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La aldea maldita

España (1930)

Duración: 58 min.

Música: Carlos Pahissa

Fotografía: Alberto Arroyo

Guion: Florián Rey

Dirección: Florián Rey

Intérpretes: Carmen Viance (Acacia), Pedro Larrañaga (Juan de Castilla), Amelia Muñoz (Magdalena), Víctor Pastor (Abuelo), Ramón Meca (Tío Lucas), Pilar Torres (Fuensantica).

Dicen que el cielo quiso castigar a la pequeña aldea castellana. Por eso la tierra le negó su fruto.

En el pueblo, los habitantes, al ver su campanario hacen la señal de la Cruz.

En Castilla perdura una raza de humildes hidalgos. A ella pertenece Juan Castilla, un pobre campesino con ideas y sentimientos de gran señor.

En su humilde hogar, su padre y su mujer, Acacia, están junto a la lumbre, arropando ella a su bebé, tras lo que sale afuera para hablar con sus vecinas, una de las cuales, su amiga Magdalena presume de su nuevo mantón y del collar, que, cuenta, le trajeron de Segovia.

Mientras trabaja en el campo ve que se levanta un mal viento que empuja las nubes y otro vecino aventura que no trae nada bueno la tormenta y que con menos motivos salieron años atrás en rogativa.

El viejo coge al niño en brazos y lo cubre con su capa, debiendo Acacia cerrar la ventana que se había abierto.

Algunos lugareños acuden a la iglesia para pedir a Dios que ahuyente el maleficio que arruina los campos, pidiendo que proteja los sembrados.

Enseguida comienza a diluviar y mientras unos rezan. Acacia lee un folletín y otros miran caer la lluvia angustiados.

Acacia acuna a su niño cuando llega Juan, que le dice a su padre que se perdió todo. Que ni una espiga se libró del pedrisco y que esta vez no podrán escapar de la miseria.

En el periódico se hacen eco de la noticia, hablando de la Aldea Maldita, como llaman el resto de los pueblos de la comarca a Luján, por ser el tercer año que pierde sus cosechas a consecuencia de un pedrisco, rematando que sus habitantes huyen del hambre y buscan trabajo en otras regiones.

Al tío Lucas es al único que no le afectan las desgracias y muchos le odian, escribiendo en su puerta que, mientras el pueblo pasa hambre, él tiene la despensa repleta.

Juan pasa entre todos los vecinos reunidos en su puerta y va a hablar con Lucas, que después de un rato se enfada, le dice que él entró con engaños y es por ello más ladrón que los demás.

Ofendido por sus palabras, le coge por el cuello y está a punto de acabar con él, entrando el resto del pueblo en su casa cuando él se escabulle.

Desesperados ante la hambruna, la gente se dispone a emigrar, cargando sus carros con sus escasos enseres.

Magdalena habla con Acacia y le dice que deje al viejo con sus manías y se vaya con ellos para no morir de hambre, aunque ella le dice que no debe dejar la aldea mientras Juan esté en la cárcel, aunque le dice que tiene para rato, porque el tío Lucas es vengativo y no perdonará al que le hirió tan gravemente e insiste en que debería conocer el mundo que hay tras esas sierras, recordando ella el bullicio y el tráfico de la ciudad.

Tras escuchar a su amiga se acerca a su suegro y le dice que ha pensado en marcharse, preguntándole si ha pensado irse con el niño, tras lo que le dice que haga lo que desee, pero que no debe olvidar que lleva con ella una pesada carga, el honor castellano. El suyo y el de todos ellos y que en Castilla no se perdona al que mancha su nombre y le dice que él se quedará allí, pues no podría respirar el aire de otras tierras.

Magda, por su parte le aconseja que deje al niño con el viejo, pues le será un estorbo hasta que encuentren trabajo y más adelante volverá a buscarlo.

Le ayuda luego a recoger su ropa para el viaje.

La caravana comienza a desfilar y abandonar el pueblo, mientras el anciano, pese a no ver consigue coger al niño en sus brazos y se marcha de la casa.

Cuando Acacia ve que no están ni su suegro ni el niño se asusta y sale a buscarlos.

Los encuentra en las ruinas del viejo castillo, diciéndole el viejo que no creería que se lo dejaría llevar, pues es suyo. Lleva su nombre y su sangre.

Aunque llora, su amiga la consuela y tira de ella llevándosela.

Desde la cárcel Juan grita pidiendo a Acacia que no le abandone, pero su voz no se puede escuchar con el ruido de los carros.

En su casa, arrepentido, Lucas escribe una carta a Juan diciéndole que esa noche estará libre, aunque debe agradecer su libertad al pueblo, no a él, tras lo que le pide perdón y que acepte su ayuda.

Este lee la carta en prisión y casi no lo puede creer.

Regresa a la casa, donde le espera el anciano y le pregunta si no le dijo Acacia a dónde iba, diciendo él que no, pero que cree que estará en la ciudad.

Tres años más tarde Juan Castilla trabaja como capataz en una casa de labor de Segovia. También él tuvo que emigrar de la aldea maldita, habiendo logrado una posición desahogada, viviendo allí con su padre y su hijo

El día de su santo los trabajadores a su cargo le regalan una tarta.

Su padre lamenta que llevan ya tres años sin saber nada de Acacia, asegurando Juan que ha muerto, preguntándole el padre si lo cree de verdad, rechazando las insinuaciones del viejo, diciéndole que no le consiente que piense mal de ella, pues era buena y honrada y seguirá siéndolo si vive.

El hombre dice que seguro que vive, para vergüenza suya y afrenta de su hijo que recibirá esa herencia.

Sale luego a una taberna con sus trabajadores para celebrar el día, acercándosele una mujer de forma insinuante, en la que reconoce a Magdalena, a la que lanza al suelo enfadado al ver a lo que se dedica, llamándolo ella cobarde, tras lo que se dirige a una cortina cercana que descorre para que pueda ver que tras ella se encuentra Acacia junto con otro hombre.

La mujer se avergüenza al verle y se asusta pensando que le pegará, y, aunque al principio lo sujetan, luego la coge de la muñeca y se la lleva.

Le entrega luego ropa austera para que se quite la que llevaba en el bar y se ponga la otra, de campesina antes de entrar en la casa y le dice que su padre debe morir sin conocer su deshonra, por lo que vivirá con ellos hasta el día de su muerte. Ni una hora más, prohibiéndole que toque a su hijo o que ponga en él su mirada.

La lleva luego con su nueva ropa a ver a su padre, que se pone muy contento al verla, aunque ella no puede parar de llorar, haciéndolo arrodillada a los pies del anciano, que la besa contento de su reaparición y la consuela.

Juan le dice a su padre que ha sido un malpensado, pues ella ha seguido siendo honrada y supo vivir de su trabajo, pidiendo el anciano perdón a ambos y luego le pregunta si no va a besar a su hijo, acercándose a la mesa donde está el niño, aunque solo para llorar, mientras el anciano asegura que ya se puede morir tranquilo.

Por la noche Juan no se separa del niño, durmiendo con él en brazos, pudiendo ella acercarse a hurtadillas para verlos mientras duermen.

Pasa el tiempo y llega el momento en que el niño debe ir a la escuela, llevándolo su padre, mientras ella los observa desde la ventana.

En ella la ven algunos de los hombres de la hacienda que comentan que es la mujer que el capataz se llevó para vivir con él, comentando uno que él la vio cuando la sacó de la taberna.

El rumor de que se ha llevado a una prostituta a vivir con él corre entre todos, y escriben una carta comentando que la conducta del capataz trajo el escándalo al caserío.

La mujer sale y le compra también un juguete que deja la entrada para que lo vea.

Cuando llega a casa con su padre tras las clases este ve el muñeco y lo tira fuera, aunque el niño corre a buscarlo, cayéndose por las escaleras al hacerlo.

Ella sale a recogerlo, pero su padre se lo impide y lo levanta él.

Para entonces el anciano se encuentra ya mal y Acacia corre a su cama y llora.

Pasaron los días y Juan siguió comportándose tal como dijo que haría pese a que su amor hacia Acacia todavía no se había extinguido, aunque trataba de ignorarlo por su elevada idea del honor.

Recibe la visita del administrador de la hacienda, que le muestra la carta en que le informan de que el capataz introdujo en su casa a una mujer de mala nota, dando mal ejemplo a la peonada.

Le indica que el dueño se resiste a creerlo y le pidió que averiguara la verdad de boca del propio Juan y le asegura que si le jura que no es cierto no hará más averiguaciones. Pero Juan le dice que es verdad y le pide que diga al amo que espera que siga con la estima que le tenía, pero que la mujer no puede salir de su casa hasta que su padre muera y que él, que nunca deseó la muerte de nadie está deseando la de su padre.

Ella lo escucha y llora sin que el niño pueda consolarla pese a intentarlo.

En su lecho de muerte, el padre de Juan le pide a este que nadie le llore, pues se va muy contento, ya que su nieto será como ellos. Como fueron su padre y sus abuelos y pide que le enseñe que el honor, su único caudal debe pasar íntegro de padres a hijos incluso a costa del hambre, de la miseria y de la misma vida.

El viejo fallece finalmente y Acacia sabe que llegó el momento de marcharse por lo que

se aleja entre la nieve.

El periódico incluye una noticia unos días más tarde sobre una mujer salvada de los rigores de la nieve y que no supo decir su nombre y procedencia y que acabó ingresada en una casa de salud debido a su lamentable estado moral.

Juan lee la información, donde indican además que, el día anterior, aprovechando un descuido de las enfermeras se fugó, indicando que la enferma padece la obsesión de los niños.

La mujer vaga por la ciudad y cada vez que se topa con un niño se acerca y lo acaricia, aunque a las madres les parece rara y se los llevan.

Un día se acerca a una escuela para ver salir a los niños, que también la observan como una mujer rara, y comentan que es de las que roban a los niños para cosas de brujería, por lo que comienzan a lanzarle piedras.

Otra vez ante la aldea maldita

Juan recibe una carta de Lucas en la que le dice que es preciso que vaya al pueblo con el niño.

Juan se acerca en efecto al pueblo a caballo y va a ver al tío Lucas.

Van luego a su vieja casa, donde Acacia, frente a la cuna vacía del niño, totalmente alocada, la mece y les pide silencio mientras canta la nana que cantaba al bebé.

Juan le dice entonces al niño que se acerque a su madre y la bese.

Esta se sorprende al sentir el beso del niño y de pronto parece tomar conciencia y llora de nuevo

El tío Lucas le dice que hace bien en perdonar.

Calificación: 4
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