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Intemperie
Intemperie

España / Portugal (2019) *

Duración: 103 min.

Música: Mikel Salas

Fotografía: Pau Esteve Birba

Guion: Pablo Remón, Daniel Remón, Benito Zambrano (Novela: Jesús Carrasco)

Dirección: Benito Zambrano

Intérpretes: Luis Tosar (Pastor / "Moro"), Jaime López (Niño), Luis Callejo (Capataz), Vicente Romero (Triana / "Cabo"), Kandido Uranga (Viejo), Juanjo Pérez Yuste (Segovia), Adriano Carvalho (Portugués), Manolo Caro (Angelito Pareja / "Muñones").

Un niño corre cargado con su zurrón a toda velocidad campo a través.

Una cuadrilla siega el trigo bajo la atenta mirada del capataz, un tipo armado que se queja de que van demasiado lentos, indicando que recurrirán a las mujeres, ya que no quedan más hombres.

Llega corriendo entonces una mujer desde un caserío cercano buscando al capataz, al que le dice que el niño se ha ido. Que ella bajó al pueblo a comprar y cuando regresó ya no estaba y falta ropa, el queso, pan y dinero y el reloj de oro de él.

El niño se encuentra con la Chani, su hermana, que le lleva ropa y comida, observando la niña que su hermano lleva el cuerpo lleno de moratones y le pregunta si se los hizo el capataz, pero él le dice que no pregunte.

La niña dice que se quiere ir con él. Le dice que no puede ser, pero que cuando tenga dinero irá a buscarla, aunque le recuerda que no puede contárselo a nadie.

El niño le entrega la camisa que llevaba y le pide que lo deje junto al pozo del que sacan el agua, tras lo que reanuda su camino, recordándole que volverá en cuanto pueda.

España 1946

El capataz acude a las cabañas de los temporeros y pregunta por la Chana.

Le dice que el niño desapareció del cortijo, diciendo ella que no lo vio desde la semana anterior y que volverá en cuanto tenga hambre, diciendo él que le robó un reloj, aunque su hermana le dice que su hermano no es un ladrón.

Le pregunta a ella cuándo vio a su hermano por última vez, diciendo ella que lo vio tres días atrás, y le pregunta qué le contó. Diciendo su madre, ante el silencio de la niña, que esta le dijo que estaba muy serio y callado y que le pareció que ya no quería estar en el cortijo.

El capataz cuenta que el día anterior le llegó el traje de primera comunión de su hermano y le pregunta si sabe dónde puede estar, diciendo la niña que no.

Se escucha entonces un disparo y aparece uno de los hombres diciendo que los perros encontraron la camisa del niño, aunque el ayudante le dice que no cree que fuera por allí, pues el pueblo más cercano está a casi 50 kilómetros y dejó la camisa a la vista.

Ofrece 50 pesetas a quien lo encuentre o dé alguna pista, enviando a dos grupos a buscarlo.

Entretanto el niño, tras todo un día sin parar, se queda dormido junto a una roca.

El capataz regresa al día siguiente a las cuevas pidiendo hablar con la hermana. Cree que no le contó todo, diciéndole que le perdonará por no ser una delatora, pero que tiene que contarle la verdad, estando convencido de que fue ella la que llevo la camisa y la dejó en la fuente.

Le dice que su hermano está en peligro, por lobos, jabalíes, alacranes y hombres malos, por lo que le pide que le diga dónde está para ir a buscarlo y que no le pase nada, y le dice además que si no lo hace les encerrará a ella, a sus padres y a sus hermanos en la cueva y tapiará la entrada y esperará a que mueran de hambre.

Tras escucharlo, la niña se hace pis, confesando que quiere ir a la ciudad en el autobús.

Les dice luego a los padres que si no aparece su hijo con todo lo que les robó deberán buscar otro pueblo, pues no volverá a darles trabajo o incluso quemará su cueva con ellos dentro.

El muchacho avanza por el camino hasta una posada donde hace parada el autobús, aunque cuando va a llegar ve una nube de polvo y corre a esconderse, pudiendo observar que llega el capataz en su moto y un camión con varios hombres más.

El capataz pregunta al conductor del autobús si recogió a un niño de 12 años, respondiéndole que no, y que la siguiente parada es en la venta del Chato Moreno en un par de horas, viendo sus hombres que dentro tampoco está.

El muchacho ve cómo el autobús sale sin haber podido cogerlo, desanimado.

Los colaboradores le sugieren que avise a la Guardia Civil, aunque él asegura que no los necesita.

Sabe que el niño a la ciudad no podrá llegar andando con ese calor, pero lo intentará, decidiendo redoblar los esfuerzos en el camino que creen más corto, decidiendo ir él tras el autobús, y enviando a otros hombres a distintos puntos.

El niño sigue su camino cuando de pronto ve aparecer un perro y tras él a un hombre con un burro cargado, y varias ovejas por lo que vuelve a esconderse, dando un mal paso, lo que le hace caer rodando por una pendiente, rompiéndosele la brújula.

Por la noche el pastor acampa, y como él ya no tiene comida, le roba un poco, aunque este se había percatado de su presencia y, aunque simulaba dormir estaba oculto y le pregunta por qué le ha robado su comida, diciendo el niño que tiene hambre, porque no comió en todo el día y saca una navaja para defenderse, aunque el hombre lo domina y el chico huye, perdiendo su morral.

Continúa su camino, cada vez más débil y cansado, llegando a un antiguo cortijo donde hay un pozo, aunque enseguida descubre que ya está seco, y, sin fuerzas, se desmaya.

Uno de los hombres, al que llaman Viejo sugiere vigilar los pozos, sabiendo que el primero está seco, pero el niño no, y cree que irá allí porque el siguiente está muy desviado si desea ir a la ciudad.

Lo encuentra el pastor, que, tras despertarlo, y pese a sus amenazas con la navaja le da agua mojando su pañuelo en ella para que no le siente mal, quedándose luego el niño dormido hasta el día siguiente.

Le da de comer y le pregunta dónde pensaba ir sin agua y sin comida, aunque el niño, receloso aún, pese a que le devuelve el morral, donde sigue el reloj de oro, le dice que a no le importa.

Siguen el camino juntos, prestándole el hombre su pañuelo para la cabeza para evitarle la insolación, diciéndole el muchacho que le puede dar dinero a cambio de comida, e incluso puede cambiarle el burro por el reloj de oro, que le pregunta el hombre de dónde lo sacó, contando él que se lo dieron.

Le pregunta quién le pegó, diciendo él que se cayó, asegurando el hombre que si no le cuenta la verdad no le podrá ayudar, tras lo que le pregunta a dónde va, comprobando que sabe guiarse por el sol.

El pastor le dice que tiene hermanos y vecinos, pero que no tiene casa y que va a casa de una hermana, pues donde vive hay pasto y agua para sus animales y que como ahora son dos deben racionar la comida.

Le devuelve su cuchillo, que observa era de los nazis y le pregunta de dónde lo sacó, aunque no le cuenta nada, pero se da cuenta de que deben estarlo persiguiendo, y en ese caso él se ve implicado y no le gusta que le sigan.

Llegan hasta el último con agua en muchos kilómetros, bajando el pastor hasta abajo del pozo, casi seco, pero donde queda todavía algo de agua.

Allí el hombre aprovecha para lavarse y hace que se lave el niño y le dice que enjuague su ropa y que se guarde la única ropa limpia que tiene para la ciudad, pues allí, si le ven como un mendigo le tratarán como tal, preguntando el niño qué se pone si lava la ropa, diciéndole el hombre que nadie va a verle allí.

Le pregunta qué va a hacer en la ciudad, a lo que le responde que hacerse rico para luego regresar al pueblo y matar al que manda, comprar las tierras, echar a todos del pueblo y le prenderá fuego.

El pastor le dice que tiene toda la vida por delante y no debe malgastarla odiando.

De madrugada, el Viejo le indica a Triana, el ayudante del capataz que aquel lugar que ven a lo lejos es el único con agua de la zona y un buen lugar para haber pasado la noche, asegurando que el chico no va solo, y que el ladrido del perro se lo ha dicho.

Le dice que vaya de frente y él lo hará por un lateral y que impida que el perro ladre.

Cuando despierta, el pastor ve que el niño le ha preparado el desayuno, pero cuando se disponen a marcharse ladra el perro del pastor y los pone sobre aviso, viendo a los jinetes, por lo que le pide al niño que se esconda.

El viejo y Triana saludan al pastor, al que el último llama moro, y él a Triana, cabo, contando este que se conocieron en Marruecos, en el ejército y que cuando acabó la guerra él se quedó allí viviendo como los moros.

El viejo le dice que la próxima vez que atraviese por esas tierras pida permiso, pues son del hombre que le contrató.

Él les dice que hace días que no ve a nadie cuando le preguntan si ha visto a un niño al que buscan por ladrón, pero que el día anterior vio buitres merodeando por otro pozo.

Entretanto el perro de Triana olfatea el lugar donde el niño hizo pis, mientras el viejo lanza al pozo unas pajas ardiendo para poder ver el fondo, empezando luego a disparar hacia todos los lados esperando que si está allí el niño se asuste y salga.

Triana lo golpea, diciéndole al Viejo que vio restos de pis, aun fresco junto a una huella del zapato de un niño en la parte trasera.

El viejo le pide que no se complique la vida, aunque él insiste en que no ha visto a ningún niño, asegurando él que por más palos que le den no dirá otra cosa, volviendo a golpearlo el cabo, diciéndole el viejo que lo levante para que vea cómo coge una de sus ovejas y le corta el cuello.

El niño, escondido en un entrante del pozo ve a la oveja muerta que el viejo la lanza al pozo, viendo caer a la segunda poco después, viendo caer poco después al perro, tras lo que el muchacho empieza a trepar, pudiendo ver desde el borde cómo el cabo en su caballo tira del pastor y le obliga a dar "la vuelta al ruedo", atado del cuello, pese a lo cual puede ver al niño, al que le indica con la cabeza que no salga.

El cabo tira más fuerte y lo arrastra, hasta que el viejo le dice que basta, pues no quiere perder más tiempo.

El hombre le dice que a él le da igual ese niño, pero que se lo tienen que llevar al capataz sin un arañazo, y si no le ayuda le hará lo mismo que a sus ovejas, por lo que vuelve a preguntarle dónde está el niño, diciendo el Moro que detrás de él, viendo al girarse, que, en efecto el muchacho le apunta con su propia escopeta.

El viejo le pide al muchacho que baje el arma, pues, le dice, está cargada, y cuando el perro de Triana se lanza hacia él, el niño lo mata de un disparo.

Triana, rabioso, apunta al pequeño con su arma, diciendo que lo va a matar, debiendo pararlo el viejo, que sabe que el capataz lo quiere sin ningún daño, e insiste en pedir al niño el rifle, aunque Triana, enfadado por la muerte del perro le dice al viejo que se retire o lo matará también a él, pese a lo cual el niño no se amedranta y dispara al viejo, hiriéndolo de muerte, momento en que el caballo de Triana se asusta y cae al suelo.

El Moro se hace con el arma y le pide a Triana que salga corriendo, disparándole a los pies para obligarle, saliendo en efecto este a la carrera.

El niño debe ayudar al pastor, muy débil, haciéndose con el caballo que no huyó, aunque no entiende que entierre al viejo, diciéndole él que hay vivos que no merecen ningún respeto, pero los muertos sí.

Aunque muy débil, el pastor sigue su camino con el niño, ahora a lomos del caballo, mientras el muchacho le da las gracias por no haberle entregado y le dice que lo siente, aunque él le dice que no es culpa suya.

Paran a pasar la noche en una casa abandonando, ordeñando el niño a las pocas ovejas que le quedan mientras el Moro duerme.

Le dice que al día siguiente tendrá que ir él solo a buscar agua, a un pozo a dos horas.

Por la noche llega Triana exhausto al lugar donde está el capataz.

Le cuenta que el niño está vivo, pero no viaja solo, que lo hace con el Moro y que mató al viejo.

Con el asno, el niño se acerca al pozo y saca agua, escuchando cómo un hombre le dice que está fresquita, observando que se trata de un hombre sin piernas que se mueve en un carrito, y que le dice que es Angelito Pareja, que es el dueño del pozo, pero que le dice que puede coger el agua.

Le cuenta que su hermano con su familia se fue a la ciudad y está solo.

El niño le dice que su padre y su hermano se quedaron con los animales y que llegarán pronto, invitándolo Angelito a esperarlos en su casa, invitándolo a comer, diciéndole que ha hecho un potaje, convenciéndolo así.

Dentro, Angelito, le cuenta que antes era la mejor posada de la comarca, pero cuando llegó la sequía se fueron todos y ya no iba nadie y también se fue su hermano, que le dijo que volvería a buscarlo, pero pasado un año no lo ha hecho.

Le cuenta también que antes pasaban trenes por allí y que siguiendo las vías del tren se puede llegar a la ciudad, aunque el niño le dice que él no quiere ir a la ciudad, que él va con su padre en otra dirección.

Angelito le pregunta si le vendería el burro, diciéndole que es de su padre y él no puede decidir, diciéndole el tullido que le puede dar el doble, o incluso el triple de lo que vale, pidiéndole al ver su negativa que le lleve a la ciudad en el burro y le pagará bien, diciendo él que se tiene que ir y hablará con su padre para ver si se le ocurre cómo ayudarle.

Angelito le dice entonces que si quiere puede llevarle algo de comida a su padre, para lo que le pide que coja de la despensa un queso, un chorizo y una botella de vino, viendo el niño al entrar que la comida que hay allí, está podrida y que Angelito le encierra.

El niño saca su cuchillo y abre un boquete en la puerta por la que saca la mano y abre el pestillo y consigue salir, aunque con la mano herida, viendo al salir a Angelito que se aleja con su carrito tirado por el burro.

El niño sale y le lanza una piedra, consiguiendo derribarlo, golpeándolo con otra piedra cuando lo agarra de la pierna, dejándolo allí tirado.

El pastor le pregunta qué le ocurrió, contando que se dio un golpe al caer, dándole el queso y el vino que se llevó y que dice, compró al dueño de la venta.

Le ve la herida que se hizo en la mano y se la cura, echándole vino.

A la venta del "Muñones" llegan el capataz y Triana, que lo encuentran tirado. Contándoles que se lo hizo un niño que iba solo, pero que le contó que le esperaban su padre y su hermano.

Les pide ayuda y agua, aunque lo que consigue es que el capataz acabe con él de un disparo, diciendo tras hacerlo que le hizo un favor.

Al día siguiente, mientras preparan todo para marchar, el pastor le pregunta al chico qué le pasó el día anterior, pues no desea más sorpresas, debiendo contarle que mató al dueño del pozo, porque le quiso quitar el burro y le dio con una piedra, aunque no está seguro de que muriera, y que no le vio nadie, diciéndole Moro que sí lo vio alguien, preguntando el niño si Dios, diciéndole el hombre que no, que él mismo, tras lo que le dice que volverán al pozo para ver si pueden ayudar al tullido o para enterrarlo, diciéndole al niño que aunque no lo crea, matar a las personas no es tan fácil.

El chico le pregunta si él ha matado a alguien, diciendo que tuvo que hacerlo en Marruecos cuando era soldado y luego en la guerra, un acontecimiento en que se matan unos desgraciados para defender la riqueza de unos pocos.

Cuando llegan a la venta ve restos de sangre, pero no a Angelito, al que ve luego en el pozo, enterrando luego al desgraciado como antes hicieron con el viejo.

Vuelve a preguntarle por qué le busca el capataz tan obsesivamente y le pregunta si es verdad que lo robó, reconociendo él que sí, aunque asegura que se lo debía, preguntándole qué le hizo, y aunque no le responde, lo comprende todo y lo abraza.

Siguiendo las vías, medio desmontadas, llegan a una población abandonada.

Allí, y tras meterle comida y agua en el morral le hace subir al caballo y le pide que siga las vías del tren aprovechando la oscuridad de la noche para avanzar y que antes del amanecer llegará a un chamizo con un corral de ovejas, y cuyo dueño es amigo suyo.

A este debe entregarle el caballo y contarle lo que le pasa, pues él va todas las semanas a la ciudad a vender quesos y podrá ayudarla a encontrar un trabajo.

Le pregunta al Moro qué hará él, diciendo que descansar y luego ya verá, diciéndole el muchacho que si se va a quedar esperando al capataz, él lo hará también, aunque él le obliga a subir al caballo y le dice que él ya vivió lo suyo y que nadie le echará de menos, aunque cuando el caballo comienza a andar se escucha el motor de la moto del capataz, apareciendo por el otro extremo de la calle un coche que les cierra el camino.

Mientras el pequeño se oculta en la vieja estación, el pastor habla con el capataz, que le dice al Moro que él también estuvo en Marruecos en la legión y que ya que fueron camaradas se olvidará de todo lo ocurrido si deja que el niño vaya con él, diciendo que eso no lo puede decidir él, pues no es el dueño de nadie, diciéndole el capataz que entonces no es su guerra, aunque él le dice que se equivoca, que sí es su guerra, pues mataron la mitad de sus animales y lo arrastraron como a una bestia, diciéndole el capataz que en pago de los daños puede quedarse con el caballo del viejo.

El pastor responde que pelearon en la misma guerra, pero que no es como él ni es su camarada, pues por culpa de gente como él vio morir a muchos compañeros y no va a entregarle al niño.

Comienzan tras ello el tiroteo, ocultándose el Moro en la estación junto al niño, aunque entonces les lanzan un candil que hace que comience a arder el suelo, y cuando otro de los hombres va a lanzar el segundo es abatido por el pastor, aunque luego deben salir por la puerta de atrás para evitar morir quemados.

Mientras él se enfrenta a sus perseguidores, el niño se oculta en una casa abandonada, aunque al otro lado ve por la ventana al capataz, por lo que huye en dirección contraria, metiéndose en un establo vacío y ocultándose tras una columna desde donde escucha los pasos de su perseguidor, aunque logra despistarlo.

Entran luego a la misma casa el Moro y Triana tras él. Le dispara, aunque no acierta. Sí lo hace el Moro, que acaba con él.

Se une al niño, cuyos aterrados ojos le hacen comprender que tras ellos está capataz, que le dispara con su pistola, cayendo el Moro al piso de abajo.

Se lleva luego al niño, al que le reprocha que se marchara, con todo lo que hizo por él, recordándole que era un muerto de hambre y que los ha alimentado a él y a toda su familia y le ha enseñado todo lo que sabe, pidiéndole que observe lo que a provocado y diciéndole que no le hacía falta escapar, pues él le hubiera llevado a la ciudad y le habría regalado su reloj, llamándolo desagradecido.

Cuando va a acariciarlo, el chico le retira la mano, tras lo que el hombre le obliga a subir al coche, aunque tras hacerlo, el chico le pone el cuchillo en el cuello y le dice que no se va a ir con él a ninguna parte, diciéndole el capataz que si le va a matar que haga lo mismo con sus padres, o que vaya a ver al cura, aunque no le creyó cuando se lo contó o al alcalde, que hace lo mismo con la sobrina de su criada y que los mate a todos y le prenda fuego a su pueblo.

El niño le dice que no quiere matar a nadie más, solo a él, escuchando entonces la voz del Moro que le dice, "Niño, no lo hagas", tras lo que saca al capataz del cuello de la camioneta, cogiéndolo luego con su bastón y, mientras lo ahoga, le pide al niño que no mire, rompiéndole finalmente el cuello.

El niño, llorando, corre hacia el Moro y lo abraza, pero está tan mal que cae. El niño le pregunta cómo puede ayudarle, diciéndole él que no puede, insistiendo el pequeño en que deben intentar llegar a casa de su amigo en el caballo, aunque el hombre le dice que no puede ya.

Él le dice que todo fue por su culpa y que no le puede dejar, diciéndole el pastor que no diga eso, que los niños no tienen la culpa de la maldad de los hombres.

Le dice luego, cuánto has crecido niño, antes de morir.

El niño le echa un puñado de tierra por encima como hizo con los demás muertos tras enterrarlos.

Subido en el caballo, y tirando del burro y de las ovejas, el muchacho se aleja tras ello.

Calificación: 3
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