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Una razón brillante

Le brio (2017) * Francia / Bélgica

Duración: 95 min.

Música: Michael Brook

Fotografía: Rémy Chevrin

Guion: Victor Saint Macary, Yaël Langmann, Yvan Attal y Noé Debré

Dirección: Yvan Attal

Intérpretes: Daniel Auteuil (Pierre Mazard), Camélia Jordana (Neïla Salah), Yasin Houicha (Mounir), Nozha Khouadra (Madre de Neïla), Nicolas Vaude (Rector), Jean-Baptiste Lafarge (Benjamin).

Una muchacha árabe de los suburbios de París, acuden en tren, escuchando música, hasta la Facultad de Derecho, donde un portero de color, le pide la tarjeta de estudiante, llegando tarde a su primer día de clase, y haciendo además ruido, lo que hace que el profesor, Pierre Mazard la reconvenga, preguntándole por su nombre, diciendo ella llamarse Neïla Salah, tras lo que le pide que se disculpe, y lo haga con un lenguaje culto.

Otro estudiante dice que la trata así por racismo, algo que el profesor rechaza, diciendo que sería racismo si hubiera dicho que es típica su actitud de alumnos salidos de la diversidad y que dejan las clases a los tres meses con la excusa de que sus profesores eran unos malvados y los franceses unos racistas, pero que él no lo ha dicho eso.

Neïla le asegura que no piensa dejar sus estudios en tres meses, diciendo el profesor que llegar el primer día tarde y desaliñada dice mucho de sus aspiraciones.

Su charla es grabada por muchos de los alumnos, junto con otras reflexiones posteriores del docente alabando la evolución del derecho francés en comparación con el de otros países, aunque ello haya supuesto que se le puede poner a un hijo, si se desea nombres como Taburete o Abderramán.

Interrumpe su charla el rector, que acude para decirles que, como cada año se convoca un concurso de oratoria interuniversitaria para alumnos de primero y les deja los formularios de inscripción, recordando que llevan cuatro años sin ganar.

A la salida, otro alumno, Benjamin, la anima a denunciar al profesor por racismo, aunque ella rechaza sus consejos por parecerle que se trata solo de unos pijos.

Por la noche sale con unos amigos del barrio, a los que cuenta que un profesor la puso verde, diciéndole uno de ellos, Mounir, que él es conductor y no necesita estudiar y le asegura que por mucho que estudie acabará en el paro por su apellido.

Al día siguiente, el rector habla con Mazard y tras revisar con él lo que dijo, le indica que lo que hizo es muy grave, y que le cae mal hasta el de seguridad, exigiendo todo el rectorado su cabeza, por lo que no puede protegerle y debe abrirle un expediente disciplinario, por lo que necesita un gesto para poder ayudarle, pidiéndole que prepare a Neïla Salah para el concurso de oratoria, haciendo el máximo ruido posible para acallar al consejero, aunque no espera que pase de la segunda ronda.

Por ello, el siguiente día de clase, le pide a Neïla que le espere al finalizar, preguntándole si se inscribió para el concurso de oratoria, lo que ella niega y le dice que no quiere nada de él, asegurando Mazard que le es más fácil quejarse el resto de su vida, y cuando se dé cuenta de que su fracaso estaba programado por ella misma y eso le supondrá un gran consuelo, y, aunque ella decide marcharse y no hacerle caso, él le dice, mientras lo hace, que la espera al día siguiente a las 9 allí mismo.

Y aunque tarda en llegar, comparece.

Mazard le habla sobre el arte de la oratoria y la dialéctica para convencer y tener la razón sin importar si es verdad lo que se dice, hablándole de Schopenhauer y de su libro "El arte de tener siempre la razón".

Lo primero que debe aprender, le dice, es que no debe hacer frases largas para no decir nada. Debe ser eficaz, rápida y natural, bastando con aplicar un juicio de valor que nada tiene que ver con la cuestión debatida, para dejar al contrario sin argumentos.

Le entrega una copia con las 38 formas de llegar a tener razón, que estudiarán una a una.

Juega con sus amigos en su casa y utiliza sus nuevos conocimientos para ganar el juego, afirmando que será la mejor abogada.

Un día, tras beber más de la cuenta, y al regresar a su casa, Mazard ve a una mujer recogiendo los excrementos de su perro y le dice que no entiende que se humille así por un poco de afecto.

Al día siguiente, le pide a Neïla que cambie su indumentaria cutre de suburbio, diciéndole ella, enfadada, que le cae mal, pidiéndole el profesor que se lo diga de otra forma, buscando una emoción, que explore una expectativa y la defraude, llamándola Fátima antes de su salida, logrando provocar así su indignación.

Él le pide perdón y ella le pregunta por qué hace eso y por qué le da las clases particulares, preguntando él si no se lo imagina, diciendo ella que no, señalando él que quizá haya detectado en ella un talento especial.

Le dice que también se les juzga por la apariencia, y que puede decidir mantenerse en el rebaño y no seguir, pese a lo cual vuelve a citarla para el día siguiente, llamándola Latifah al despedirse para volver a provocarla.

En su casa, Neïla aprende a cocinar de su abuela, que luego, durante la cena le pide a su hija que se busque otro marido y le reprocha a su nieta cómo va vestida.

Al día siguiente, Mazard trata de explicarle el modo de pronunciar bien, con un bolígrafo en la boca y le pide que llene el espacio, decidiendo continuar su clase en un lugar público, para lo que la lleva al metro, y allí, en medio de la gente, y pese a la vergüenza, ya que se ríen de ella varios chicos árabes, que dicen que habla como en El Señor de los Anillos, recita su texto, viendo cómo Mazard la abandona en medio de una discusión con los chicos.

Estudian en sus siguientes sesiones las estrategias 5, la de las premisas falsas, debiendo argumentar que la eutanasia es beneficiosa o la 6, postular lo que nunca ha sido probado, o la 15, utilizar argumentos absurdos.

Llega así a la primera ronda, donde debatirá, con otro estudiante, por qué el hábito no hace al monje, hablando aquel, de los que tratan de disfrazarse para simular lo que no son, aunque señala, todos saben reconocer, por instinto, a los suyos y habla de los terroristas que se visten como ellos para tratar de pasar desapercibidos.

Ella se muestra indignada y dice que no ha ido allí a que la insulten, pidiéndole el presidente del tribunal que se controle o la descalificará.

Ella continúa su argumentación con inseguridad, confundiéndose incluso con sus papeles, y se pierde, mientras su oponente se burla de ella, que les hace ver a los propios miembros del tribunal, que su toga les incita a estar más derechos.

A la salida, Mazard le echa en cara que se dejara llevar por las emociones pese a que llevan semanas trabajando en ello, quejándose ella de que la ofendieran, diciendo que por eso descalificaron a su oponente, pero que debe olvidarse de lo que los demás piensan de ella y no permitir dejarse llevar por sus sentimientos.

Vuelven a realizar para ello un ejercicio práctico, regresando al metro, donde de nuevo debe recitar un texto en voz alta sin importarle lo que piensen de ella, haciéndolo mientras unos músicos tocan, por lo que, aunque grita, apenas se la escucha, y además no puede evitar la risa.

El profesor le demuestra cómo hacerlo. Se sube a un asiento y al empezar a hablar hace que incluso los músicos dejen de tocar y le escuche todo el vagón y los músicos van subrayando sus palabras con sus instrumentos, dándole una anciana, una moneda.

Luego van a un bar y ella se hace un selfie con él, que se lo recrimina y se queja de la destrucción del lenguaje por culpa las redes sociales, que hacen que se oiga a la gente que dice más estupideces en vez de a los más inteligentes.

Cuando él se va de la cafetería, ella le dice que no tiene dinero, sugiriéndole él que se invente algo para ablandar al camarero, el cual le dice luego al ver su apuro que ya lo apuntó a la cuenta del señor Mazard.

Cuando sale ve al profesor con su móvil, diciendo que ha pedido un coche que tardará menos gracias al teléfono, y que, incluso ha ligado en Facebook, comprendiendo ella que se puede defender una postura y la contraria, que lo importante es tener argumentaciones, no convicciones, llevándola hasta su barrio en el Cabify.

Cuando llega a su barrio, Mounir le echa en cara que vaya dándose aires desde que lleva tacones.

Ella le dice que comprende que ya no es la misma, y que piensan que les ha olvidado, por lo que le pide que sea sincero y se atreva a decirle que no la quiere, diciéndole él, que no entiende nada de sus razonamientos y que sí la quiere y que la echa de menos, consiguiendo gracias a su argumentación Neïla que por fin la haya dicho lo que de verdad piensa, que la quiere, y se besan.

Un día, Benjamin se acerca a ella en la biblioteca y le cuenta que hay rumores de que se acuesta con su profesor, algo que a ella le parece ridículo, diciéndole que cree que en realidad el profesor se aburre y se entretiene con ella, contándole Benjamin que a él le suspendió el año anterior y fue su cabeza de turco y que no le dejaba en paz justamente por lo contrario que a ella, por su supuesta sangre azul.

En su siguiente clase trabajan el arte del insulto, para lo que le pide que le ataque personalmente, llamándolo estúpido de mierda, racista del carajo, gilipollas y mamonazo, diciéndole luego, vete a tomar por culo de una vez, cabronazo maricón.

Quedan tras ello para el lunes siguiente, para la segunda ronda.

Esa noche se acuesta con Mounir, al que echa cuando escucha que llega su madre, enfadándose el muchacho con ella por el hecho de que ella le corrija cada vez que dice algo mal, diciéndole él que, aunque diga mal las cosas, sí piensa lo que dice.

Acude a Lille para la segunda ronda, ahora más suelta, consiguiendo incluso hacer reír, lo que le lleva a la tercera ronda, en Marsella y luego, en Burdeos, a los octavos de final, y a los cuartos en Lyon y a Nantes en la semifinal, siendo muy feliz al llegar a la final, aunque el profesor le advierte que no debe dormirse en los laureles y que aún debe trabajar, siendo su nuevo ejercicio adaptarse a su audiencia.

La lleva para ello a un asilo y le pide que hable con una anciana, viendo que la mujer con la que habla no le responde ni le hace caso hasta que le habla de su hijo, momento en que la anciana le dice que su hijo puede irse a tomar por el culo y la echa con cajas destempladas.

Más tarde, mientras cenan, se entera de que la anciana era el padre de Mazard, contándole este que dejó Nantes para irse a estudiar.

Neïla le habla de su amor por Mounir, un chico que, le explica, que hace que con él no tema a nada.

Pero Mounir no le habla y está enfadado con ella por su forma de tratarlo.

Como representante de su universidad en la final, Neïla es recibida con un fuerte aplauso en su facultad, donde celebran una fiesta, dándole ella públicamente las gracias a su profesor por su ayuda, pese a haberla hecho sufrir.

Pero tras su discurso vuelve a acercársele Benjamin, que le dice que ya ha comprendido su trato con Mazard, ignorando ella de lo que le habla, contándole el muchacho que Mazard tiene un consejo disciplinario la siguiente semana y ella le ha dado las gracias ante todos los peces gordos de la facultad, siendo ella su enmienda honorable, de modo que él podrá seguir siendo igual de racista, ahora que tiene su apoyo.

Al escucharle comprende que ha sido utilizada y, enfadada, se acerca a su profesor y le dice al oído que ella nunca será su enmienda honorable y se marcha de la fiesta.

Al día siguiente Neïla no acude a la final del concurso de elocuencia, ni le coge el teléfono a Mazard.

En vez de al concurso, va a casa de Mounir para pedirle perdón, diciéndole que ha sido una idiota y que no sabía lo que hacía abandonándolo todo y que tenía razón desde el principio y perdió el control sin darse cuenta de que no estaba en su sitio.

Él, que en principio calla, le dice luego que la chica que él conoce no abandona así como así, y que después de todo lo que ha conseguido y soportado no puede dejarlo así por culpa de un profesor malo, pues, le asegura, los profesores buenos no están de su lado.

Sabe que él la ha utilizado, pero, le dice, también ella a él, pues le ha enseñado algo y la ha hecho mejor persona.

Ella dice que es demasiado tarde, aunque él le dice que no lo es y la lleva en su coche, mientras en la sala, Mazard trata, sin éxito, de lograr un aplazamiento.

Cuando ella llega, tras besar a Mounir, ya está la sala vacía.

Acude tras ello a la sala donde se lleva a cabo el consejo disciplinario, donde en principio le dicen, no tiene permiso para estar, aunque ella indica que ha acudido porque van a hablar de algo que le concierne a ella más que a nadie, por lo que finalmente le permiten que diga antes de continuar con sus deliberaciones que diga lo que considere.

Ella les dice que tienen delante al ser más miserable que conozcan, y, aunque el rector trata de hacerla callar, Mazard pide que la dejen.

Ella dice que su profesor es un cínico que no cree en nada, ni siquiera en sí mismo, que odia su época y no respeta a nada ni a nadie.

Señala que le dio su confianza y se armó de paciencia con ella, pero es ante todo un ambicioso que no duda en hacer apaños en los pasillos para servir a los de su círculo.

Dice que importa poco que posea una inteligencia y una generosidad que no se podía imaginar en el cuerpo docente y que, aunque es la reencarnación de la devoción y de la pasión y desearía que todos los estudiantes se encontraran con alguien como él, porque con él cualquier cosa se vuelve posible, como que una pobre chica de los suburbios con problemas para canalizar sus emociones llegase a representar, en menos de un año a la Facultad en el concurso de oratoria, al final, lo que se recordará de él es la mediocridad de sus fanfarronadas en clase.

Dice también que es un hombre de paradojas, más que de prejuicios. Que le ha dado hambre y quebraderos de cabeza y le dio las armas de paz sin juzgarla y gracias al cual estará a prueba de balas sin dejar de ser dulce.

Pero, dice, las palabras han embrutecido su corazón y ahogado lo que le quedaba de humanidad.

Gracias a su aprendizaje, dice, conoce su destino e irá ligado a su nombre el recuerdo de algo formidable.

Les da las gracias por su atención antes de salir.

Mazard corre tras ella a su salida para decirle que, citando a una futura gran abogada, señalándola, en la vida hay que saber hablar de forma simple, así que le da las gracias, sin más, preguntándole si de verdad cree todo lo que acaba de decir, diciéndole ella que desde cuando es importante lo que se dice, y que lo importante no es la verdad, sino convencer, tal como él le enseñó.

Mientras ella se aleja, Mazard empieza a gritar: estúpido de mierda, racista del carajo, gilipollas y mamonazo, vete a tomar por culo de una vez, cabronazo maricón, lo que ella le dijo cuando ensayaban los insultos, siguiendo juntos calle abajo mientras se dicen otros insultos.

Unos años después, convertida ya en abogada, defiende a un joven árabe, que dice no quería a una mujer, sino a un hombre, aunque ella, sin hacer caso a sus malos modos le pide que la llame letrada y que le hable con respeto.

Él la acusa de ir haciéndose la francesa, pero en vez de ofenderse le va dando instrucciones para que hable correctamente y se ponga erguido de modo que agrade al juez y al jurado, asegurándole que será la manera de poder librarlo, alegando un error de procedimiento.

Tras atender a su cliente recorre orgullosamente, con su toga, los pasillo de los juzgados.

Calificación: 3