ese día se celebra una becerrada cómico-taurina en la cárcel y comienza a tocar la orquesta, a cuyo son Bermejo baila muy animado, despidiéndose con una pedorreta.

Calificación: 2