Sueños de trenes
Train Dreams (2025) * USA
Duración: 102 min.
Música: Bryce Dessner
Fotografía: Adolpho Veloso
Guion: Clint Bentley, Greg Kwedar (Novela: Denis Johnson)
Dirección: Clint Bentley
Intérpretes: Joel Edgerton (Robert Grainier), Felicity Jones (Gladys Grainier), Nathaniel Arcand (Ignatius Jack), William H. Macy (Arn Peeples), Clifton Collins Jr. (Boomer), John Diehl (Billy), Kerry Condon (Claire Thompson), Chuck Tucker (El Hombre Silencioso), Paul Schneider (Apóstol Frank).
El viejo mundo ya no existe, pero aún puede sentirse su eco.
Un grupo de hombres derriba un árbol y luego lo trocean con sus sierras.
Entre los taladores está Robert Grainier, que vivió más de 80 años por los parajes de Bonners Ferry, en Idaho.
Robert viajó hacia el oeste hasta quedarse cerca del Pacífico, que no vio jamás, llegó al pueblo de Libby dentro de las tierras de Montana.
Cuando lo mandaron a Fry, Idaho, solo en el tren, tenía unos seis o siete años. No supo nunca con certeza cuándo nació ni cómo perdió a sus padres, pues nadie se lo contó.
Uno de sus primeros recuerdos era la deportación masiva de la ciudad de más de cien familias chinas.
Había recuerdos que desterraba de su pensamiento en cuanto asomaban.
Como, cuando siendo muy joven vio morir a un hombre que murió en el bosque porque le rajaron la pierna por detrás de la rodilla y él lo ayudó y le llevó agua en su bota.
Abandonó la escuela en su adolescencia y las dos décadas siguientes las pasó sin un propósito en la vida, pues nada despertaba su interés, hasta que… conoció a Gladys Olding.
Un domingo, a la salida de la iglesia, Gladys, se presentó a sí misma como si fuera algo natural y le dijo que no lo conocía y él le contó que lo había llevado la mujer de su primo.
Se le despertó tras ello un interés por ir a misa que nunca había sentido, y a los 3 meses ya eran inseparables.
Él le propuso casarse, aunque ella le dijo que ya lo estaban y que solo hacía falta una ceremonia que lo confirmara.
Deciden construir una casa con una ventana que dé al río y tener un perro.
Buscan el lugar que les parece perfecto y determinan dónde irá cada estancia
Y de repente, la vida cobró sentido para Grainier.
La pareja construyó su cabaña en media hectárea de terreno junto al río Moyie y allí iniciaron una vida juntos.
Su trabajo lo llevó lejos de su hogar.
Trabajaba con gente llegada de lejanos lugares, de los que nunca había oído hablar como Shanghái o Chattanooga y que se avenían muy bien entre todos y se sentían como una familia.
En el verano de 1917 le enviaron a trabajar en la construcción del puente sobre el cañón Robinson. Nunca había trabajado con la cuadrilla del ferrocarril y lamentaba haber tenido que hacerlo.
Un día vio cómo se llevaban a uno de sus compañeros, chino y vio cómo lo lanzaban al vacío, sin que nadie le explicara qué había hecho.
Unos años más tarde hicieron uno de acero y hormigón 15 kilómetros más arriba y el puente construido por ellos quedó obsoleto.
Pudo regresar a su hogar al terminar la temporada en el propio tren.
Gladys lo recibe feliz, pues le echó mucho de menos y tiene ocasión de ver a su bebé.
Pasan los días juntos felices y disfrutan de la niña y ella le dice que le gusta tenerlo en casa y no quiere que desaparezca.
Les hacen un retrato juntos.
Pero cuando se empezaba a habituar al hogar comenzaba la temporada de tala y tenía que volver a ir a trabajar.
Compartía trabajo por gente sin hogar que iban de trabajo en trabajo, y en una ocasión trabajó dos meses enteros con un hombre con quien no cruzó palabra, y que no participaba en las conversaciones de los demás.
Había otro hombre, que hizo su hogar del tronco de un árbol, o el llamado apóstol Frank, que hablaba constantemente de la Biblia.
Un día llegó un hombre preguntando por Sam Loving, conocido como "Gamuza Sam" en el sur de Arizona y California, a quien debía entregar un mensaje.
Y de pronto vio cómo salía corriendo el apóstol Frank y el hombre que preguntó por él le disparó y acabó con él.
El hombre les dice que ese hombre mató a su hermano en 1893 por el color de su piel.
Trabajaba también con ellos Arn Peeples que era el más mayor y no paraba de hablar y que se limitaba a poner explosivos cuando era preciso y no trabajaba demasiado.
Pregunta a Arn si cree que las malas acciones nos persiguen siempre, a lo que le responde que ha visto a hombres malos encumbrarse y buenos arrodillarse.
Cada vez se adentraban más en el bosque.
A veces no acertaban el lugar hacia el que caía el árbol y morían algunos hombres.
Entonces enterraban a los fallecidos y clavaban sus botas en un árbol cercano al lugar de su enterramiento para demostrar que estuvieron allí.
Pero debían seguir trabajando, pues la guerra exigía material de forma constante.
A Granier le preocupaba que algo terrible anduviera tras él. Que la muerte le pillara allí, lejos de su casa.
Cuando regresa a su casa su hija ya anda y habla y dice que siente que se pierde la vida de su hija por estar fuera.
También le pasa a Gladys, que le dice que desea ir con él a la tala. Dice que allí podría ganar dinero lavando ropa, aunque él cree que es muy peligroso.
Trató de encontrar trabajo más cerca de casa, y aunque consiguió varios trabajos temporales la guerra había terminado y costaba encontrar algo bien pagado.
Pese a que el dinero escaseaba, acabaría recordando esa época como la más feliz de su vida.
Gladys le propone convertir el terreno en una granja y montar un aserradero y calcularon que con otra emporada en el bosque tendrían dinero para construir el aserradero.
Volvió a partir por ello.
Ganaba 4 dólares al día con aquel trabajo restando el material de la compañía.
Terminada la temporada Arn le pregunta si continuará o regresará a casa, y le dice que volverá a casa, pues echa de menos a las dos.
Arn le cuenta que su familia está allí donde ve una sonrisa y le dice que es una buena compañía y que con muy poca gente se cruza más de una vez.
Pero unos días más tarde le cayó una rama encima y después de aquello fue perdiendo la cabeza y llegó un momento en que no recordaba ni su nombre.
Había visto otros muertos, pero no a alguien tan cercano a él y un tenor se adentró en su cuerpo, como si la rama fuese para él y vuelven las pesadillas.
Mientras regresa a su casa en el tren, todos se alarman al ver una enorme humareda y cuando baja en la estación el humo y las llamas son enormes y la gente huye del fuego.
Pero él se adentra en el bosque, caminando entre las llamas hasta llegar a su casa, que observa que arde.
Finalizado el incendio, solo quedan un montón de cenizas en lo que antes fue su hogar.
Durante semanas recorrió cada pueblo de la región buscando a Gladys y a Kate y luego regresó esperando que fueran ellas las que volvieran y se quedó entre las cenizas, en ese lugar en terreno de nadie donde solo ve un oso que pasa de largo y dormía a la intemperie mientras las recuerda y se pregunta por qué ocurrió, y piensa que es excesivo, pues no se merecían algo así.
Lo visita Ignatius Jack, dueño de la tienda del pueblo, y para el que hizo algún trabajo, que le lleva caza para comer, y le dice que no sabía que iba a encontrarse, pues corren todo tipo de historias sobre él.
Pero los recuerdos de Gladys son constantes, y por fin dice que ellas no van a volver.
Finalmente levantó un refugio en su terreno y pasó el verano pescando truchas y recogiendo colmenillas, setas que crecían en los lugares donde hubo fuego.
Pese a todo albergaba la esperanza de que Gladys y Katie volvieran y quería estar preparado por si ocurría.
Un día aparecieron por allí varios perros, una perra y sus cachorros, que parecían de ciudad y los baña y cuida.
Ignatius Jack sigue yendo a verlo de cuando en cuando y le dice que quizá la perra se apareó con un lobo, aunque Ignatius no lo cree, porque solo se aparea el lobo jefe y solo entra en celo la loba que elige, aunque él aventura que quizá estaba en celo.
Ignatius Jack le ayuda también a levantar la cabaña donde estaba la anterior, aunque no se atrevió a reconstruir el dormitorio.
Aquel año apareció un cometa y algunos pensaron que anunciaba el fin de los tiempos, pero tras dos semanas desapareció.
La cabaña se parecía a la primera.
Habían pasado varios años, pero seguía esperando, aunque ya no sabía qué esperaba.
Volvió a trabajar en la tala, aunque con la aparición de las motosierras todo había cambiado y a él ya le llaman abuelo, pues no sabía manejarlas bien.
Coincide con Billy, amigo de Arn, que no lo recordaba.
Aunque es mayor, solo se encarga del burro de vapor.
Se da cuenta de que todo ha cambiado o quizá ya no es tan duro como esos chicos.
Cuando le pregunta por Arn comprende que también perdió la cabeza y le cuesta incluso atarse las botas.
Después de esa ocasión dejó el trabajo de leñador.
Pasó los últimos años esperando que una gran revelación sobre su vida le cayera del cielo y soñando con su mujer y su hija.
Por entonces sobraba el trabajo en la ciudad.
Se hizo con dos caballos y un carro a plazos e hizo de transportista y gracias a eso se relacionó con sus vecinos, pero se sentía muy solo.
Un día tuvo que recoger a Claire Thompson, que llegó en tren y quería ir a la atalaya.
Ella le dice que le hablaron de él las personas que le recomendaron, y le dijeron que era "diferente", y él le dice que como todo el mundo, aunque ella le dice que no, y que está bien ser diferente.
Claire llega de Noxon, Montana.
Le explica que el lugar en que están antes estaba bajo un glaciar. 1000 metros de hielo que se partió e inundó la región y se formaron todos esos valles.
Claire le fue enfermera en Europa durante la Gran Guerra y ahora trabajaba para el recién creado Servicio Forestal para regular la tala y prevenir incendios.
Robert coge una grave gripe y tiene mucha fiebre y vomita.
Y vuelven a él las pesadillas de cuando la casa se incendió.
Luego escucha que Gladys dice su nombre y la ve deambulando por la casa, y, de nuevo el inicio del incendio y a Gladys intentando huir con Katie.
Cuando mejora y puede salir por fin todo está nevado ya y sale de caza, aún muy débil.
Cuando se va la nieve se acerca hasta la atalaya para ver a la señora Thompson.
Ella está feliz con su trabajo y dice que la altura le da paz.
Él le pregunta cómo acabó allí y dice que vio un folleto justo cuando lo necesitaba y la recomendó un amigo de la familia para que la aceptaran pese a su sexo.
Tras tomar algo con ella en la atalaya salen a pasear y comprueban que ya casi no se notan los efectos del incendio que asoló aquello.
Ella le pregunta si estaba allí cuando sucedió, y él le cuenta que no estaba entonces, pero su mujer y su hija sí estaban y no sobrevivieron.
Dice que a veces la tristeza parece que va a comerle, pero otras veces es como si le hubiera pasado a otro, y lamenta no haber estado cuando más lo necesitaban y le confiesa que a veces las escucha en el bosque y ni se gira para no asustarlas.
Le dice que es la primera persona a quien se lo cuenta, pues teme que piensen que está loco.
Ella le dice que también perdió a su marido un año atrás, y cuando pasa algo así no hay nada que te convierta en un loco.
Que allí en el bosque todo está entrelazado. Que un pequeño insecto es tan importante como el río, o un árbol muerto como uno vivo, y deberían aprender de ello.
Él pregunta qué pasa si no te queda nada que dar, y ella le dice que el mundo necesita tanto a un ermitaño como a un predicador y que ellos dos son como ermitaños esperando a ver para qué siguen allí.
Una noche escucha un ruido afuera y sale a investigar.
Encuentra a una joven fuera, en mal estado y la lleva adentro y la cuida.
Aunque sabía que era imposible, le abrumaba la idea del regreso de su hija.
Observa que tiene una pierna rota y se la coloca y se la entablilla.
Emocionado, la lava la deja dormir.
Vuelven a él los recuerdos de cuando era una niña.
Pero cuando despierta al día siguiente en la silla donde se quedó dormido velándola, ve que la muchacha ya no está y sale a buscarla por el bosque y grita su nombre, aunque nadie le responde.
Verla fue una sensación tan real como cualquiera aunque se preguntara si había sucedido
Pasó días perdiéndose entre bosque y campos de la zona buscando algún rastro de ella, aunque no encontró nada.
Pasó el resto de su vida esperando por si algún día regresaba.
El país ha evolucionado y ya hay enormes autopistas, pero él sigue viajando en el tren en el que, de cuando en cuando va Spokane y caminaba por la ciudad sin rumbo ni propósito, como buscando algo.
Ve en una televisión la carrera espacial.
Asistió una noche a un espectáculo que prometía mostrar a un monstruo, pero solo era un chico disfrazado.
Se vio la cara en un espejo por vez primera en una década y vio el paso de los años y empezaba vagamente a comprender su vida que ya se le estaba escapando.
Pagó por subir a una avioneta desde la que podía ver el mundo desde arriba. Pero él seguía pensando en su mujer y en su hija y recuerda a todos sus amigos y su tiempo de trabajo como leñador y la gente que conoció.
Murió en noviembre de 1968 mientras dormía, tal como había empezado.
Jamás habló por teléfono y no llegó a saber quiénes habían sido sus padres y no dejó herederos.
Pero aquel día de primavera, tras perder la noción del arriba y del abajo en la avioneta, sintió, al fin, la conexión con todo.