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Mientras dure la guerra
Mientras dure la guerra

España / Francia (2019) *

Duración: 103 min.

Música: Alejandro Amenábar

Fotografía: Álex Catalá

Guion: Guion: Alejandro Amenábar, Alejandro Hernández

Dirección: Alejandro Amenábar

Intérpretes: Karra Elejalde (Miguel de Unamuno), Eduard Fernández (José Millán Astray), Santi Prego (Francisco Franco), Patricia López Arnaiz (María de Unamuno), Carlos Serrano-Clark (Salvador Vila Hernández), Nathalie Poza (Ana Carrasco), Tito Valverde (Miguel Cabanellas), Luis Bermejo (Nicolás Franco), Luis Zahera (Atilano Coco), Inma Cuevas (Felisa de Unamuno), Ainhoa Santamaría (Enriqueta), Mireia Rey (Carmen Polo), Luis Callejo (Emilio Mola).

Varios camiones cargados de soldados llegan a la plaza Mayor de Salamanca y empiezan a montar sus ametralladoras y a formar, mientras un capitán proclama que ese día, 19 de julio de 1936 queda declarado el Estado de Guerra en Salamanca, y, asegura, con ayuda de Dios, en toda España.

Lee tras ello el bando, entre aislados gritos en contra del golpe, que los soldados acallan de inmediato.

Un grupo de militares va a detener a Casto Prieto, el alcalde, que los espera serenamente junto a su esposa, que se enfrenta a ellos acusándolos de secuestrar al alcalde, corrigiéndola ellos diciendo que lo detienen.

En el campo, un Miguel de Unamuno, joven, con un libro en las manos dormita en brazos de su novia. Es un sueño del que le despierta su nieto, Miguelín.

Escucha en la radio la noticia del alzamiento, mientras fuera se escuchan disparos, y, aunque sus hijas tratan de impedirle salir, él decide hacerlo, cruzándose por la calle con grupos de soldados que llevan detenidas a varias personas.

Va a casa de Atilano, un sacerdote protestante y buscan luego a Salvador Vila, un joven profesor, que, aunque está asustado, decide salir con ellos.

Acuden, como cada tarde, al café Novelti, de la Plaza Mayor, donde, Salvador les cuenta, hubo cinco muertos.

Atilano dice que también los comunistas y sindicalistas disparan y queman iglesias y conventos.

Unamuno se va pronto, pues le llamarán por teléfono a la universidad para una entrevista en la que cuenta que él acabó desterrado en Fuerteventura por tratar de cambiar las cosas, y cuando por fin cambiaron y se fue el rey no hubo ni orden, ni paz, y critica el estatuto catalán, que él mismo votó, pero no para que se rompiera España, asegurando no haber traicionado a la República, sino que la República le ha traicionado a él, que, paradójicamente, la sigue amando y por eso cree que es necesario el alzamiento para ponerla en orden.

Tras la entrevista recibe la visita de Ana Carrasco, la mujer del alcalde para contarle que se lo llevaron sin cargos y sin explicaciones, solo por ser alcalde y socialista, encontrándose a Unamuno poco empático, pues, le dice, les advirtió que eso podía ocurrir y que ahora hay que colaborar con los sublevados.

Ana le dice que antes la muerte, no entendiendo él que esté todo el país dispuesto a morir por ideas políticas, recordándole ella que él nunca se calló las suyas.

Le dice que no puede hacer mucho más por ella que prestarle dinero si lo necesita hasta que Casto salga de prisión, lo que ella rechaza, diciéndole que debería ver lo que se siente si se llevaran a alguno de su familia.

Protectorado español en Marruecos

Llega un coche con Bernhardt, un alto cargo alemán, que lleva la bandera nazi, hasta el acuartelamiento, donde esperan Francisco y Nicolás Franco, que exponen su deseo de disponer de 20 Junkers cruzando el Estrecho día y noche para auxiliar a los sublevados alzados para salvar a la República del comunismo, aunque Bernhardt le dice que a Hitler le preocupa la muerte del General Sanjurjo y desea que nombren un nuevo líder cuanto antes, aunque Nicolás le explica que el liderazgo lo ejercerá una junta de Defensa en Burgos y las decisiones se decidirán por consenso, asegurando el alemán que no podrán ganar sin un líder, y el Führer podría retirarles su apoyo.

Dentro, Franco dice que a los alemanes hay que seguir exprimiéndolos, aunque le dicen que quizá deba dar él el paso para evitar que les cierren el grifo.

Se acuerda por el gobierno de la República el cese de Miguel de Unamuno como rector vitalicio de la Universidad de Salamanca, retirándosele sus otros cargos.

Él concluye que los rojos le atacan, diciéndole su hija que es por la donación de las 5.000 pesetas que hizo a los militares. Un sueldo de 6 meses, entregado según su hija a los fascistas, diciendo él que a militares que cumplían su obligación de defender a la República.

Sale por la tarde de nuevo con sus amigos y pasean por las afueras.

Salvador les cuenta que fusilaron a Casto, aunque Atilano no termina de creérselo, asegurando Unamuno que los disparos que se escuchan son de cazadores furtivos y que nadie ha abolido la República, pues sigue ondeando la bandera.

Salvador le echa en cara lo que ha cambiado, pues con tal de que no le toquen su partida, y su café no dice nada, seguramente porque le dolió que le destituyeran.

Le dice a Salvador que se pase a la República y le diga a Azaña que se autodestituya, o que, mejor, se suicide, algo que Atilano, como Cristiano no acepta, diciéndole Unamuno que es un meapilas, ante lo que Atilano decide marcharse ofendido.

Pasa frente a ellos un coche cargado de soldados disparando al aire.

De regreso, se pasa por casa de Atilano, y le dice a Enriqueta, su mujer, que le diga que al día siguiente le espera en el Novelti, como siempre.

Desde su coche, Millán Astray va arengando a los legionarios, a los que dice, él acogió cuando nadie los quería, culminando su discurso con el grito de "Viva la muerte", habiendo muy cerca de donde pasan sus columnas, varios de los fusilados.

Cuartel General de Franco. Cáceres

Millán Astray se emociona al abrazar a Franco, que le explica que avanzan 25 kilómetros por día, diciéndole él que ha tenido que llegar él para sacar las castañas del fuego a la junta de Burgos.

Franco le pide que él se encargue de la propaganda.

Junta de Defensa de los sublevados. Burgos.

El Presidente de la Junta, el General Cabanellas restituye a Don Miguel de Unamuno como rector vitalicio de la Universidad de Salamanca en premio por su lealtad.

Pero el nombramiento conlleva la presidencia de la comisión depuradora provincial, pidiéndole además un manifiesto para las universidades del mundo apoyando el Alzamiento, aunque él dice que la propaganda deben hacerla los militares.

Le cuentan que el encargado de propaganda es ahora Millán Astray, diciendo él que entonces deberán exiliarle de nuevo, pues no pudo con él ni el rey, indicándole su segundo que basta con que firme el documento, que puede redactar él mismo, respondiéndole Unamuno que no pasará a la historia como un Judas.

Sale por la tarde, como cada día a buscar a Atilano, pues lleva varios días sin ir al Novelti, contándole Enriqueta que el día que fue él por la tarde preguntando por él ya no apareció y fue a la guardia civil donde le dijeron que tenían que hacerle unas preguntas, haciendo ya tres días, preguntándole el Rector por qué no le dijo nada, diciendo ella que le soltarán, pues tendrán que darse cuenta de que se han equivocado.

Va al café, donde habla con Salvador, preguntándose si ha cometido una estupidez o ha sido porque se metió en su día en política, aunque asegura que pedirá explicaciones al gobierno, haciéndole ver Salvador lo ocurrido con García Lorca en Granada, lo que Unamuno, dice, es un bulo, aunque Salvador le dice que lo han dicho en la BBC, y que no se trata de una vuelta al orden, sino de fascismo como en Italia y Alemania.

Van a la Universidad, donde pide los informes de la comisión que antes despreció, viendo al examinarlos que figuran entre los detenidos, algunos conocidos, incluso algún alumno suyo, siendo las razones ser sindicalistas o no ir a misa.

Cuando ve el expediente de su amigo Atilano Coco llama a Enriqueta para contarle que le detuvieron por ser masón, diciendo ella que fue en Inglaterra cuando le nombraron pastor, pues allí lo es hasta el rey, y muchos generales.

Millán Astray es partidario de ir en auxilio del Alcázar, pero le dicen que eso retrasaría su entrada en Madrid y los rojos podrían recibir entretanto ayuda de Rusia, recalcando Franco que el Alcázar no está en su ruta.

Millán Astray apunta que tienen que ir a Burgos y exigir el mando, diciendo Franco que no tiene suficientes apoyos.

Llegan su mujer y su hija a instalarse con él en Cáceres, exigiendo su mujer que le hagan una capilla para poder rezar.

Luego el General le pide a un soldado que cambie la bandera de la República por la bicolor, tras lo que los soldados tararean el antiguo himno.

Esa decisión se va extendiendo por el resto de la España nacional, y Cabanellas ve cómo Franco va ganando apoyos, entre ellos los de los monárquicos, señalando que él se alzó para limpiar la República, no para traer al rey, aunque a Mola, que es a quien se lo cuenta, le parece que es mejor unirse y mostrar unidad.

Así, la bandera se va izando en todas partes.

Salvador y Unamuno ven cómo llegan a Salamanca todos los generales de la Junta, saludándolo Cabanellas, feliz de conocerlo, presentándole a Mola, a Millán Astray y a Franco, aprovechando Unamuno la ocasión para pedir a Cabanellas que revoquen la detención de Atilano, diciéndole Cabanellas que lo revisarán, tras lo que el escritor se fotografía con todos los militares.

Millán Astray le recuerda sus viejos artículos, cuando escribía para el semanario "La lucha de clases", diciendo Unamuno que fue cuando era joven y que hace muchos años que dejó el socialismo, recordándole el general que llamó a sus legionarios matones y cortacabezas, reconociendo el escritor que a veces se le desata la lengua, diciéndole el general que para enmendar sus errores debe firmar el manifiesto.

Franco le dice mientras les fotografían que su mujer le admira.

A la salida, Salvador le pregunta por Franco, del que, le dice, es un pobre hombre.

Cabanellas le dice a Mola que han caído en su trampa, pues Franco de lo que quiere hablar es del mando, que es lo que busca.

Mola le dice que le seguirán el juego y cuando les consiga Madrid le mandan a casa.

En la reunión, Cabanellas indica que lo del mando único no es tan urgente y prefiere que continúe el mando por junta.

Millán Astray recuerda que Sanjurjo regresaba a España para ser el Generalísimo y defiende luego que Franco ocupe ese lugar, pues, señala, no conoce el miedo y los tiros que a él le dejaron tuerto, manco y cojo, a él ni le rozaban.

Mientras los profesores redactan el manifiesto, los escucha Unamuno, que se queja de la pésima redacción, por lo que decide hacerlo él, firmándolo con los demás.

Entretanto, los generales van votando, uno a uno a Franco como generalísimo, algo que Millán Astray daba por hecho, ya que Mola es un inútil, Queipo de Llano un borracho y Cabanellas un masón.

Pero Nicolás no parece contento, pues consiguió el cargo, pero sin atribuciones y además decidieron no hacerlo público, pensando Franco que ha sido un paso en falso.

Cuando salen de la universidad tras haber firmado el manifiesto, llega Enriqueta, la mujer de Atilano, para llevarle una carta donde lo explica todo, asegurándole Miguel que van a revisar su caso.

Su hija María le muestra decenas de cartas de gente pidiéndole clemencia, diciendo él que no puede atender a tantas mujeres, diciéndole su hija que debe denunciar la masacre escribiendo un artículo al respecto, preguntándole si no se conmueve, acusándolo de tener el corazón de piedra.

Él le dice que no va a hacer nada por los rojos que le llaman traidor y dicen que chochea y que además matan y gritan, como estos.

Una noche suenan las sirenas y mientras todos se ocultan, Miguelín se queda con su abuelo, que recuerda que su madre murió tres años atrás y luego murió su abuela, y lo pasaron muy mal, pues ambos se quedaron huérfanos y tuvieron que hacerse más fuertes y el corazón se les hizo más duro, pero no son de piedra, pues sienten.

El obispo de la ciudad habla con Franco, al que le indica que estaría encantado de ceder el palacio episcopal como sede del cuartel general.

Durante el viaje de regreso a Cáceres, Franco le dice a su hermano Nicolás que lo está haciendo mal desde el principio. Que está corriendo mucho y así ganará la guerra, pero para retirarse a su cuartel y en poco tiempo volverá la gresca, por lo que ha decidido que desviará las tropas al Alcázar, y su hermano le dice que si hace eso será un héroe y España necesita héroes, pero que si renuncian a Madrid la guerra durará años, diciendo el general que para limpiar eso hacen falta años.

Pero Nicolás cree que la gente acabará harta de muerte y se pregunta por qué lucharán, subrayando su hermano en el escrito firmado por Unamuno la frase que habla de la civilización cristiana occidental.

La conquista del Alcázar crea en efecto a un nuevo héroe. Todos aclaman a Franco, aunque Cabanellas les dice que ahora debe explicar lo que durará la guerra.

Exigen una nueva reunión de la Junta para fijar ya las atribuciones del generalísimo, mientras este vende el Alzamiento como una guerra santa.

Recuerda luego, mientras pasea con Salvador por las afueras, que su mujer le decía que no le entendía, diciendo Salvador que es que no hay quien le entienda, pues ha sido vasquista, españolista, marxista, socialista, ateo, cristiano, agnóstico… por lo que le pide que reconozca que se equivocó al apoyar a la derecha sin preguntar qué harían, diciendo él que también los de izquierdas se equivocaron, pues prometieron mucho mientras los llevaban al desastre.

Salvador le dice que los de izquierdas intentan sacar a España de la Edad Media donde los pobres no tienen más libertad que ser pobres y analfabetas.

Unamuno les dice que ellos pregonan la libertad pero defienden la dictadura de Stalin y en la República ha visto revancha, odio y resentimiento.

Continúan discutiendo horas, diciéndole Salvador que si tan terribles son unos, qué hace allí, en las afueras, huyendo de los otros.

Cuando regresan, para un coche del que bajan dos tipos que le preguntan al joven si es Salvador Vila, y que piden que les acompañe, y cuando pregunta por qué, lo tiran al suelo y lo patean. Unamuno les dice quién es, y uno de los tipos le pregunta si es amigo de ese rojo y si quiere que se lo lleven también, tras lo que le piden que se quede allí mirando al suelo y de espaldas hasta que se vayan.

Regresa gimiendo, llevándose el libro de su amigo, viendo al llegar que le está esperando la viuda del alcalde.

Ana le recuerda que dos meses antes le ofreció dinero y ahora está dispuesta a aceptarlo, ya que tiene tres hijos y ahora no tienen el sueldo de Casto.

Unamuno le dice que lamenta mucho lo de su marido, pues nunca imaginó que eso degeneraría, pero ahora también tiene problemas y no puede ayudarla tampoco.

Ella le recuerda que sin embargo antes sí apoyó la causa con 5.000 pesetas y le pregunta si sabe lo que se hizo con ellas, recordándole que comprar armas como la que mató a su marido, por lo que tiene las manos tan manchadas de sangre como ellos.

Mientras lo acusa, María se acerca a ella y la abofetea, aunque luego la abraza diciéndole que lo siente, mientras llora.

Luego María le recuerda que el día que lo detuvieron para su destierro ella le pidió que cediera y retirara sus críticas al rey por ella y él le dijo que no cedía por ella y por los demás hijos.

Le dice que le costó años entenderlo y cuando ha logrado entenderlo ve el manifiesto de la Universidad de Salamanca, firmado también por él, apoyando el Alzamiento.

Entretanto, los generales establecen las atribuciones del Generalísimo, señalando Cabanellas, al verlo, que va más allá de lo acordado, pues hablaron de nombrar a Franco Generalísimo, pero no Jefe del Estado, pues eso supone concentrar en él el mando militar y el político, proponiendo Kindelán, que añadan que tendrá el título de Jefe del Gobierno del Estado, "mientras dure la guerra".

Franco le muestra a su hermano Nicolás su alegría por el que puede ser el día más importante de su vida.

Pero después de varias redacciones del documento, Cabanellas ve que desapareció el párrafo añadido por Kindelán, por lo que llama a Mola, pues asegura que si le dan España no la soltará hasta que se muera, pero Mola le dice que es mejor que firme y después ya verán, pues se conocen todos y de él también saben que es masón.

Y como todos los demás lo hicieron ya, debe firmar también él.

Unamuno se queja ante su nieto de que todos quieren que haga algo y no le entienden.

Unos días más tarde enferma y tiene alucinaciones, no recuperándose hasta dos días más tarde.

Se entera entonces del nombramiento de Franco como Jefe de Estado y de que trasladó el cuartel general allí, a Salamanca, al palacio del obispo, decidiendo levantarse, asegurando que todavía está a tiempo.

Está convencido de que Franco le escuchará, pues cree que es el más sensato de todos, aunque sus hijas le recuerdan que cuando le conoció dijo de él que era un pobre hombre.

Le aconsejan que hable con su mujer, pues es muy cristiana y le entenderá-

Pero camino de su destino sufre un ataque nuevamente y está a punto de caer.

Recuperado llega hasta el cuartel exigiendo hablar con Franco, aunque no le dejan ni entrar hasta que sale un falangista que le pidió un día un autógrafo y le deja pasar para hablar con Carmen Polo y con Franco, diciéndole la primera que le admiran, sobre todo por su poesía cristiana.

Le pregunta a Franco por su amigo Salvador Vila, el catedrático de Literatura, pidiendo Franco que averigüen dónde está, entregándole tras ello la carta de la mujer de Atilano Coco, diciendo Franco que de él ya le hablaron y es protestante y masón, es decir, un mal español.

Unamuno le dice que no ha hecho nada malo, como muchos que figuran en sus expedientes de depuración, habiendo demasiados paseos nocturnos y ejecuciones sin juicio, preguntándole Franco qué piensa que hacen en el otro lado.

Él le dice que sabe que lo hacen, pero ellos son cristianos, diciéndole Franco que por ello, antes de morir les dan a los reos la oportunidad de confesarse, con lo que pueden ir al cielo.

Informan a Franco de que a su otro amigo lo tienen los nacionales, diciendo Unamuno que los nacionales son ellos, no permitiéndole Carmen Polo que siga.

Regresa a hablar con Enriqueta, que llora desconsolada al ver que no ha conseguido hacer nada por su marido.

Unamuno le confiesa que el día que fue por la tarde a buscarlo, que es cuando desapareció, él había ido en realidad a disculparle por haberle llamado meapilas y asegura que le hubiera gustado mucho pedirle perdón, asegurándole Enriqueta que Atilano ya le habrá perdonado.

Millán Astray acude a casa de Unamuno, mostrándole a su nieto su ojo mutilado.

Le dice que le echaron a falta en la catedral esa mañana, pero que al día siguiente no puede faltar, pues es la celebración del Día de la Raza en la Universidad.

Unamuno le dice que ya acudió en una ocasión a esa absurda fiesta y a él la exaltación de la raza le parece igual que lo del arianismo nazi y el antisemitismo. Una patraña.

Millán Astray le dice que los intelectuales tratan de cambiar el mundo desde sus casas y con sus libros, mientras que ellos, a los que llama matones son los que lo cambian, diciéndole Unamuno que el valor no solo se demuestra en combate.

El General le dice que el Caudillo no podrá acudir al acto y pidió expresamente que fuera él en su lugar, por lo que le pide que sea valiente y le diga a él lo de la patraña.

Antes de salir, María le pide que no diga nada ese día para que no le fusilen.

Llevado en un coche oficial, le colocarán con Carmen Polo, flanqueada por el obispo y por el rector a un lado y Millán Astray, Pemán y Ramos Loscertales, exrector al otro.

Carmen Polo trata de animarle a que diga unas palabras con lo bien que habla, aunque él dice que mejor no, pues se conoce cuando se le desata la lengua.

Varios oradores alaban las virtudes de la patria y el cáncer que suponen para esta vascos y catalanes.

Él que se muestra distraído, trata de entretenerse haciendo, como suele, figuras de papel, aunque mientras dobla el que llevaba en el bolsillo, descubre que es la carta de Enriqueta, y se pone a escribir frenéticamente en la parte trasera de esta.

Finalmente se levanta y se dirige al estrado pese a lo que dijo antes.

Dice que no quería hablar porque se conoce, pero le han tirado de la lengua y, como el que calla otorga, no desea callar.

Dice que se ha hablado de la defensa de la civilización cristiana occidental, expresión aportada por él mismo, pero se equivocó, y dice que es una guerra incivil. Un suicidio colectivo entre partidarios del fascismo y del bolchevismo.

Lamenta que hablaran contra catalanes y vascos llamándolos cáncer y la anti-España, pero todos son españoles y deben luchar juntos, pues sin unos y otros, España quedará mutilada, tuerta y manca como Millán Astray, que pide la palabra.

Unamuno continúa, recordando que el propio obispo es catalán y que él, que es vasco, les enseña el castellano, que, indica, también desconocen.

Millán Astray hace que griten España una, grande y libre y tras ello "Viva la muerte", lo que a Unamuno le horroriza, señalando que viva la muerte quiere decir muera la vida y que no puede entender esa paradoja.

Millán Astray vuelve a gritar viva la muerte, y, muerte a los intelectuales, aunque ante la protesta de algunos profesores añade: traidores. A los intelectuales traidores.

Ante ello Unamuno le indica que ese es el templo de la inteligencia, su templo.

Continúa diciendo que vencer no es convencer. Conquistar no es convencer y que vencerán porque tienen fuerza bruta de sobra, pero no convencerán porque para convencer hay que persuadir.

Tras sus palabras comienzan los insultos de algunos de los asistentes llamándolo rojo y traidor, gritos que se van generalizando, pidiendo que vaya al paredón, viendo que incluso algunos de los militares montan sus armas.

Carmen Polo le ofrece su mano, diciéndole Millán Astray que la obedezca y se la tome, sacándola en efecto ella de la mano mientras la gente entona el Cara al Sol.

En el coche, Carmen le reprocha que no se callara, y le dice que lo único que desea su marido es una España tranquila donde la gente no grite ni pelee. Una España en paz.

Lo reciben sus hijas y su empleada, que lo abrazan al verlo llegar.

Un pintor hace un retrato de Franco a caballo, mientras se indica que Franco ganó la guerra en 1939 e impuso una dictadura militar.

A pesar de la derrota de los regímenes fascistas en la II Guerra Mundial, Franco logró mantenerse en el poder hasta su muerte en 1975.

Unamuno ve contento cómo Miguelín consigue hacer figuras de papel como él.

Tras su discurso, fue destituido de nuevo como rector y sometido a vigilancia policial.

Murió de un infarto dos meses después.

El 15 de junio de 1977 España volvió a celebrar elecciones democráticas.

Calificación: 3
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