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Una pastelería en Tokio
Una pastelería en Tokio

An (2015) * Japón / Francia / Alemanania

Duración: 113 min.

Música: David Hadjadj

Fotografía: Shigeki Akiyama

Guión: Naomi Kawase (Novela: Durian Sukegawa)

Dirección: Naomi Kawase

Intérpretes: Kirin Kiki (Tokue), Masatoshi Nagase (Sentaro), Kyara Uchida (Wakana), Etsuko Ichihara (Yoshiko), Miyoko Asada (Jefa), Taiga (Yohei).

Sentaro madruga y lo primero que hace al salir de su casa es subir a fumar a la terraza desde la que contempla decenas de cerezos en flor.

Luego comienza a preparar los dorayakis que vende en su pequeña pastelería.

Cada día un grupo de colegialas paran allí para comprar sus dorayaquis y él las escucha hablar de sus asuntos banales mientras trabaja en la plancha.

Va también otra estudiante, Wanaka, que no parece querer participar de las tontas conversaciones de sus compañeras y prefiere estar sola.

Poco después llega a la pastelería, tras haber paseado bajo los cerezos florecidos, una anciana, Tokue, que le pregunta si es cierto que busca a alguien para trabajar a media jornada y le pregunta si ella podría optar al puesto, pues siempre habría querido trabajar en algo así, diciéndole Sentaro que solo podría pagar 600 yenes, diciéndole ella que con 300 bastaría, aunque él le dice que teme que se haga daño en la espalda, pues el trabajo es más difícil de lo que parece, invitándola a un dorayaqui, dándole a Wanaka los restos de lo que le había sobrado para que se los lleve, aprovechando la chica para pedirle que también la considere a ella para el puesto, aunque él le dice que cuando vaya al instituto, señalando ella que quizá no vaya.

Tokue regresa y vuelve a ofrecerse para el trabajo, aunque sabiendo que tiene sus manos ya muy deterioradas le dice que está dispuesta a cobrar solo 200 yenes.

Le pregunta a Sentaro si hace él su propia pasta de judías, el "anko", pues su pasta no es muy buena, no entendiendo que no la haga, pues ella la ha hecho toda su vida, entregándole antes de marcharse un túper con algo que le pide que pruebe.

Cuando la anciana se va, Sentaro tira su comida a la basura, aunque se arrepiente de inmediato y tras recoger el túper lo abre y huele su contenido, probándolo con cierta prevención, cogiendo un poco con su dedo, y, tras comprobar que le gusta lo come ya con ganas.

Wanaka y Sentaro coinciden cenando en el mismo restaurante, contándole ella que conoce al camarero, que pertenecía a su club en el colegio, aunque ahora, le dice, va al instituto.

El pastelero le cuenta por su parte que la anciana regresó a la pastelería y le llevó una pasta de judías dulces echa por ella que estaba muy buena, con un sabor y un aroma totalmente diferentes a las que él usa, diciéndole Wanaka que tal vez debería dejar que lo intentara.

Al día siguiente el pastelero vuelve a preparar sus dorayaquis.

Poco después llega la anciana que lamenta que la lluvia hizo que se cayeran todas las flores de los cerezos, aunque se fija en cómo el viento mueve las ramas, diciendo que los árboles les saludan.

Él le dice que probó su pasta de judías era muy buena, por lo que le pide que le ayude, viendo cómo la mujer se emociona al poder trabajar allí.

Él le explica que normalmente comienza a cocinar a las 9.

La anciana comprueba que Sentaro compra el anko a granel, algo para ella inconcebible, pues el anko es el alma del dorayaqui, por lo que es muy importante preparar su propio anko y que para ello tendrían que empezar a trabajar antes del amanecer.

Al día siguiente Sentaro madruga más de lo que solía, aunque cuando llega a la pastelería Tokue está ya allí, preguntándole él si hay autobuses a esas horas, diciéndole ella que no se preocupe.

Empieza revisando las judías, que estaban en remojo y quitando las negras y le va dando instrucciones a él de cómo prepararlas, enjuagándolas para evitar que amarguen y luego, mientras hierven ella va notando cómo va cambiando el aroma del vapor.

Las trata luego con cuidado para que no se rompan mientras están calientes al echarles agua lentamente viendo cómo la espuma rebosa y cae fuera, debiendo esperar a que el caldo esté limpio de esta, para finalmente añadirle el azúcar y el dulce removiéndolas, esperando luego un par de horas para que se acostumbren al dulce.

Tras ello vuelven a ponerlas al fuego, con cuidado para que ni se rompan ni se peguen.

Luego, con la pasta aún caliente pueden ya preparar sus dorayaquis, reconociendo el propio Sentaro que por fin ha hecho un dorayaqui que puede comerse, asegurando que nunca se había comido uno entero, pues no le gustaban hasta que probó su anko, preguntándole Tokue por qué tiene una tienda de dorayaquis si no le gustan.

Poco después escucha a las colegialas comentando que la pasta está mucho mejor, viendo cómo todo el mundo le dice que su pasta de judías está buenísima.

Le cuenta a Tokue que a las chicas les encanta su pasta, aunque dice de ellas que son solo unas chicas escandalosas, diciendo la anciana que las chicas deben serlo.

Y cuando abre la tienda al día siguiente encuentra frente a la misma una gran cola de personas esperando para comprar sus dorayaquis, quedándose la anciana para ayudarle, pues tiene demasiada gente, mostrándose la mujer feliz.

Acude esa noche a su casa la dueña de la pastelería que le dice que hay rumores sobre la anciana que le ayuda, pues una amiga le habló de ella y del problema que tiene en las manos, diciéndole que cree que es una leprosa.

La mujer le pregunta dónde vive la anciana, mostrándole Sentaro el papel que rellenó cuando la admitió, observando la mujer que el domicilio que indicó en su escrito es el del sanatorio en que viven los leprosos.

Sentaro le dice que la anciana está curada, aunque su mujer le dice que en los casos más graves se les caen los dedos y la nariz y que antes se les encerraba de por vida en un centro sanitario y cuando morían el departamento de sanidad echaba desinfectante.

Él le cuenta que su tienda ha remontado gracias a la pasta de judías de Tokue, alegando ella que si la gente se entera de que es una leprosa será el fin de la tienda y le pide que la despida, diciendo él que lo hará, aunque le pide más tiempo para hacerlo.

La mujer le recuerda entonces que su marido le dejó la tienda y confía en él, y que cubrieron la indemnización de su incidente y aún les debe dinero.

Esa noche Sentaro bebe y se queda dormido, recibiendo la llamada de la anciana a la que le dice que se va a coger libre el día, diciéndole la anciana que ya que está allí dejará preparada la pasta para el día siguiente.

Mientras trabaja, la anciana abre la persiana para que le entre la luz, viendo que aparece entonces un cliente y decide atenderlo, apareciendo tras este, otros, a los que atiende, haciendo ella misma los dorayaquis, algo que no se le da tan bien como el anko.

Aparece entonces Wanaka a la que la anciana le cuenta que aunque debía estar cerrado, pues el jefe se tomó el día libre ella hizo las tortitas y algunas se le quemaron, pues eso no se le da tan bien.

La anciana le pregunta si no se siente sola, ya que no tiene hermanos y ella le dice que no, y que aunque no tiene perro ni gato tiene un canario.

Cuando Sentaro baja al día siguiente se queda fuera sentado y fumando mientras observa a la anciana trabajando, diciéndole que creía que había preparado el anko el día anterior, y ella le dice que lo hizo, pero que abrió y vendió todo.

Él se asombra, pues piensa que a pesar de que debió quedar agotada fue de nuevo esa mañana, y mientras se prepara para hacer el anko le pide a Tokue que atienda a los clientes.

Le cuenta mientras descansan que tiene una carga con la tienda, pues el dueño pagó la deuda por él y por eso le está agradecido.

Tokue escucha a las chicas que se quejan de lo aburridas que son las ecuaciones, diciéndoles ella que tienen que buscar la manera de hacerlas divertidas, debiendo hacer lo que les haga felices.

Wanaka le pregunta a Tokue qué quería hacer a su edad y ella le dice que quería enseñar poesía, pero la guerra acababa de terminar y no pudo hacerlo.

Cuando las otras chicas se van le dan a Wanaka las tortitas desechadas.

Luego le pregunta a Sentaro qué le pasó en los dedos a Tokue, contándole que tuvo una enfermedad de pequeña y se le fueron deformando los dedos.

En la biblioteca Wanaka y el camarero del restaurante leen un libro sobre la lepra, donde explican que antes había una ley que les obligaba a vivir separados en un sanatorio, ley que no se derogó hasta 1996, y que la gente les tenía miedo.

Llega el otoño, y la gente ya no va a comprar dorayaquis, algo que le extraña a la anciana, pues cuando refresca es cuando más apetecen, no sabiendo que es por ella.

Ante la falta de trabajo él le da el resto del día libre, no volviendo ya, preparando él al día siguiente la pasta.

Tokue le escribe una carta preguntándole cómo le van las cosas, pues teme que esté bajo de ánimos.

Le cuenta que ella escuchaba las historias que le contaban las judías para evadirse, asegurando que puede escuchar las historias del sol y del viento y que la brisa sobre el arbusto sagrado le pidió que se pusiera en contacto con él.

Le dice que están expuestos a la estupidez del mundo y deben utilizar su ingenio, asegurándole que sabe que algún día creará un dorayaqui propio y que ya ha andado un largo camino y lo anima, segura de que lo conseguirá.

Wanaka llega a la tienda con su canario y le pregunta por Tokue, tras lo que le cuenta que se ha escapado de su casa porque viven en un apartamento que no admite mascotas.

Le dice que una vez habló con Tokue de ello y ella le dijo que si tenía que deshacerse de su canario ella o él podrían quedárselo, aunque Sentaro le dice que no puede quedárselo, pues vive en un apartamento.

Sentaro le pregunta si le habló a alguien de los dedos de Tokue, diciéndole Wanaka que solo se lo dijo a su madre, diciendo él que los rumores se propagan muy rápidamente, aunque en el caso de Tokue no eran solo rumores y no pudo protegerla, diciendo que es culpa suya.

La chica le propone ir a verla, y le cuenta que cuando se conocieron se pusieron a ver juntas la luna sobre los cerezos y Tokue le aseguró que ella cuidaría de su canario, haciéndole la promesa a la luna.

Van en efecto a visitarla hasta el sanatorio, que está en medio de un bosque donde comentan se respira mucha paz, aunque les da miedo encontrarse a gente desfigurada.

Y en efecto, hay muchos enfermos, pero no les desagradan, y ven que son felices, encontrando finalmente a Tokue, a la que Wanaka le enseña a Marvy, su canario.

Tokue les cuenta que ese día hace 10 años que murió su marido, y se sentía triste y sola, pero que Marvy llegó justo a tiempo.

Wanaka le pregunta desde cuándo vive allí, contándole ella que desde que tenía su edad, cuando llegó con su hermano que fue quien la llevó y la dejó allí.

Se les une entonces otra mujer, Yoshiko, la mejor amiga de Tokue que les dice que a ella también le habría gustado trabajar en su tienda, pues durante años estuvieron preparando allí dulces y repostería, siendo especialista en pasteles occidentales.

Ella le dice a Sentaro que fue muy amable con ella y se divirtió mucho, no pudiendo el aludido evitar llorar, pidiéndole Tokue que sonría si la comida que le van a poner es buena, comida de la que en efecto disfrutan.

Sentaro le escribe a Tokue para contarle que él también pasó un tiempo apartado de la sociedad, debido a que cuando trabajaba en un pub tres años atrás, al intentar mediar en una pelea se puso violento y dejó a una persona con una discapacidad grave.

Mientras estuvo en la cárcel, su madre lo visitó, pero murió antes de que saliera y no pudo contarle sus historias y no pudo oír las historias de nadie.

Sentaro sigue preparando sus comidas y probando nuevos sabores, recibiendo entonces la visita de su jefa, que aparece junto con un chico joven, que le dice es su sobrino, diciéndole que ha pensado en renovar la tienda y añadir okonomiyaki, es decir, vender tortitas dulces y saladas, estando segura de que les irá muy bien porque en esa zona hay muchos estudiantes, diciéndole a Sentaro que él podrá seguir haciendo allí los dorayaquis mientras el futuro jefe, su sobrino, que ya trabajó en un restaurante aunque tuvo que dejarlo por problemas con el cocinero, aprende.

Cuando comienzan las obras del local Wanaka busca a Sentaro, encontrándolo abatido en un banco, llevándolo de nuevo a ver a Tokue, aunque al llegar se encuentran con Yoshiko, la cual les cuenta que esta falleció tres días antes debido una neumonía.

Esta les cuenta que sentía una conexión especial con ellos dos, llevándolos al cuarto de aquella y entregándole a Sentaro todo su instrumental de cocina, asegurando que a Tokue le haría feliz saber que él se quedaría con ello.

Les entrega también algo que ella le dio antes de ser ingresada en el hospital para él y para Wanaka, un grabador donde con su propia voz le pide disculpas a Wanaka porque le prometió que cuidaría de Marvy, y lo cierto es que enseguida lo puso en libertad, pues comprendió que lo que le decía es que quería ser libre.

Les cuenta tras ello que no tuvo hijos, pues aunque se quedó embarazada no le permitieron tener al bebé.

Le confiesa tras ello a Sentaro que lo vio un día mientras daba su paseo semanal, observando que tenía unos ojos tristes y que una mirada suya fue la que le hizo pensar en preguntarle por qué sufría, pues ella solía tener esa misma mirada cuando sentía que jamás se iba a pasar de la raya y siempre iba a hacer lo que se esperaba de ella.

Le dice que era como si algo la arrastrara a su tienda, recordando que si su hijo hubiera nacido tendría su misma edad.

Yoshiko le cuenta que cuando uno de ellos fallece plantan un árbol, pues no tienen lápidas, y todos coincidieron en que para Tokue debían plantar un cerezo, pues le encantaban las flores de cerezo, llevándolos hasta su árbol.

Luego alzan la cabeza y ven que la luna está sobre los árboles aunque es de día aún.

Le cuenta que están en el mundo para verlo y escucharlo y que cada uno de ellos les da sentido a la vida de los demás.

Los cerezos vuelven a florecer y bajo estos Sentaro vende sus productos al aire libre a la gente que va a disfrutar de la belleza de estos y de la primavera en un pequeño puestecito, aunque ahora sonríe.

Calificación: 3