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Los culpables

España (1962) *

Duración: 88 min.

Música: Francisco Martínez Tudó

Fotografía: Ricardo Albiñana

Guion: Luis Alcofar, Josep Maria Forn, Jaime Salom (Sobre su obra)

Dirección: Josep María Forn

Intérpretes: Susana Campos (Arlette), Yves Massard (Dr. Andrés Laplaza), Tomás Blanco (Pablo Ibáñez), Ana María Noé (Dueña de la tienda de telas), Félix Fernández (Comisario Ruiz), Gérard Tichy (Salvador García), Carmen Mejías (Gloria), Luis Induni (Juan).

Una mujer, Arlette, llega en su coche, bajo una fuerte lluvia, hasta una tienda de tejidos del extrarradio, subiendo hasta la casa de la dueña, que le dice que el hombre llamó y le dijo que no le esperase, pues tampoco puede ir ese día.

Cuando vuelve a casa le sorprende ver que está allí ya Pablo, su marido, al que le prepara sus gotas, que le da mientras discute con uno de sus empleados, Salvador García, que llega para visitarlo y con el que le ve discutir con vehemencia.

Mientras se toma las gotas ella le hace una señal a Salvador, que niega con la cabeza.

Acude al día siguiente a la consulta del doctor Andrés Laplaza, al que le pregunta si la recuerda, tras lo que le echa en cara que le diera plantón una vez más, excusándose él con el trabajo y reprochándole que haya ido a la consulta.

Ella le dice que está harta, diciéndole él que no pueden dejarlo todo sin más, pues ninguno de ellos resistiría la pobreza.

Les interrumpe Gloria, la enfermera, diciéndole Arlette, al ver su actitud que está enamorada de él.

Le muestra luego las gotas de su marido, diciéndole él que es una buena medicina para el corazón, aunque en pequeñas dosis, diciendo ella que sería una buena solución para su situación, algo que a él le espanta, diciéndole ella que no debe temer, pues en el fondo aprecia a su marido y le faltaría valor para utilizarlas mal.

Mientras hablan, y por el interfono, Gloria le dice al doctor que tiene otro cliente, sorprendiéndose al ver que se trata de Pablo Ibáñez, el marido de ella, siendo Arlette la primera sorprendida, no explicándose su presencia allí, pues, según señala, a esas horas está siempre en su despacho y no cree que sospeche nada, escondiéndose.

Pero cuando pasa a la consulta, le dice que ha ido por su mujer. Sabe que la conoce y que está allí, por lo que le pide que la llame para asistir al encuentro.

Andrés trata de buscar una explicación, pero ella le corta, pues sabe que es inútil.

A continuación Pablo le pregunta si se casaría con su mujer si fuera libre, a lo que responde que sí, preguntándole lo mismo a ella, que también responde afirmativamente.

Concluye que él es por tanto el obstáculo para su felicidad, preguntándole a Arlette si nunca ha pensado en su muerte, respondiendo ella que sí, pero que sería incapaz de acabar con su vida.

Él le dice que le cree, y que hay una tercera persona interesada en su muerte. Él mismo. Aunque, le aclara, no ha ido a pedirle que le mate, sino a que borre su nombre de la lista de los seres vivos.

Les explica que la situación actual de su empresa, Ibáñez, S.A., es desesperada y el día en que se haga pública su situación será la ruina y la cárcel.

Les cuenta también que unos años tras suscribió una póliza de vida por valor de 5 millones de la que es beneficiaria su mujer, y, como todos saben que sufre del corazón, a nadie le extrañaría que sufriera un ataque al enterarse del desastre financiero.

Le explica luego al doctor que ese fin de semana irán a su finca de San Carlos y, como él es el médico de la población podrá firmar su certificado de defunción, teniendo todo lo referido al funeral ya previsto, y como San Carlos está al lado de la frontera podrá cruzarla sin problemas.

Luego, le enviarán los 5 millones clandestinamente a Suiza, advirtiéndoles que, de no ser así, regresaría e irían a la cárcel. A cambio, Arlette heredará sus valiosas fincas.

Andrés le dice que no puede hacerlo, pidiéndole que se lo piense y volverán a hablar, aunque el médico le dice a Arlette que es un chantaje y no quiere aceptarlo.

Pero ella no puede dejar de pensar en Pablo, que en un momento la ha perdido a ella y sus negocios, diciéndole él que si tanta pena le da puede quedarse con él, diciéndole ella que no debe dudar nunca de su amor.

El fin de semana, el médico firma, en efecto, el parte de defunción, explicándole Pablo que cerrará él mismo el ataúd con ayuda de Juan, su sirviente, explicándole que metieron unos sacos de arena para simular el peso.

Al día siguiente, cuando llegan todos los amigos y familiares para el entierro, el ataúd está ya cerrado, e indican que dijo que prefería que no le vieran.

Durante el entierro comparece en el cementerio un hombre que se presenta al Doctor Laplaza como corresponsal de la compañía de seguros La Estrella para indicarle que, al haber suscrito el fallecido una póliza por una cantidad tan elevada, creen que el forense debe hacer un dictamen, y más debido a que corren rumores de que sus negocios marchaban mal, preguntándole él si no le basta su certificado indicando que fue un ataque al corazón y que él asume la responsabilidad.

Entre la gente que asiste al cortejo pueden observar ambos a la dueña de la tienda de tejidos y su sonrisa burlona.

En el cementerio preguntan si alguien desea verle por última vez, lo que les asusta, debiendo aclararles que no pueden hacerlo, pues el ataúd está forrado de zinc.

Ya a solas con ella, Andrés le dice que está arrepentido y tiene miedo, incluso de enfrentarse con la vieja en el piso donde se veían cuando vaya a recoger sus cosas, aunque Arlette le asegura que no habrá ningún peligro, pues solo sabe que se querían y tienen toda una vida para quererse.

Les sorprende Gloria, la enfermera, que se había olvidado la cartera, abrazándose.

Regresa en efecto a casa de la dueña de la tienda de telas, que le dice que le debe 3.000 pesetas por haber mantenido el piso comprometido aunque no hubieran regresado en ese tiempo y le pide además un préstamo de 5.000 pesetas, pues le costará alquilar la habitación, dándosela pese a que sabe que se trata de un chantaje.

Le entregan a Arlette el cheque por el importe de los 5 millones.

En el juzgado se tramita la quiebra de la empresa de su marido y le preguntan cómo se explican que su marido no se hubiera percatado de la desaparición de importantes cantidades de dinero que no figuran en la contabilidad, no entendiendo que tampoco conocieran la situación los gerentes ni el cajero.

Le preguntan también por Salvador, el hombre de confianza de su marido, diciendo ella que cree que está en el extranjero, y que no volvió a verle.

Cuando se marcha, y desde la ventana, el juez observa a Arlette, viendo que sube el coche del doctor Laplaza.

En este, ella le recrimina que apenas se ven y que la necesita, diciendo él que deben ser prudentes, ante lo que ella se queja, pues parecía que iban a alcanzar la felicidad y está viendo cómo se le escapa, pues están cada vez más separados.

Él le dice que se han equivocado y que la felicidad no puede basarse en el engaño, pero ella dice que en cuanto pase el año y se celebren los funerales deben afrontar la situación.

Unos días más tarde, Arlette llega a la consulta, y, como no está Andrés, aprovecha el momento para hablar con Gloria, a la que reprocha lo agresiva que ha sido siempre con ella, y le dice que deben tratar de ser buenas amigas, aunque Gloria le informa que no tendrán que verse más, pues se irá a trabajar a un hospital, aunque le dice que sabe lo de la casa de telas y reconoce que estaba celosa.

Cuando se va la enfermera llega otro hombre, que le dice que era amigo del padre de Andrés, diciéndole ella que está muy atareado con los preparativos de la boda, entregándole el hombre su tarjeta, viendo ella que es el comisario Ruiz.

Llega Andrés en ese momento, aunque Andrés no le recuerda, diciéndole que era vecino suyo en Madrid, que vivía en la pensión del 15 y jugaba al dominó con su padre.

Cuando se quedan solos le habla de lo curioso del caso de Ibáñez y cómo el hombre se murió a tiempo. Justo unos días antes de su ruina, y comenta que ella tuvo suerte, pues pese a la quiebra ella recibió 5 millones y varias fincas.

Andrés miente y le cuenta que era su paciente, pero que no empezaron a tratarse tras la muerte del marido.

Ruiz le cuenta que no está por casualidad. Que fue a verle porque la compañía de seguros les pidió que investigaran el caso tras recibir varios anónimos, y después de que fue él quien firmó el certificado de defunción, contándole que los anónimos dicen que Ibáñez murió envenenado con arsénico.

Él asegura que padecía una cardiopatía que le llevó a ese resultado, diciéndole el policía que necesitan una prueba concluyente de que no existen restos de arsénico en el cuerpo, y para ello deben hacer una autopsia, disponiendo ya de una orden judicial.

Cuando ve a Arlette le muestra su preocupación, tratando ella de calmarlo diciendo que no pueden probar nada, recordándole él que certificó la muerte, indicando ella que pudieron engañarlo o sustraer el cadáver, aunque él le dice que deben confesar, diciéndole ella que es mejor esperar acontecimientos, diciendo Andrés que están perdidos, pidiéndole ella que finja extrañeza cuando vean que el ataúd está vacío, y le pide que jure que no dirá nada.

Aunque ella no estaba convocada, acude con él por la noche al cementerio para estar presente en la exhumación que se realiza ante el juez, el forense y el comisario.

Andrés se muestra visiblemente nervioso y, cuando por fin quitan la chapa de zinc, ella grita el nombre de su marido y reacciona llorando amargamente en los hombros de él, también sorprendido, pidiendo el juez que lo lleven al depósito.

Andrés le pregunta a ella qué ha hecho.

Antes de realizar la autopsia deben confirmar que el fallecido es Pablo Ibáñez, lo que hacen con unas placas de aquel, señalando el forense al Doctor Laplaza y al comisario que la fractura del fallecido coincide con la de las placas.

Mientras el forense y Laplaza empiezan con la autopsia, llega Gloria, que dice que necesita hablar con este, aunque no puede salir, aprovechando su llegada el comisario para preguntarle si durante los 14 años que trabajó con el doctor visitó a menudo al señor Ibáñez, diciéndole que fue solo una vez a su consulta, preguntándole él si no es raro entonces que avisaran entonces al doctor Laplaza en San Carlos, diciendo ella que no fueron los Ibáñez quienes lo llamaron, sino la señora Ibáñez.

Terminada la autopsia le entregan el resultado al comisario certificando que no encontraron arsénico ni otros tóxicos, por lo que piensan que pudo ser una muerte natural, aunque por el estado del cadáver no pueden certificarlo.

Cuando se van, no cruzan palabra hasta llegar al destino. Allí él le dice que está esperando que le explique lo ocurrido, diciéndole ella que es tan inesperado para ella como para él, aunque él le dice que es imposible, preguntando Arlette si sospecha de ella, diciéndole él que debe probar su inocencia, pues él está muy confuso, recordándole que unas horas antes ella le aconsejó que lo negara todo, asegurando ella que puede mentir a la policía, pero no a él, y que si lo hubiera matado, se lo hubiera dicho, pues lo habría hecho por él.

Luego lamenta su actitud asegurándole que ella le hubiera creído, y, aun en el supuesto de que fuera culpable le hubiera seguido al fin del mundo, pero que si lo desea está a tiempo de denunciarla, diciendo él que no lo hará.

Andrés regresa a San Carlos para tratar de averiguar lo ocurrido. Allí Juan le cuenta que Pablo se recluyó en un cuarto, y al día siguiente, cuando regresó él ya no estaba, suponiendo que se marchó en el coche que tenía preparado en el garaje y no escuchó ruido alguno que pudieran hacerle pensar que alguien manipuló el ataúd, pues estuvo toda la noche en casa menos un momento que tuvo que ir a la farmacia porque le envió la señora.

Antes de marcharse, Juan le dice que le llamó Arlette antes de su visita para advertirle de la misma, aunque le dijo que respondiera sinceramente a todas sus preguntas.

En la capital, acude al banco para comprobar si realizaron la transferencia a Suiza, sin darse cuenta de que un colaborador del comisario Ruíz sigue sus pasos.

Al salir del banco le está esperando Arlette, que le dice que sabía que iría allí, preguntándole él quién hizo la transferencia, pues en el banco lo ignoran, diciéndole ella que siguiendo las instrucciones de Pablo lo hicieron a través de la agencia Intertur. Que ella entregó el dinero a su gerente, Cartié y uno de sus apoderados en Suiza tenía que ingresarlo en la cuenta de Salvador García en un banco de Ginebra e incluso le jura que no mató a Pablo y que actuaron tal como habían acordado con él.

Pero él acude a Intertur y habla con el gerente que le cuenta que su sucursal suele trabajar con la Societé de Banque Suisse.

Desde la frontera Ruiz recibe una llamada en que le advierten que Salvador García cruzó la frontera en su Skoda.

Queda luego con Andrés, al que le dice que él ya nada tiene que hacer allí, pero que hay algunas cosas que le han llamado la atención.

Le cuenta que Salvador García, el más íntimo colaborador de Ibáñez cruzó la frontera el mismo día de la muerte de aquel, no regresando para declarar como testigo en la quiebra pese a todos los requerimientos, estando al tanto de que los 5 millones cobrados por la viuda fueron transferidos clandestinamente a una cuenta de Salvador García en Suiza y le pregunta si sabía algo de ello, diciéndole que no, advirtiéndole el comisario que no debe prestarse a encubrir un asunto tan sucio por ser su prometido.

Cuando regresa a la consulta, la recepcionista le dice que volvió a llamarle la mujer de la calle Herrería insistiendo en que es urgente, por lo que acude a su casa, diciéndole la mujer que está en un apuro y le pide que le preste 5000 pesetas, diciendo él que no le dará nada, diciendo ella que entonces se lo pedirá a la señora Ibáñez, diciéndole él que si sigue tratando de chantajearlos hablará con la policía, diciéndole ella que si lo hace además del escándalo, quedará en ridículo, pues no era él el único que se encontraba con la señora Ibáñez allí arriba. Que también se veía con Salvador García.

Entra tras él un hombre, el mismo que lo siguió al banco, que simula ser un cliente.

Cuando pide explicaciones a Arlette, esta le confiesa que se vieron pero que fue porque sabía lo de sus encuentros y la chantajeaba amenazando con contarle todo a su marido.

Ella sabía que su marido iba a utilizar la documentación de Salvador para huir, pero se plantea que tal vez no lo hizo y fue el propio Salvador quien cruzó la frontera tras asesinar a Pablo por los 5 millones.

El comisario Ruiz va a ver a Gloria en el hospital en que trabaja, aunque cuando habla con ella se desdice de su anterior declaración cuando dijo que Pablo Ibáñez había ido una sola vez a la consulta del doctor, diciéndole que en efecto fue así porque solo fue una vez al sanatorio, pero le atendió en otras ocasiones en su casa.

Le pregunta también por la tienda de la calle Herrería, asegurando la enfermera ignorar la existencia de ese piso, concluyendo el comisario que si calla es porque considera culpable a Andrés y trata de darle una coartada.

Este, por su parte, sigue investigando, para lo que va a ver a los familiares de Salvador que le cuidaron a la muerte de sus padres que le cuenta que lleva en el extranjero más de un año. Antes incluso de la muerte de Ibáñez y que les manda un giro todos los meses, consiguiendo gracias a ello su dirección en Suiza.

Ruiz examina los anónimos recibidos por la aseguradora y se fija en que están escritos en un papel de una marca que no existe en España y comprueba que es suizo, por lo que concluye que una persona escribía unos anónimos en Suiza y se los enviaba a alguien en España para que pareciera que llegaban desde aquí, ocultando el lugar de procedencia.

El policía que seguía a Andrés llama a Ruiz para informarle que la mujer de la tienda de tejidos recibió en efecto 6 giros desde Suiza, comprendiendo que fue ella la que echó los sobres, por lo que acude a interrogarla, confesando que se los enviaba Salvador, pensando ellos que con los anónimos trataba de asustar a la viuda y hacerle chantaje.

Desde el paso de la aduana llaman al comisario avisándole de que acaba de entrar en España Salvador García, llamando Ruiz a Portbou para avisar a la policía.

Arlette sale en su coche hacia San Carlos tras recibir también ella una llamada.

Entretanto Andrés acude a comisaría, escuchando a su hombre de confianza contarle que un puesto de la guardia civil controló el paso del coche de Salvador García por el paso de San Carlos.

Sale por ello también él hasta la casa de campo de los Ibáñez y le pregunta a Juan si fue alguien esa tarde, diciendo él que no, aunque al salir ve unas roderas de coche que se dirigen al garaje, viendo en este el Skoda de Salvador oculto bajo unas ramas, por lo que regresa a la casa y le pregunta a Juan dónde está Salvador García, negando él que esté allí, decidiendo subir hasta el piso de arriba pese a la oposición de aquel, entrando en cada habitación hasta que descubre en una de ellas a Pablo Ibáñez durmiendo.

Le dice al ver su estupefacción que no es una aparición, preguntándole si quien estaba en el ataúd era Salvador García, a lo que le responde afirmativamente, señalando que las radiografías que examinaron eran de él.

Reconoce también que fue él quien envió los anónimos haciendo que exhumaran el cadáver. Con ellos hacía que él sospechara de Arlette, pues sabía que no podría quererla si pensaba que tenía las manos manchadas de sangre.

Le dice que la tarde en que le propuso el plan Salvador había muerto ya y ella lo sabía.

Le acusa luego de ser él el verdadero asesino de Salvador, aunque no lo hiciera con sus manos y que murió porque se atrevió a decir en voz alta lo que él no tuvo valor de decir, pues cuando le recriminó el desfalco cometido, Salvador le habló de la relación entre Arlette y él, negándose a creerlo, por lo que acabó con su vida.

Luego ella le confesó que era verdad y él pensó en entregarse, urdiendo Arlette todo ese complicado plan para salvarle, o quizá para no perder a su amante.

Le dice luego que ahora él ha perdido su oportunidad y ha ido a llevársela, pues solo él podrá mantenerla en una posición sólida.

Llega ella, que se sorprende al ver allí a Andrés.

Pero Arlette le dice que se equivoca, diciéndole Pablo que está confundida. Que quiso a Andrés, pero que ya no queda nada, y en cambio a él le admira, pues mató por ella y ha vuelto a buscarla. Y además sigue siendo su mujer.

Le dice a ella que se apresure, pues deben volver a atravesar la frontera cuanto antes, diciéndole Andrés que ella decide, respondiéndole que Pablo tiene razón. Que es el más fuerte y que es mejor así.

Bajan al aparcamiento, donde tiene el coche y le cuenta a Arlette que en Suiza está en contacto con unos armadores para organizar una flota petrolera.

Le pide a Arlette que saque el coche mientras él va a recoger algo.

Pensando que Andrés les denunciará, lo sorprende, en efecto tratando de llamar a la policía, por lo que le dispara.

Le dice luego a Arlette que tuvo que hacerlo porque iba a denunciarlos y no había otra solución, tras lo que salen a toda velocidad, aunque para entonces ya los persiguen policía y guardia civil, que consiguen acorralarlos, aunque Pablo, que no está dispuesto a entregarse saca su pistola, impidiéndole Arlette utilizarla, pues están rodeados.

Sale del coche y entrega el arma al comisario Ruiz, que se lo lleva en su coche.

Ella piensa, mientras sube también al coche policial que era un hombre bueno y leal y ha hecho de él un asesino y se pregunta quién es en realidad más culpable.

Calificación: 3
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